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Pasaron trece años entre el primer y el segundo disco solista de Garo Arakelian. Ni él ni Uruguay ni el mundo son iguales que en aquel momento. Y a la vez sí. Porque aunque las cosas cambien, para Arakelian hacer canciones sigue sirviendo para lo mismo.

La composición tiene muchísimo de ayudar a manejar el dolor, las heridas que uno carga, sean individuales o colectivas, que llevan a tomar decisiones. Nadie quiere convivir con el dolor”, dice Arakelian. Por eso se reconoce como alguien que a través de su obra reacciona al contexto en el que vive.

Por eso reconoce que en su disco más reciente, Milonga de Quirón, las canciones lo ayudan a no dejarse llevar por la rabia, el desencanto, la frustración que domina a muchos en esta época.

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“Todas las composiciones del disco se centran de alguna forma en eso. Usé mucho la imagen del río para, a partir del mundo simbólico, poder decir sin tener que decir, porque es muy incómodo y se vuelve moral cuando uno explica. Es algo que desde el primer disco solista, hasta el final de mi vida, pienso mantener”, agrega.

Esas nuevas canciones, más las anteriores de su repertorio y también algunas versiones inéditas formarán parte del setlist que Garo presentará este viernes 15 en La Trastienda (quedan todavía algunas entradas en la plataforma Passline). A propósito de ese show, el músico conversó con El Observador sobre su disco más reciente, en el que se cruzan Dino, Sebastián Teysera, Martín Aquino y Aníbal Sampayo, sobre hacer canciones en esta época, y sobre su vínculo con La Trampa.

Entre tu primer disco solista, Un mundo sin gloria, y este segundo pasaron doce años. Ni el mundo es igual ni me imagino que vos tampoco. ¿Qué sentís que más cambió de vos entre estos dos discos?

Cambió mi respuesta a lo que cambió del contexto del lugar que habito, las expectativas, las ilusiones. Hace doce años no era el Uruguay progresista de hoy. Estaba todo en gestación, había una ilusión tremenda. Más allá del lugar que vos ocupás como votante, había un futuro promisorio por delante, la posibilidad de revertir el efecto doppler de la crisis del 2001. Y hoy Uruguay es otro. Pero era predecible. Totalmente predecible. Vos sabés las cuentas que tenés que pagar primero y en qué cuotas no meterte para mantener la economía doméstica, la estabilidad, para que las cosas que son prioritarias nunca se vean alteradas: la educación de tu hijo, la salud de tu hijo. Y el Estado uruguayo no ha logrado hacer eso. No ha logrado tener la salud de sus hijos, la educación de sus hijos, la vivienda de sus hijos. Y uno lo hace por amor. Yo lo hago por amor. No me pagan por hacerlo. No tengo un rédito político con el que me arreglo la vida. Y eso es determinante.

La política es una herramienta para construir el futuro. Para la mayor parte de la gente que me rodea ya no lo es. Eso es un peligro, porque es una reacción muy similar a la del que se convierte en un fierro al rojo vivo porque está enojado, porque está frustrado y lo más probable es que tome malas decisiones, que encuentre enemigos de turno para justificar el mundo que lo vuelve irascible, etcétera. Es la historia de la humanidad, particularmente del siglo XX, del que tenemos registros como no hay de otros momentos de la historia. Noto un esfuerzo con características de militancia individual, personal, para no convertirme en eso, para seguir manteniéndome lúcido, atento, y sí estar desencantado, pero no como un niño que abrió el paquete el 6 de enero y no estaba el robot con luces que pidió. Sino desde el punto de vista un adulto, de un músico, de un compositor. Yo tengo virtudes que no tengo por qué alterarlas si estoy frustrado. Por supuesto que lo estoy, pero voy a trabajar para que eso no explote.

¿Y qué notas que mantenés desde aquél primer disco?

Prescindir de todo ese ego moral, nunca tratar de ubicarme yo como compositor en un lugar correcto, de que yo tengo la razón o incluso de ser políticamente correcto. Es algo que te da toda una serie de cocardas que hoy en día son muy valiosas y funcionales. Vivimos en un lugar y en un momento donde ser funcional a los relatos te genera oportunidades.

Por otro lado, mantengo el construir personajes reales, porque están hechos con retazos de personajes reales, el poder hablar en primera persona sin que necesariamente sea referido a mí. El seguir estudiando y profundizando en la milonga como fraseo, no solamente la estética porque toco con una guitarra acústica. Y eso no tiene nada que ver con cosas que me tienen muy, muy entusiasmado, como por ejemplo la movida en Tacuarembó que hay ahora. La milonga, la forma de frasear te permite hablar en español uruguayo. Y las cosas llegan de otra manera. Nosotros tenemos una forma de hablar que con el fraseo de milonga, octosílabo, vos decís, “ah, mirá la cadencia de cómo estamos hablando es recontra nuestra”. No es defender algo tradicional, no va por ahí. Me gusta hablar, me gusta escuchar a la gente que habla y tiene pausas, que tiene su ritmo. Yo lo disfruto muchísimo eso.

