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La sorpresa todavía parece tener espacio en la sonrisa de Lucía Solla Sobral cada vez que habla y repasa la forma en la que su primer libro, Comerás flores, se convirtió en el último gran hitazo de la literatura española. Publicado por Libros del Asteroide el año pasado, la novela arrasó entre los lectores de su país y superó las 200 mil copias vendidas en pocos meses, en una especie de entusiasmo enfebrecido que dejó sin habla a su autora. Y esto es porque, en el fondo, la historia que cuenta Comerás flores es de terror, pero un terror muy cercano con el que muchísimas lectoras, sobre todo, se sintieron identificadas al instante.

En la historia de esta escritora de 37 años, Marina, una veinteañera típica sin demasiadas preocupaciones en la vida, conoce a Jaime, un seductor cuarentón que se enamora perdidamente de ella y que de repente la colma de regalos, gestos de amor rotundo, cenas caras y la promesa de una vida con la que la protagonista no podría haber soñado jamás. El cuento de hadas pasa a ser cuento de miedo demasiado rápido: el abuso psicológico que ejerce Jaime sobre Marina es brutal, y la jaula de la relación se cierra cada vez más sobre la chica, al punto de asfixiarla y dejarla al borde del colapso.

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Con un ritmo ágil y un abordaje de las relaciones contemporáneas descarnada e incómoda, Comerás flores es una novela que respira el aire de su época y que resulta tan creíble al punto que su autora tiene que aclarar todo el tiempo que no, que lo que cuenta no le pasó a ella, ni cerca. Que todo es una ficción, aunque todo pueda, también, pasar.

Sobre Comerás flores, el éxito abrumador y una peculiar conexión con Uruguay, Solla Sobral habló con El Observador durante una visita que hizo al país a fines de abril, donde presentó su libro junto a Eugenia Ladra y probó que su historia, de este lado del charco atlántico, también tiene visos de verdad.

Hay en el libro un vínculo muy tangencial con Uruguay a partir del fanatismo de la protagonista con Cristina Peri Rossi, y en tus redes has manifestado el amor por este país. ¿De dónde viene ese vínculo?

Es un vínculo que empezó y sigue por la cultura. Con 16 años leía a Idea Vilariño y a Peri Rossi, me fascinaron, me siguen acompañando, releo muchísimo sus obras. Ahora, de hecho, vine aquí leyendo La nave de los locos de Peri Rossi, me encanta. Y la música también, escucho Buenos Muchachos. Por desgracia cuando era adolescente no le prestábamos mucha atención a lo que pasaba aquí (en Latinoamérica). Ahora sí, mucho más. En un momento llegué a solicitar una beca para venirme a estudiar a Montevideo y todo, pero no me la dieron. Así que venir ahora con el libro es increíble.

¿Sentís que, entonces, hay efectivamente más atención a lo que estamos escribiendo de este lado en España?

Ahora sí. Por lo menos en los círculos del mundo editorial en general, y de parte de las lectoras, sobre todo. Tenemos mucho más interés en saber qué se escribe aquí y qué se dice también. También sucedía que las editoriales o plataformas audiovisuales no se interesaban y ahora, sí. Ahora incluso está de moda. Y es genial: no que sea una moda, está genial que trascienda fronteras y que perdure. Necesitamos muchas más miradas.

¿Cómo cambia la relación con un primer libro que, de repente, vende 200 mil copias y tiene este éxito? Porque esa primera escritura siempre es muy a tientas, incluso todavía más solitaria que las que siguen.

Sí, mi relación era muy solitaria, porque lo escribí durante dos años sola, participaba en un taller de escritura, pero hablábamos de algunas escenas del libro una vez al mes o algo así. Además no se lo daba a leer a nadie, porque tampoco le daba tanta importancia. El lector cero fue directamente Luis Solano, el editor de libros del Asteroide. Escribir para mí nunca fue terapéutico ni nada, lo hacía porque de verdad me lo paso muy bien escribiendo, porque disfrutaba del proceso de elegir las palabras, de buscar la voz, de intentar transmitir lo que Marina, el personaje, sentía. Ahora sí está siendo terapéutico. Recibir tantas miradas ajenas sobre el libro, y que haya como una especie de catarsis colectiva me está encantando. Sucede sobre todo con las mujeres, que se sienten menos solas por esta historia, menos culpables y eso es muy bonito.

¿Qué punto sensible tocó Comerás flores?

Lo que está pasando es, sobre todo, por lo que cuenta. Supongo que la forma también tiene algo que ver para que llegue a más gente o que lo lean más o menos rápido, pero está claro que el tema era más necesario de lo que nosotros mismos pensábamos. En los medios no se habla de maltrato psicológico, en el entretenimiento tampoco se toca, suele ser mucho más morbosa la violencia física o el asesinato. Y claro, había muchas mujeres que necesitaban poder hablar de esto y dejar de normalizarlo, o incluso de romantizarlo.

Había una necesidad de escribir sobre personas que, como Jaime, no llegan a extremos físicos de violencia, pero sí a otros extremos más normalizados.

