Y ahora sí, la entrevista.
Me gustaría empezar por sus respectivos inicios. Entiendo que llegaron al teatro por vías diferentes, ¿no? Micaela, en tu caso fue a partir del carnaval.
Micaela: Sí, fue mi primer contacto por así decirlo, cuando todavía no sabía que quería dedicarme a esto. A los 16 años me presenté al concurso de Reina de Carnaval que se hacía en esa época, creo que en 2010. Fue mi primer contacto con cantar, bailar, ponerme frente al público, con la escena. Y a partir de ahí de a poquito, porque era bastante tímida, empecé a estudiar hasta llegar al Instituto de Actuación de Montevideo (IAM) y ahí empezar a formalizar el camino profesional, por así decirlo.
Esa es otra coincidencia. ¿Hicieron las dos la IAM, no?
Josefina: Sí, pero no coincidimos. Yo egresé en 2010.
Micaela: Yo en el 2018.
Josefina, ¿también tenías esa timidez que tenía Micaela al principio o no?
Josefina: Creo que nunca la tuve. Desde hace ya unos años que no lo puedo decir, porque sería un poco chanta de mi parte, pero siempre fui muy insegura, y eso lo asociás un poco con la timidez. Esta profesión me ha soltado un poco más, pero siempre me consideré una persona a la que le costaba un poquito eso. Y por eso capaz que también el escenario era un lugar bastante refugio para mí.
El escenario también es un lugar de mucha exposición y vulnerabilidad.
Josefina: La contradicción es gigante. De hecho muchos actores son muy tímidos y se suben todos los días al escenario.
Micaela: Creo que ni siquiera nosotras decodificamos por qué somos capaces de tanto cuando estamos en un escenario, mientras que por fuera hay situaciones de exposición que nos ponen mucho más incómodas, más vulnerables. Y teniendo en cuenta que quizás en el escenario trabajamos con cosas más íntimas todavía, más profundas de nuestro ser. Esa imposibilidad de decodificar lo hace también tan mágico, porque ni nosotros entendemos a veces todas esas fuerzas que comulgan cuando está el público, cuando estamos nosotros, cuando estamos ensayando. Y eso también es lo que nos hace seguir haciendo esto, me parece, no entender del todo el por qué, el para qué. Y entre esas instancias opuestas está también el vendernos o hablar sobre nuestros proyectos, porque es nuestro trabajo pero está asociado a la pasión. Y a veces es muy difícil unir trabajo con pasión en el mundo en el que vivimos. Por eso creo que todavía nos cuesta mostrarnos desde esos lugares.
Josefina: Uruguay es un país que no comulga mucho con toda la cuestión alrededor del hecho artístico que tiene que ver con las notas, promociones, vendernos o vender lo que hacemos. Por suerte ahora hay otra mirada, esta generación la ha cambiado un poco, pero hay cierta pacatería en torno a eso.
¿Entendieron rápido que eso formaba parte, no del hecho artístico en sí, pero sí de que el hecho artístico pueda concretarse? Tener que buscarle la vuelta para que lo que hacen llegue a la gente en un momento donde el bombardeo diario de cosas es enorme.
Micaela: No sé si es que lo entendimos rápido o estamos más seguras de ocupar esos territorios y de hablar de nuestras experiencias, de lo que vivimos como artistas, de las cosas a las que nos enfrentamos como mujeres a la hora de crear o como equipos de trabajo, o desde el teatro independiente. Está bueno contar lo que para nosotras es parte del día a día de ser artistas.
Josefina: Yo lo he tomado como parte del laburo. De las primeras obras que hice, que fue Algo de ruido hace, de Romina Paula, fue tremenda escuela de entender que la autogestión tiene que ver con todo esto. Con militar la mayor cantidad de los espacios donde se nos habilite a aparecer. Le he agarrado el gustito. A mí me encanta hablar, me encanta la radio y me encanta ir a la tele, lo disfruto. Para mí no es un padecimiento y me parece importante que estemos ahí.
¿Se acuerdan del primer deslumbramiento que tuvieron con el teatro?
Micaela: Mi madre y mi abuela son las grandes figuras que tengo y quienes me han guiado en la vida, y ellas tenían una devoción por el carnaval y todo lo que pasaba en un verano, así que desde muy chica, a través de ellas, fui consciente de que había algo detrás de esos hechos artísticos. Creo que viendo carnaval en el escenario tuve el primer deslumbramiento de decir "acá está pasando algo que me conmueve". Y después de más grande, en el liceo, con esas obras que iban a los centros educativos y te sorprendían. Armaban historias adentro de salones que para nosotros siempre estaban llenos de cuadernolas y mochilas, y de repente llegaban y te cambiaban ese espacio en 30 minutos.