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Si bien la guitarra eléctrica está en el disco, en canciones como Expreso, ¿sentís que ya no sirve tanto como antes para decir cosas?

Tal vez no es la guitarra eléctrica en sí, sino lo que simbolizó en algún momento del rock ortogonalizado. Este es un disco más eléctrico que el anterior, pero yo no quiero subirme a ese renglón. Lo que en algún momento fue la potencia, la rabia, cosas que en su momento tuvieron un porqué y eran sensatas. Después pasa el tiempo, vos sos más grande también, y podés seguir actuando por automatismo. Pero hoy en día, ¿contra qué es esa rabia? Ya no sos un chiquilín para hacer berrinche. Por otro lado, soy fanático de AC/DC, y yo no quiero que AC/DC cambie nunca. Pero yo escucho sus discos, no compongo canciones en ese disco. Entonces lo que yo tengo para decir como solista, ya no necesita la potencia, la presión sonora de una banda con toda su energía. Quiero que todo esté al servicio de los personajes, poder transmitir algo de otra forma. Y en ningún momento niego un mundo o el otro, porque son cosas que sigo escuchando. De la misma forma que escucho música que está perimida, como el tango de la generación del 40, o miro pintura que ya no es novedosa, como Rembrandt, o la movida neoyorquina de vanguardia. Las cosas no pasan porque sean compatibles con tu época. Hay todo un arsenal que es el terreno basal sobre el que vos te erigís y en el que decidís cuál sería mi equivalente a lo que hicieron ellos para mi momento.

¿Por qué decidiste versionar Ky Chororo de Aníbal Sampayo en este disco?

Esa canción, desde que soy niño, me fascina. No la conocí por la versión original, la conocí por el disco debut de Los Olimareños, que estaba en casa. Además de chico no entendía que quería decir, era algo rarísimo, y mi madre nunca me lo supo responder tampoco. La canción me quedó grabada, pero como una información misteriosa. La melodía y la armonía en sí mismas no forman parte como del cancionero folclórico o criollo que tenemos. La armonía tiene particularidades técnicas que son distintas al folklore uruguayo o el canto popular uruguayo que estaban naciendo en ese momento. Esta versión desde hacía 5 años que la tenía maquetada y sentí que lo que me faltaba en el disco era esto, que está hablando del río, del canoero en ese río que por un lado te alimenta pero también es un trabajo sufrido, y esa perdiz, el tataupá que le dice que siga remando, que sus penas no están en la dimensión del río que viene con una memoria ancestral, desde un lugar que ya no conocemos.

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¿Cómo es el proceso de adueñarse de una canción que hizo otro?

Siempre es un desafío, podés hacer una gran versión estética o podés hacer una gran versión que además tenga la intención de la canción original. Eso es muy subjetivo. Pero bueno, creo que ahí, con mi sensibilidad y mi percepción, fue lo primero que busqué, que la intención estuviera intacta, pero que entraran en juego cosas que Aníbal Sampayo no podía tener, solamente porque no era un hombre de mi tiempo. Por otro lado, a mí las cosas enormes, la geografía, siempre me llevó al wéstern, que es mi género cinematográfico preferido. El western que estaba enfrentado al macartismo, que no era moral y por eso tuvo sus problemas, por eso admiro a directores como Sam Peckinpah y Clint Eastwood. Entonces me pareció que si de forma sutil podía convertirlo en algo de género, desde lo instrumental y arreglístico, también podía volverla atemporal. La versión de Sampayo ya lo era, por eso mismo de que no se parecía al canto popular del momento, entonces quería mantenerla.

Aparece también en el disco la figura del matrero Martín Aquino, ¿qué es lo que te interesaba?

Es un personaje que me fascinó siempre. El hecho de que no haya sido apropiado ni por blancos, colorados o frenteamplistas en el Uruguay moderno lo convierte en una figura única. En un matrero que trasciende su condición y se convierte en símbolo de inasibilidad. No se celebra que se haya guardado una bala para que no lo maten los milicos, sino el dejar que no se apropien de tu obra. Con eso tengo afinidad. Mi obra no es funcional. Mi madre siempre me decía que lo más valioso que tengo es la palabra, entonces no tenía que ponerla al servicio de nadie, que no la usaran.

En Llevo el Vientos del Sur se cruzan Dino con Sebastián Teysera. ¿Cómo es tu vínculo con Sebastián?

