Desde julio de 2025, Martín Jorge está en una especie de duelo continuo. No es, sin embargo, un duelo cargado de dolor sino de efervescencia, de música, de sensación de ciclos que se cumplen y horizontes nuevos.

El director del Teatro Solís asumió a mediados del año pasado este cargo en el máximo teatro de la ciudad y, por ende, debe dejar su anterior puesto como director de la Banda Sinfónica, en donde entró por concurso hace once años. Sin embargo, quiere hacer las cosas bien y ofrecer la posibilidad al siguiente maestro de una transición que él, en su momento, no tuvo. Por eso sigue ahí. De forma honoraria, se mantiene al frente de uno de los tres elencos estables de la Intendencia de Montevideo, mientras se ejecuta el nuevo concurso para su sucesor. En ese torbellino, y mientras trata de acompasar los dos roles en días que siguen siendo de 24 horas, les va diciendo adiós, de a poco, a los músicos con los que convivió durante años y a quienes aprendió a querer y a disfrutar.

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Es por eso que el próximo concierto por el aniversario número 119 de la Banda Sinfónica es especial. Jorge sabe que posiblemente no sea el último en el que se pondrá al frente con la batuta, pero sí que luego ya no habrá más cumpleaños del elenco bajo su conducción. Esta especie de despedida será, además, con una obra que aprecia y que desafía a toda la Banda —la Quinta Sinfonía de Mahler, que según él nunca fue tocada antes por este cuerpo—, este miércoles 14 a las 20 horas en el escenario principal del teatro.

Sobre este concierto, su cada vez más cercana despedida de la Banda Sinfónica y este primer año al frente del Solís, Martín Jorge habló con El Observador.

¿Qué implicó para el Martín Jorge director de la Banda Sinfónica asumir la dirección del Solís? ¿Una adaptación? ¿Una asimilación?

A mí me llamaron durante el cambio de gobierno departamental y asumí en agosto de 2025. Yo estaba preparando un espectáculo de la Banda en el teatro Florencio Sánchez, eran las vacaciones de julio, y me llamó Débora Quiring, directora de Cultura de la Intendencia, para decirme que el intendente Mario Bergara quería que fuera el nuevo director del Solís. Son de esas llamadas que te das cuenta que aparecen una vez en la vida. La Banda, cuando yo entré por concurso, venía de cuatro o cinco años sin director, y la dirección anterior se había cortado súbitamente. Eso generó como un vacío lógico y un tema complejo para el propio elenco. Por eso, a medida que nos fuimos conociendo con los músicos quedó pactado de palabra que yo, si me tenía que ir, no lo iba a hacer de un día para el otro, y ellos si me tenían que sacar, tampoco. Por eso cuando me llegó la propuesta de la dirección del Solís dije que no podía borrarme de un día para el otro de la Banda y que si era así como tenía que ser yo no era la persona para el rol. Así que empezamos un proceso de transición, porque se está trabajando en las reglamentaciones de los elencos y empezando un proceso de concurso. Y mientras tanto yo puedo ofrecer mi experiencia y mi trabajo honorario, porque sé que la Intendencia no me lo puede pagar, hasta que se elija una nueva dirección.

O sea que vas a dejar la dirección de la Banda en breve.

Sí. En los últimos días de julio o primeros días de agosto de 2025 se me hizo una modificación de contrato donde dejaba de ser director de la Banda, pasaba a ser director del Teatro Solís, y se me asignaban las funciones de dirección de la Banda hasta que haya una nueva dirección efectiva.

Estos conciertos se viven como una despedida, entonces.

