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En el último año, los lazos entre Italia y Uruguay se han estrechado en términos literarios. En parte por la apertura de la librería Feltrinelli en Ciudad Vieja, en parte por el "corredor" de visitas de autores del país de la bota que se abrió en Montevideo —por acá pasaron Alessandro Baricco, Giulia Caminito, Vincenzo Latronico, Verónica Raimo, Andrea Bajani—, algo es claro: las letras uruguayas e italiana están más próximas. Y una de las constantes en cada una de esas instancias ha sido la presencia del embajador italiano en Uruguay, Fabrizio Petri, que a su vez también tiene su propia historia dentro de la literatura.

Petri, que está en funciones como embajador en Uruguay desde 2024, está especializado en Derechos Humanos y desde hace tiempo trabaja por diversas causas que los agrupan, especialmente aquellos que conciernen al colectivo LGBT+, al que pertenece. En ese sentido, Petri también tiene una carrera como escritor y su última novela —escrita a cuatro manos con su amiga, la activista trans argentina Alba Rueda— ahonda en los temas que lo ocupan: se trata de Las lágrimas saben por qué, editada recientemente por Tusquets.

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La historia se ubica en una Buenos Aires de principios de los 2000 y sigue a Lautaro, un joven gay criado en la opresión de una familia militar, y Carolina, una travesti salteña que llega a la capital buscando su identidad. Ellos confluyen en medio de una ciudad que vibra en las postrimerías de la crisis, de la noche y de la epidemia de VIH, y en la que intentan lidiar con un mundo que los deja por fuera de la conversación.

Sobre su trabajo como escritor, el vínculo literario cada vez más estrecho entre Italia y Uruguay y la manera en la que, junto a Rueda, encararon la reconstrucción de la época del sida, Petri habló con El Observador.

¿Cómo alterna su trabajo de diplomático con la escritura de ficción?

Existe en general un vínculo entre la diplomacia y la escritura. Parte del trabajo de un diplomático es escribir, generando así una familiaridad con la escritura. No es casualidad que, a lo largo de la historia, bastantes escritores hayan sido también diplomáticos, Stendhal por citar el más famoso, que fue cónsul de Francia en Civitavecchia. Incluso hoy en día, un gran número de colegas de todos los países son escritores. Yo paso mucha parte de mis vacaciones y fines de semana en casa, escribiendo. Pero siempre es un placer, y una necesidad.

¿De qué manera siente que una tarea retroalimenta a la otra?

Mucho de mi trabajo profesional reciente fue sobre los derechos humanos. Esto me puso en contacto con las organizaciones de la sociedad civil, tanto italiana como internacional y de otros países, y me ha ayudado a comprender los lazos entre las situaciones individuales y los problemas estructurales, ante todo sociales. Algo muy importante en el desarrollo de la novela. Por otro lado, a través de la escritura se adquiere cierta sensibilidad que puede ser útil en el trabajo.

Su libro más reciente, Las lágrimas saben por qué, está escrito a “cuatro manos” junto a su amiga Alba Rueda. ¿Cuál fue el desafío allí?

Venimos de dos países diferentes —aunque similares como Italia y Argentina— y tuvimos que esforzarnos por entendernos, especialmente al principio. El libro aborda temas muy delicados, como, por ejemplo, la discriminación, la violencia social, la enfermedad, por lo que fue necesario afinar nuestras sensibilidades.

¿Cómo se escribe de a dos?

Es una experiencia fantástica. La creatividad se multiplica, una dimensión casi onírica. Se abren puertas a reinos de imaginación que uno no cree que podrían existir. A veces pueden surgir malentendidos, o quedarse atascado en una palabras durante horas, pero en general es una experiencia emocionante.

¿Cuál es la semilla o la idea de la que nace esta novela?

Hablar de las personas que están al margen de la sociedad. Comprender que cuando nos enfrentamos a los grandes problemas de la vida, debemos ayudarnos mutuamente. Como incluso en los momentos mas oscuros puedes encontrar el coraje para renacer y aprovechar al máximo de la vida. Finalmente, qué importante es luchar contra las injusticias.

La novela parece pendular entre dos estados aparentemente opuestos: el miedo y el deseo. ¿De qué manera siente que se relacionan? ¿Son dos caras de una misma moneda?

Creo que es esencial encontrar el valor para explorar los numerosos aspectos de nuestra personalidad. Los dos personajes principales de la novela, Lautaro y Carolina, poseen este valor, pero pagan el precio por ello. Son muy jóvenes, y el precio es muy alto. La vida, a veces, te enfrenta a desafíos en los que el individuo no encuentra una red que lo proteja, principalmente en lo que respecta a la educación y la familia. En estos casos, uno está verdaderamente solo. Afortunadamente, los dos protagonistas se encuentran a tiempo para ayudarse mutuamente. Miedo y deseo en la novela están en una relación muy cercana, pero no son exactamente dos caras de la misma moneda ya que existe una asimetría entre el individuo y lo colectivo cuyos efectos no pueden subestimarse.

¿Cómo fue escribir sobre la época de la epidemia de VIH y qué recaudos tomaron a la hora de retratar ese momento?