Josefina: Otra coincidencia, porque recuerdo que mis padres me llevaban a los ensayos de murga desde muy chica y estuve muchos años durmiendo en las sillas blancas de plástico. A donde más íbamos era a ver los ensayos de Contrafarsa. Siempre digo que ahí me desperté y nunca más me dormí. Quedé totalmente capturada, muy fan de Contrafarsa, era realmente algo que disfrutaba mucho todos los veranos. Después mi madre me llevaba mucho al teatro de chica, incluso viviendo en Las Piedras me traía mucho. De grande, habiéndome encontrado con la vocación, una obra que me marcó mucho y vi cinco veces fue El viento entre los álamos, de Gérald Sibleyras.
¿Siguen encontrando ese deslumbramiento incluso cuando los detalles del oficio y el trabajo se empieza a colar?
Micaela: Yo creo que sí. Quizás lo encuentro más en los equipos de trabajo que genero con amigos, con compañeros, ahí sé que esos deslumbramientos están y aparecen. Después hay otros trabajos que hacemos más de oficio, y esos deslumbramientos vienen por otros caminos, o llegan un poco después. Y también me parece que a veces no lo romantizamos tanto, a veces también tenemos experiencias que sentimos que en el momento no nos llenan tanto o no nos acercan a lo que nosotros queremos hacer 100%, pero nos van enseñando otras cosas, y eso también me parece que es parte del oficio.
Josefina: Yo ahora hace tiempo que no estoy haciendo mucha cosa en simultáneo. A mis veintis capaz que sí estaba en cuatro obras a la vez y tres eran cosas a las que me convocaban. Hoy no me está pasando mucho. Es como una teoría conspirativa que tengo con respecto a que siento que la gente, como empecé a escribir, no me llama más. Como que Josefina ahora solo actúa lo que ella escribe. ¡Y no! Seguime llamando, amigo, estoy acá (risas). Yo me puse a escribir porque quería actuar. Y ahora me puse a dirigir porque quería actuar más. Nosotros dirigimos juntas con Vachi, pero soy una de las protagonistas y no me baja nadie del escenario. Es toda una excusa para seguir actuando. Me fui de tema. ¿Cuál era la pregunta?
Deslumbramientos. ¿Siguen allí? ¿En el escenario?
Josefina: Para mí es el mejor lugar del mundo. O sea, no se le compara nada a estar ahí arriba. Es orgásmico, narcótico, todo eso.
Ambas tienen proyectos personales que llevan adelante hace mucho tiempo, con sus respectivas características. En tu caso, Josefina, Terrorismo Emocional, que ya lleva, ¿cuántas funciones?
Josefina: 127. Hay días de la semana que digo: "no la puedo hacer más, basta". ¿Pero como me voy a enojar con Terrorismo? Y si es la única obra por la que la gente me recuerda el resto de mi vida, está bien. He aprendido a reconciliarme con ella. La realidad es que yo quería actuar en cine y las pelis empezaron a aparecer después de Terrorismo. ¿Qué me voy a quejar? Tomé la decisión de ser agradecida con ese momento. ¿Viste lo que pasó en la Verdi en junio? Se agotaron otra vez las funciones, es una locura, vinieron gurises de un liceo de Bella Unión, la gente la ve tres, cuatro veces. Me encantaría que hubiera otro Terrorismo emocional en mi vida, pero mientras tanto tengo este. Y para mí es como una pieza arqueológica ya, porque me tengo que parar desde un lugar distinto y casi nostálgico. La empecé con 29 y cumplí 38 el lunes.
Y en tu caso Micaela, La Madriguera. ¿Cómo es tener esos proyectos como mochila y que se hayan convertido en una seña de identidad para ustedes?
Micaela: La Madriguera es parte de mi identidad y tiene que ver con la militancia. Porque la militancia formó parte de mi identidad y sigue creciendo a partir de que soy gestora de ese tipo de lugares, y mi yo artista se empezó a contaminar cada vez más de eso. Hay algo de esa militancia, del día a día, de estar también pensando en las maneras en que producimos, en mejorar los tiempos de las temporadas que estamos teniendo, porque a veces los espacios independientes son los que permiten que las obras se sostengan más de cinco o seis funciones, que es lo que está pasando en casi todas las salas de teatro independiente porque no dan abasto. Entonces en ese sentido siento que ahora a la hora de crear tengo muy presente eso, los modos de producción. Y La Madriguera hace que mi yo creadora esté pensando constantemente en eso.