Sí. El año pasado una de las primeras cosas que hice fue el concierto de la nostalgia en agosto, que es una noche muy emblemática para la Banda. Pensé que iba a ser el último, pero después los tiempos administrativos se fueron prolongando y no pasó. Siempre me pareció que iba a llevar entre un año y un año y medio, y fue una de las preguntas que yo me hice, familiarmente también. ¿Esto va a ser full time? Porque acá vengo todos los días, de domingo a domingo. Sí me aparté de la dirección de algunos conciertos, tuvimos directores invitados, pero el resto del tiempo hemos tratado de armar una transición que este elenco nunca tuvo. O sea, si mirás internacionalmente, las orquestas más top del mundo están anunciando ahora sus directores para el 2030. Gustavo Dudamel acaba de asumir la dirección de la Filarmónica de Nueva York y se había anunciado hace cuatro años. Bueno, esos procesos ponele que acá no se pueden hacer, y más en estos elencos que son netamente públicos y tienen otra complejidad. Pero yo podía aportar conocimiento, tiempo y cuerpo, una dedicación para generar ese proceso. Yo no lo tuve y me gustaría brindarlo. Si esta transición no se podía dar, yo no era la persona para dirigir el Solís, definitivamente.

¿Qué sentís que le dejás a la Banda? ¿Qué pretendías al comienzo y qué sentís que lograste?

Yo sentía que era un elenco desconsiderado. Creo que todo el medio musical lo pensaba y no sé si incluso la propia Banda como colectivo no se lo planteaba también. Había que trabajar sobre eso. Y en el fondo, trabajarlo era tocar, hacer música. O sea, estaban todas las condiciones dadas, había que capitalizarlas y no podía ser una cosa de segunda, olvidada en la calle Bacacay, donde estaba la sala de ensayos antes. La única forma de hacerlo era hacer música, hacerla lo mejor posible. Eso implica muchas horas de ensayo, pienso artístico sin dudas, pero sobre todo estar en la sala de ensayo trabajando sobre el sonido y resolviendo primero aquellas cosas que afectan esa producción del sonido. Había vacantes, faltaban músicos, faltaban instrumentos, faltaban cosas que no te permitían terminar de abarcar el repertorio. Eso se resuelve mientras se acompaña con el hacer, no se empieza a resolver cuando está todo listo, no funciona así en estos organismos.

Cuando asumiste como director la Banda tenía su “hogar” en la calle Bacacay. No estaba en el Solís.

Sí. Y era un edificio que tenía problemas estructurales, problemas acústicos, problemas por todos lados. El primer día me di cuenta de que no funcionaba, no servía. Capaz que para otra cosa sí, pero para tener una banda sinfónica, poder ensayar y proyectarse a la ciudad, no. Y es difícil entablar ese diálogo y decir "no alcanza". Teníamos que mejorar las condiciones de cómo producimos el sonido, que es con lo que trabajamos y llegamos al barrio. Y después tiene una dimensión más simbólica, y es que la Intendencia tiene tres elencos, pero solo dos residían en el Solís. ¿Por qué? Hay razones históricas. Pero a la historia la escribimos.

Mencionaste la “proyección a la ciudad”. ¿Ese era uno de tus desvelos?

Es que de hecho la Banda está para eso. Su característica de ser banda y no ser orquesta te permite mucha más flexibilidad y movilidad. Tiene que ver con los instrumentos. O sea, al tener instrumentos de viento, que suman mayor cantidad de color, generás también más cantidad de sonido. Entonces, frente a acústicas no tan privilegiadas, la banda puede ir a la calle, a un escenario abierto, a un gimnasio. La banda, como son muchos instrumentos, tiene un sonido mucho más heterogéneo y te permite más claridad en el discurso. Más allá de la presión sonora que genera, que es real. La Banda se creó en 1907 para hacer música en vivo en el Prado, en lo que ahora es el Parque Batlle, ese Montevideo que se estaba expandiendo en lugares de esparcimiento público. En ese sentido, yo tenía el convencimiento de que no había que transformar a la Banda solo en un elenco de entretenimiento, sino desafiar a la gente. Eso para mí tiene mucho que ver con el repertorio sinfónico, con lo que llamamos música clásica o con los formatos sinfónicos de música más académica. E ir, sin prejuicios, a todos los lugares a los que se pueda llegar. Ir al barrio profundo con un repertorio que pudiera desafiar el intelecto. Y por suerte la Banda tiene una temporada de conciertos en el Solís, que no siempre fue así.