Escribir sobre esos años implicó una enorme responsabilidad. No queríamos convertir el VIH en un recurso dramático ni reducir a los personajes a su diagnóstico. Nos interesaba recuperar el clima de una época atravesada por el miedo, la desinformación y el abandono institucional, pero también por la solidaridad y las redes de cuidado que muchas personas construyeron para sobrevivir. Con Alba Rueda trabajamos con testimonios, investigaciones y documentos de la época, pero sobre todo en nuestra memoria social y comunitaria, recordando la inmensa cantidad de amigas y amigos que no pudieron con el tratamiento, o no estuvieron bien asesorados o fueron expulsados/as del sistema de salud. Nos situamos en el momento previo a que las políticas sanitarias tuvieran perspectiva de derechos LGBT y que solo contábamos con personas aliadas dentro del sistema de salud. Nos situamos en un pasado muy doloroso y desafiante para toda la sociedad.

¿Cómo siente que ha sido la literatura sobre esa época hasta el momento? ¿Los prejuicios han perimido o siguen allí?

Existe una literatura muy valiosa que abordó aquellos años con una enorme honestidad y que permitió dejar registro de una experiencia que durante mucho tiempo fue silenciada. En América Latina existe una tradición literaria muy importante que se animó a contar esos años desde distintos registros. Pienso en Pedro Lemebel, Néstor Perlongher, también en algunos textos de Claudia Rodríguez, entre otras autoras trans. Sus obras no sólo documentaron el impacto del VIH, sino que también devolvieron humanidad a quienes muchas veces habían sido reducidos al estigma. Gracias a esa literatura hoy contamos con una memoria que es, al mismo tiempo, social, afectiva y profundamente literaria. Al mismo tiempo, algunos prejuicios persisten. Quizás ya no aparecen con la misma crudeza de los años ochenta o noventa, pero siguen manifestándose en formas más sutiles: en el desconocimiento, la trivialización del tema o en la dificultad para hablar del VIH sin recurrir al miedo. Por eso considero que la literatura sigue teniendo un papel importante. No porque deba dar lecciones, sino porque puede generar empatía y complejizar aquello que los prejuicios simplifican.

¿De qué manera siente que su activismo por los derechos LGBT+ decanta en su escritura?

Junto a Alba no escribimos para hacer militancia en el sentido más inmediato del término, pero sería imposible separar nuestra mirada del recorrido profesional en tema de defensa de los derechos LGBT+. Tanto Alba como yo tuvimos en los mismos años roles oficiales muy similares, yo como enviado especial por los derechos humanos de las personas LGBT+ del Ministerio de Asuntos Exteriores de Italia, y Alba como representante especial sobre orientación sexual e identidad de género de la Cancillería argentina.

En mi caso, como decía hace un momento, la cercanía a las organizaciones de la sociedad civil me ha ayudado enormemente a obtener una comprensión integral, de 360 grados, sobre muchas de las cuestiones abordadas en la novela. Además, hablar de vidas que durante mucho tiempo quedaron fuera del centro del relato me parecía, y a Alba también, más que necesario.

¿Qué le interesa reivindicar a la hora de escribir ficción?

La importancia de la libertad de pensamiento y la necesidad de mantener siempre cierto grado de idealismo en la vida.

Uruguay e Italia están en un momento de muy buenas relaciones literarias. ¿Qué le genera el vínculo que se está dando a partir de la visita cada vez más recurrente de autores de su país?

Estas son oportunidades extraordinarias para comprender mejor la literatura de nuestros dos países. Ver autores italianos en diálogo con autores uruguayos me ayudó a comprender mejor su país y, en última instancia, también el mío.

¿Qué está leyendo actualmente?

Para responder a eso debo compartir algo muy personal. El año pasado falleció uno de mis amigos más queridos, el escritor estadounidense Edmund White; fue un golpe durísimo, más de treinta años de amistad. Sin embargo hace poco un escritor italiano, Vincenzo Latronico, me hizo ver que poco antes de morir, Edmund había publicado un libro autobiográfico en el cual relataba una estancia en mi casa de Roma y hablaba de mí y de nuestra amistad (Edmund había venido a visitarme hacía más de quince años con quien entonces era su pareja, un joven español). Fue una extraordinaria sorpresa y ahora no puedo soltar ese libro, se titula The Loves of My Life, ya lo he leído tres veces. La honestidad y la franqueza con la que Edmund trata su sexualidad te deja sin aliento. También te hacen reír, ¡especialmente las paginas dedicadas a su estancia en Roma!

¿Cómo es su relación con la literatura uruguaya? ¿Ha hecho algún descubrimiento en el tiempo que ha pasado como embajador en el país?

El mismo Edmund —cuando se enteró de que yo iba a venir a Montevideo— me dijo que leyera a Onetti, a Onetti y a Onetti…. y de verdad leer Onetti me ha abierto una mirada nueva sobre la literatura. Por otro lado, no creo que sea apropiado mencionar nombres de autores contemporáneos que conozco y leo en Uruguay, algunos son amigos, pero puedo decir que la riqueza de la literatura del país nunca deja de fascinarme. En el futuro me gustaría conocer más la poesía de Uruguay, que, según tengo entendido, es uno de los países más importantes en el ámbito de la poesía contemporánea latinoamericana.

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