Seba, además de amigo, es un hermano de la vida porque en todo este periodo previo a la salida del disco hay momentos que son difíciles, y tanto él como todo el resto de La Vela me apuntalaron, me devolvieron la confianza en mí mismo, me apoyaron para que siga escribiendo, y eso no se olvida. Sebastián además tiene el tema de ser un autor popular, una figura amada. Es un lugar del que podés aprender mucho, porque tiene cosas para decir, propias de su vida y su propósito con su banda. Esa canción en la que aparece me costó muchísimo escribirla porque quería hasta romper la cuarta pared, él canta pero además hay una cita a Zafar, a él mismo. Algo que uno a priori diría que es un entrevero, pero terminó teniendo naturalidad. Y me pareció que él tenía que estar.

Esa canción es un homenaje a los valores de la música popular (la que sea), que te sostiene cuando ya no podés más. Por eso hay música que las dictaduras han prohibido y otra que no. Hay música que solamente entretiene. La música popular puede entretener también, la murga es entretenida, y sin embargo ha sido censurada, porque la música popular tiene algo para decir, y eso es lo peligroso. Entonces está Dino, que es mi maestro de la canción popular, y Seba, que es un hermano de la música popular.

Embed - GARO ft. SEBASTIÁN TEYSERA - Llevo el Vientos del sur (Lyric Video) @garoarakelian

¿Qué te enseñó Dino?

Gabriel Peluffo me lo repite cada vez que nos vemos: Dino nos enseñó con su obra a cantar en uruguayo. Yo soy fanático de Charly García, pero él no canta en uruguayo. Sin embargo, dentro del rock, creo que es el que tuvo una voz rioplatense más generalizada. Dino tuvo esa voz dentro de la milonga rock, y tiene eso de ser inalterable en sus convicciones. Como Martín Aquino, fue inapropiable, inasible. Dino ya no está, pero es libre y fue libre siempre. Su obra es recontra comprometida, no se puede hablar ni objetar su militancia, pero su obra trasciende todo eso. Y he visto a muchos colegas creer que el camino es dejar que se apropien de tu obra, sea por parte de un sello discográfico o de un partido político. Siempre se vuelve más chiquito todo.

¿Cuáles han sido tus otros Vientos del sur, esos discos o artistas que te han ayudado a sostenerte?

Osiris Rodríguez Castillo, por ejemplo. Me considero un estudioso de la obra de Osiris Rodríguez Castillo y de Rubén Lena. El reconocimiento en Uruguay es injusto. Porque la identidad es una herramienta política y de diseño. Nunca hubo tanta gente trabajando en cultura en Uruguay como ahora. Podríamos ser un poco más profundos, más leales con lo artístico. Está bien, a Rubén Lena se le han hecho reconocimientos, a Osiris Rodríguez Castillo no tuvieron más remedio que hacerle porque se lo olvidaron, pero no están en el lugar que tienen que estar. Aníbal Sampayo, Osiris Rodríguez Castillo, Rubén Lena y Víctor Lima son la matriz de la canción uruguaya. No pueden pasar por el cernidor de una voluntad política. Hay gente que está, que cada vez que puede te pone la palabra “territorio”. Lo digo en la mejor, pero todos trabajamos en serio, incluso los que no recibimos nada a cambio. Entonces, trabajen en serio.

Hace algunos meses subieron una foto con Alejandro Spuntone, tu excompañero de La Trampa, que circuló bastante. Incluso antes del Cosquín Rock de este año tuvieron que salir a aclarar que no iban a volver a juntarse, que no eran la banda sorpresa del festival. Imagino que no van a volver, pero ¿cómo está el vínculo entre ustedes ahora?

Yo vivo hablando de cómo soy producto como respuesta, como reacción al mundo en el que vivo. Y ahora estamos en una sociedad totalmente fracturada, dividida, que busca a sus enemigos para justificar sus frustraciones, está todo trancado. Yo tengo esta mochila atrás, negra, que me pesa un montón, no sé qué tiene, no sé qué es. Con Alejandro somos muy diferentes, pero hay un lugar de nuestros respectivos círculos que tiene una intersección. Es ahí donde puedo seguir habitando, donde puedo seguir recordando las cosas increíbles que hicimos en un país donde no todos tuvieron tantas oportunidades como nosotros, ni tanta suerte, porque yo me considero un muy buen compositor y él es un muy buen cantante. Y que nos hayamos encontrado, cruzado y que hayamos tenido toda esa vida llena de problemas y de gloria, es mucho más grande que lo que tengo en esa mochila que ya no sé qué es.

Entonces, también de la mano con la salida de Milonga de Quirón, me plantee sanar todo lo que pudiera. No quiero cargar con cosas en automático. Entonces propuse un acercamiento y el propósito de juntarnos fue ese. Lo cual ya lo vuelve enorme. No vuelve La trampa, no está hoy en mi lista de tareas. No es que tengo en un cuaderno: comprar el antipulgas para el perro, pagar la cuota del niño, ver si vuelvo con La Trampa. No está. Si el día de mañana decimos “vamos a juntarnos a tocar”, bueno, lo pensaré.

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