Yendo a las obras que hoy las tienen al frente en la dirección, ¿cómo fue trabajar con el texto ajeno? Porque en los dos casos es de autores extranjeros, ¿no? Pompeyo Audivert en Edipo en Ezeiza y Lucy Kirkwood en Mosquitos.
Micaela: En nuestro caso fue un trabajo con muchísima libertad, tuvimos contacto con Pompeyo Audivert, que nos cedió los derechos y fue muy generoso, en parte porque él también es un creador. Nos dio total libertad para que hiciéramos con su texto lo que quisiéramos. Ayer nos contaba que es de las obras que ha escrito de las que más quiere. Son sus primeros trazos y hasta el día de hoy las están haciendo allá en Argentina, después de 10 años. La obra ha cobrado mucha vigencia por el sentido político que tiene, pero a eso también lo trabajamos con mucha libertad. Permitirnos entrar a nosotros en esa estructura tan marcada dramatúrgica, ponerle nuestro propio lenguaje a la obra, que eso también me parece que es un acto muy valiente cuando trabajamos textos que no nos pertenecen tanto, que en un punto del proceso nos empiece a pertenecer, eso me parece lo lindo de meterse a jugar. Encontrar fronteras difusas: ¿esto es mío, es del otro, es del público?
Emanuel: ¿Y Mosquitos?
Josefina: Tenía ganas de meterme en un proyecto más clásico. Fueron muchos años de laboratorio, de creación, de ponerle el cuerpo desde la escritura, y extrañaba un poco lo que en realidad hice toda mi vida hasta Terrorismo emocional, que era que me llaman directores y actuara textos de otros. Si bien hicimos una versión muy montevideana con Vachi, una síntesis que creemos que va a servir para acercarla un poco, mantenemos el nudo narrativo y la cuestión científica porque es un experimento que sucedió en Ginebra. La intención fue atravesar de vuelta un proceso más clásico, la puesta es más clásica, las actuaciones van por una estética un poco cinematográfica, si se quiere.
Micaela hoy decía que el circuito de salas, por la cantidad de obras que hay, a veces no da abasto. ¿No sienten que es síntoma también de buena salud en la creación del teatro independiente?
Josefina: Hay más oferta que salas. Por eso las temporadas son tan cortas. Pero tampoco es para demonizar a las salas. Me parece que es algo epocal también, tiene que ver con una forma de vida que estamos teniendo de scrolleo permanente, y si scrolleamos todo, ¿porque no vamos a scrollear que cada cuatro noches vos tengas una propuesta distinta en la sala? Hay algo que nos desborda. Para los creadores y la vida de los espectáculos es obviamente nefasto. Para la cartelera y los consumidores es maravilloso. Hay que encontrar un equilibrio. Los creadores hacemos lo que podemos y estamos donde podemos, terminamos actuando en casas, en espacios no convencionales, en salas públicas, nos vamos moviendo. Y además desde la pandemia es muy notorio que las salas están siempre llenas. O sea, hay más público que antes.
¿Qué pasó ahí? ¿Hubo una necesidad de ir a buscar uno de los últimos reductos de la experiencia humana tangible, que es el teatro a fin de cuentas?
Micaela: Sí, creo que la pandemia fue un momento que dejamos atrás y a la vez no. Siento que esa distancia entre los cuerpos de las personas al público, y a nosotros como creadores también, nos hizo recuperar la necesidad de poder estar más cerca. Y también siento que en esto que decía Jose, que estamos viviendo a nivel de los formatos y la materialidad digital, la gente de manera consciente o inconsciente está tratando de buscar algo que sea más tangible. Y el teatro me parece que sigue siendo esos espacios que resisten a lo largo del tiempo, por lo menos por ahora, donde el encuentro es lo más importante.
Me detengo en ese por lo menos por ahora. ¿Les preocupa que el teatro empiece a perder humanidad con los cambios que estamos viviendo a nivel tecnológico?
Josefina: Acá todo va a llegar mucho más lento porque somos un teatro básicamente pobre. A menos que ese tipo de tecnología sea barata. Pero de todas formas, el otro día veía una obra en Japón hecha toda con inteligencia artificial, con gente luchando arriba del escenario, quinientos japoneses filmando. Eso no es teatro, es otra cosa. Si la gente decide seguir yendo al teatro, será por esto que dice Mica, por el encuentro de dos cuerpos en un escenario, la voz verdadera, la sencillez de dos mesas de madera, el olor del telón viejo.