De hecho, una de las cosas que pasan es que leyendo el libro, y sobre todo, claro, leyéndolo desde fuera y leyendo lo que Marina siente, se dan cuenta de que eso está mal. Tanto ellas como ellos, ¿eh? O sea, por ejemplo, con lo del coche —Ndr: cuando se enoja, Jaime acelera su auto a velocidades por encima de los 150 km por hora para amedrentar a su pareja—, muchas mujeres me escribieron y dijeron ‘yo no sabía que eso era maltrato’. Claro que es maltrato, lo que pasa es que nos enseñaron que el maltrato es una paliza, una amenaza de muerte o la muerte directamente. Y si no hablamos de todo lo demás, pues no podemos identificarlo.

¿Y en qué lugar sentís que te pone que venga alguien y te diga "ahora entiendo"?

Ahora recibo cada día por Instagram decenas de mensajes de mujeres que sufrieron malos tratos o que están en una relación abusiva. Al principio lo llevaba muy mal porque sentía que de mi respuesta dependía lo que le sucediese a esa persona. Tenía una sensación de responsabilidad. Ahora entiendo que lo que necesitan es decirle a alguien desconocido por lo que están pasando, porque saben que las va a entender. No tanto necesitan mi respuesta, sino ellas enviar su mensaje. Y entendiéndolo así, lo llevo mejor. También me escriben hombres que se sienten identificados con él y que me piden ayuda porque quieren dejar de ser maltratadores. Pero es una gran minoría. Pero, por ejemplo, hace no mucho una mujer me escribió saliendo de una comisaría porque no se había atrevido a denunciar a su novio. Y estaba volviendo a la casa de su maltratador. Intenté darle esperanza, que no se rindiese, que no se presionase, porque tampoco sirve de nada decirle “no, vuelve y denuncia”. Un mes después me escribió que estaba en una casa de acogida para mujeres víctimas de violencia de género.

Ahí respiraste un poco.

Sí, pero es terrible. Es terrible y es bonito, es una mezcla un poco rara. Una ambigüedad que además parte de algo que se generó de forma muy íntima, porque nunca tuve ningún objetivo de este tipo. Sabía que estaba escribiendo sobre un tema político o social, pero como no sabía que iba a tener esta repercusión, para mí era literatura, entretenimiento. Pero claro, es mucho más fácil llegar al otro a través del entretenimiento que de un ensayo.

¿Tuviste que aclarar que la historia de Marina no era la tuya?

Por supuesto. Este libro es ficción. Pero en España, creo que está pasando en general, la autoficción está funcionando muy bien. Para mí es un género más y no me parece peor o mejor, pero ahora mismo está muy radicalizado el amor y el odio hacia la autoficción. Siempre pienso que a todos nos pasan cosas, pero no todos sabemos qué hacer con esas cosas que nos pasan. Pero tengo que aclarar siempre que esto no me pasó a mí. Además, yo soy vegana, Marina es vegana, pero nadie presupone que soy vegana: todos presuponen que fui maltratada. Si crees que soy ella, por lo menos créetelo todo. Creo que esto tiene mucho que ver con la necesidad que hay ahora ahí de consumir la identificación. Si no me identifico con algo, no me gusta. Y de hecho, es malo. “A mí no me gusta porque a mí nunca me pasó.” Eso es terrible. Que no puedas leer algo que no tenga nada que ver contigo, o incluso leer una novela o algo donde el personaje te caiga mal. Ahora mismo estamos ahí. Creo que hay una crisis del yo tremenda. Porque además hemos tenido grandes personajes que son seres malignos.

Vuelvo al tema del maltrato. ¿Sentís que la literatura se está haciendo cargo un poco más de estas relaciones o no?

Leí mucho, sobre todo para saber qué se había escrito y qué no, qué quería repetir, qué quería evitar. Y no hay tanto, al menos en proporción a cómo afecta realmente el tema. Sobre todo enfocado en lo psicológico y sobre todo enfocado en personajes como más realistas. Normalmente nos enseñan siempre a una víctima totalmente aislada, dependiente o de otra época. Marina es una chica cualquiera de hoy en día. Ella tiene una red, tiene amigas, familia, trabajo, tiene referentes feministas y sin embargo le pasa. La mayoría conocemos a una chica así. Y creo que fue la clave para que se diera ese boca a boca, esa viralización. Marina incomoda y funciona. Y Jaime tiene cosas malas desde el principio, pero también tiene cosas buenas hasta el final.

¿Y en cuanto al retrato del amor en la literatura? ¿En qué momento sentís que estamos?

Estamos en un momento un poco raro. Como sucede con la autoficción, hay una parte que sí está haciendo una crítica al amor romántico, a cómo entendíamos que tenía que funcionar el amor romántico, a la estructura única del amor romántico, pero a la vez hay un boom del romantasy, que al final está calcando los problemas de tramas y de estructuras del amor romántico clásico, pero con hadas y magos. Y eso lo están consumiendo mujeres muy jóvenes. Entonces, no sé muy bien qué pasa. Hay una parte muy crítica con todo lo que está pasando, pero a la vez en España hace no mucho salió una encuesta y entre los más jóvenes demostró que hay una brecha de género brutal, ideológica, respecto al feminismo y al machismo. Una gran parte de los hombres jóvenes, entre 16 y 20 años, creen que la mujer tiene que estar sometida al hombre. Y a la vez, las mujeres, las chicas, están buscando lecturas mucho más críticas. Creo que nosotras hicimos un trabajo muy fuerte desde 2017 en un movimiento feminista mucho más consolidado, pero muchos hombres se quedaron fuera. Y hoy se está viendo esa brecha en las relaciones también. Una brecha de acción/reacción.

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