Yendo al concierto aniversario del miércoles, ¿por qué se eligió la Quinta Sinfonía de Mahler?

Se mezclan varias razones, entre ellas las afectivas. A veces en estos procesos en los que cerrás una etapa, también te toca planificar tu salida. El año pasado pensé que era hasta diciembre, pero al final no lo fue…

¿Y este va a ser tu último concierto?

Concierto aniversario sí, no puede ser que esté en el 120. Pero tampoco habrá una despedida, no creo en eso, o sea nunca pensé "hay que armar el concierto de despedida”. Se va a dar cuando se dé. A mí la música de Mahler me gusta. Y en Mahler encontrás sinfonías que tienen de todo. Siempre pensás en grandes orquestas, una cosa enorme, pero después tenés pequeños fragmentos de música de cámara y de banda. El proceso de empezar a transcribir la quinta sinfonía a un formato de banda sinfónica fluyó muy bien, y entonces ahí fue que pensé en programarla. Y ahí vinieron otras cuestiones, como que la banda toque una gran obra sinfónica de la envergadura de la Quinta. Como músico, cuando vas a hacer Mahler, ya sabés que va a ser difícil, que vas a tener que estudiar tres millones de veces más, que tiene que sonar fácil pero todo es difícil, y que a todo el mundo le requiere mayor esfuerzo. La quinta es una de las sinfonías largas, incluye un movimiento que dura unos 20 minutos.

El Adagietto, además, está muy presente en la inconsciente colectivo.

Sí, por la película de Visconti, pero Muerte en Venecia reconfigura el Adagietto en el opuesto de lo que es, porque se lo presenta como una cosa fúnebre y en realidad es una declaración de amor. Así que cerró que hagamos esta gran obra en el aniversario, que seguramente sea el último que voy a hacer. Me parece que la banda se merece hacer una gran obra, que hace mucho tiempo que no se escuchaba, y que se haga en el teatro aunque después la repitamos al aire libre con el espíritu del elenco. Porque además, según pude ver en los registros, la banda nunca tocó a Mahler. Hasta donde da la información, no está. Y mirando los repertorios es poco probable que lo hayan hecho. A su vez es una obra casi contemporánea de la banda. Cuando el conjunto se creó en 1907 esta sinfonía era la música de vanguardia, y algunas de esas cosas creo que se transmiten en su sonoridad. Yo no lo pensé en el momento, pero para mí la quinta sinfonía de Mahler es una sinfonía que habla sobre el duelo y la pérdida. El primer movimiento se llama Marcha Fúnebre. Y lo es. Hay un efecto al final que es el último clavo del cajón, la última palada de tierra que pega contra la madera. Pero en el último movimiento Mahler construye una fuga inmensa hasta que logra muchísima sonoridad y brillo. Como si dijera: si partiste de la pérdida y lograste atravesar todo esto vas a salir, hay luz al final del túnel.

Pasó poco más de un año desde que asumiste como director del Solís. ¿Qué conclusiones sacás de estos meses?

Creo que mi elección para el cargo marca una mirada. No soy el primer director músico, porque Malena (Muyala) era música, pero soy un director músico de música clásica, vinculado con el desarrollo de la música sinfónica, con una mirada sobre los elencos y su importancia en el marco del Teatro Solís. Y creo que hay cierta expectativa sobre eso. Por ejemplo, soy un fanático de la propuesta lírica, creo que eso engrandece la oferta cultural, nos posiciona y soy un convencido de que o se hace desde lo público o no se puede hacer. Entonces para mí era importante que volviera la temporada lírica, no sé si pisando fuerte, pero dando todo lo que podemos dar.

Después es fundamental para mí que el centro sea el hecho artístico. Un teatro público no puede tener el foco en algo que no sea el escenario, si no hay hecho artístico no hay nada, solo un edificio precioso, pero para eso hacemos un museo o una exposición. Y ese hecho artístico, como responsabilidad del teatro público, tiene que ser lo mejor de lo que seamos capaces de poner sobre el escenario. Y ahí viene una tarea de las más difíciles que tengo, porque el teatro es para todos pero no es para todo, y hay veces que hay que decir que sí, y hay veces que hay que decir que no. Guste más o menos, al escenario hay que conservarlo como lo que es: el escenario del teatro donde los cuerpos estables de la Intendencia tienen su hogar y donde la producción independiente tiene uno de los lugares de mayor prestigio para presentarse. Así que tienen que estar dadas las condiciones para que esos espectáculos puedan funcionar.

¿Y para eso que se necesita?

Que desde que pasás la puerta y llegás al asiento, hasta el momento en que se abre el telón, que las cosas funcionen bien. Que el equipamiento funcione, que los técnicos estén, y en el marco de la Intendencia uno sabe que los recursos son finitos. Pero una vez que eso está, que el hecho artístico está, desde ahí late la sangre para alimentar el resto. Después puede gustar o no gustar, porque eso es lo que tiene el hecho artístico, pero no busca eso. El hecho artístico para mí es tratar de proponer una programación que movilice al público, no que lo conforme. Porque si no, pasamos al entretenimiento, o si lo conformamos porque hay que llenar cuotas, pasamos a ser un centro cultural, que es distinto del teatro público. Me acuerdo que en una conversación que tuvimos por los 170 años llegamos a la conclusión de que el mejor festejo era que el teatro pudiera tener programación todo el año, que la gente pueda venir, no hacer un solo espectáculo para sacar la foto y ponerla en el museo. También es un lugar que tiene muchísimo valor simbólico y prestigio, y tiene cosas que pasan acá por eso.

La presentación de Emmanuel Carrère, por ejemplo.

Sí, claro. Pero eso se tiene que integrar a lo demás. No sé cómo era antes, pero nosotros no podemos parar. En esa presentación el telón estaba bajo porque detrás estaba la escenografía de la Comedia Nacional. Carrère estaba terminando de firmar libros en el foyer y ya estaba la Comedia instalada ensayando. Capaz que antes se decía "bueno, este día es sólo Carrère". Pero no, es un teatro, es como una máquina que no para nunca y tiene que pasar eso. Después tengo preguntas que todavía no las puedo responder. Fundamentalmente qué hacer para que esté siempre lleno o que tendamos a que esté más lleno, lograr caracterizar quiénes vienen al teatro, pensar si estamos logrando llegar a todos los lugares que podríamos llegar. Este es un teatro súper céntrico, pero venir al centro a veces es cada vez más complejo. ¿Tenemos un teatro para Montevideo, para Uruguay, o tenemos un teatro para quienes viven en el Centro, Cordón y la Ciudad Vieja? Tengo una intuición, pero tiene muchísimo que ver con el trabajo barrial.

¿Y cómo se alinea esa idea de gestión con los presupuestos acotados? ¿Alcanzan, permiten movimiento o te asfixian?

Bueno, trabajamos en cultura, siempre tenemos que estar asfixiados. El día que no estemos asfixiados hay algo que tenemos que preguntarnos. Dicho esto, depende de cómo se mire, porque finalmente soy un funcionario, o sea que trabajo en una estructura jerárquica mayor y a su vez entré a la Intendencia por concurso. Manejamos presupuestos públicos, entonces tenés que tener un marco de responsabilidad. Esas son las reglas de juego y no podes decir "hago lo que me parece y después vemos". Una vez echadas las reglas y conociéndolas con claridad, bueno, en cultura nunca alcanza. Ni en lo privado, ni en lo público, ni en lo independiente, nunca alcanza. Siempre vamos a necesitar más y nuestro trabajo desde la cultura es exigir más. Después tenés que tener todos los diálogos que puedas, que está la salud, la educación, todo eso es necesario, pero estarán los representantes de esas cosas el velar por eso, a mí lo que me toca es velar por la cultura. Se necesita más, porque si tenemos más podemos hacer más y mejor, pero con lo que tenemos, tenemos que hacerlo lo mejor posible.

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