El escritor mexicano David Toscana (64) pasa por Montevideo y la siente cerca. Hasta este rincón lo han traído en otras ocasiones los libros, Onetti y los amigos, y ahora lo trae lo primero, pero también el premio más grande que ha ganado con su obra: el Alfaguara de Novela. Con El ejército ciego, Toscana se alzó con la edición 2026 del galardón de ese sello editorial a partir de una novela que juega con episodio histórico poco documentado y que él eyectó al mundo de la ficción con destreza: el castigo brutal que, tras ser derrotados por el imperio bizantino en la batalla de Klyuch, quince mil soldados búlgaros debieron afrontar antes de volver a casa derrotados: que les arrancaran los ojos.
Detrás de la "épica de los vencidos", la sátira y el alejamiento del realismo, Toscana enhebró una historia elogiada y premiada que presentó en Uruguay hace algunas semanas y que deparó, en medio de una abultada agenda de prensa, esta entrevista con El Observador.
Has contado que se topó con la historia de los quince mil ciegos leyendo sobre los bizantinos. ¿Cómo pasó de la mera anécdota al germen de una novela?
Es un pasaje que tardó años. Lo leí en un compendio de historia medieval que me hizo querer averiguar más. Cuando supe que no había más que esa anécdota, cuando supe que nadie había escrito la historia de estos ciegos, me empezó a tentar. Pero me tardé algunos años porque no sabía cómo hacerlo. La clave la encontré al alejarme del realismo, porque no existe nadie que haya escrito sobre los ciegos y no hay ni siquiera un grabado en piedra. Hay quien duda de su veracidad, pero prácticamente todos los historiadores lo toman como verídico, y acaso cuestionarán la cantidad, si son muchos o pocos. En Bulgaria nadie la cuestiona, allí es una verdad histórica. Encontré el tono, luego, cuando la tragedia dejó de ser una tragedia. Siempre que la pensaba en términos realistas era una historia muy patética, muy triste, que no tenía sentido contar. Y por eso entendí que los búlgaros nunca habían hecho una novela de esto. Porque, ¿para qué? ¿Para qué contar la historia de 15.000 ciegos que no tienen qué comer, que pululan por ahí en una ciudad pequeña, que piden que les ayuden, que son la imagen de la derrota? Queriendo ser realista toda la novela sería un cuesta abajo. Y yo quería otra cosa.
¿La idea de reivindicar a los vencidos era atractiva? Es una de las cosas que destacó el jurado del premio Alfaguara cuando te dio el premio, la “épica de los vencidos”.
Sí. En general, la literatura se ocupa de los vencidos, desde la tragedia griega. Se dice que la más antigua que sobrevive es Los Persas de Esquilo. Tienes Las troyanas también. La diferencia es que yo quería escaparme de la tragedia, que hubiera algo bello, humor, algo que no aplastara a mis personajes, sino que los alzara. Ellos son vencidos en la batalla, vencidos en la historia, pero cuando lees la novela tienen bastante más fuerza como para decir que fueron derrotados.
En la novela, el acto de sacar los ojos es casi un arte, algo muy metódico. ¿Qué tanto investigaste sobre este castigo en los registros históricos?
A mí me llama la atención cuando un historiador serio quiere hablar de, por ejemplo, la crucifixión. No hay ningún manual romano sobre cómo se crucifica. Es curioso porque no debe ser algo fácil, supongo. Pero hay gente que dice que la cruz no era la cruz, que era nada más un poste. Hay gente que dice que se hacía en un árbol. Y una vez que se dejó de emplear durante siglos, pues ya nadie supo hacerlo. Entonces no hay constancia sobre esto, como tampoco no hay constancia sobre cómo se cegaba a la gente. Por ahí algunos mencionan que se podía quemar el ojo o sacarlo. Y hay algunas crónicas que hablan de aprendices o charlatanes que hacían sufrir mucho al castigado. Yo no traté de regodearme en este asunto que ya está bastante claro en la cabeza del lector. Los textos antiguos hablan de varios métodos, algunos los menciono por ahí. Algunos me parecen hasta fantasiosos, pero así están escritos. Algunos son hasta indoloros, aparentemente. Hay un libro donde se repasan estos métodos, pero también es literatura, de Ismail Kadaré. Él habla de poner piedras en el pecho hasta que se salgan los ojos. No parece muy efectivo.
¿El ejército ciego es una novela histórica?
No, novela histórica no es. Está a punto de publicarse en Bulgaria y ellos sabrán perfectamente que no lo es. Porque, además, todos los elementos históricos que yo rescaté por ahí, preferí evitarlos para el lector. Yo pude haber sido más descriptivo sobre los ejércitos, lo que fue la derrota, lo que eran las armas de la época, la capital del imperio, y en ese sentido tengo muchas lecturas que me sitúan y me dan cierto termómetro histórico. Pero la novela histórica es más explícita.
Sobre el final, el libro se vuelca sobre como la literatura llena los huecos de la historia, además.
Sí, hay muchas formas en que la literatura se mete a llenar los huecos de la historia, tanto en eventos como en creación de personajes. La historia podrá no hablar mucho sobre las relaciones amorosas entre los jefes de estado, los emperadores y demás, pero la novela tiene derecho a imaginar y a meterse ahí. Cuando no hay historia el territorio es completamente libre, pero es una libertad con responsabilidad. Tampoco me puedo poner a decir cosas que sean imposibles o improbables. Tengo que cuidar todos los anacronismos, detalles mínimos como que ningún personaje puede mencionar a los bizantinos porque es un término propio del siglo XIX. Después, cada escritor según su intención elige qué tan histórico quiere ser, o qué tan fantasioso. Yo me voy al lado de una fantasía, a una libertad que sobrevuela hasta lo sobrenatural.
Te has declarado como onettiano de ley. ¿Dónde ves a Onetti en tu literatura? ¿O tiene otro tipo de influencia en vos?
Hay gente que no me nota el carácter onettiano, pero es que para mí lo onettiano es cierta atmósfera, ese momento donde sientes que los personajes están casi en una prisión y no tienen escapatoria. He llevado más o menos, según la novela, a los personajes a esta situación. Mi prosa, eso sí, no es onettiana, Yo llegué a Onetti con un cuento que me marcó toda la vida, que es Bienvenido Bob. Cuando leí por primera vez No sé si usted tiene treinta o cuarenta años, no importa. Pero usted es un hombre hecho, es decir deshecho, como todos los hombres a su edad cuando no son extraordinarios, dije “híjole, esto sí no nos cae encima todos”. No dejo de pensar en él cada vez que vengo a Montevideo. Aunque me digan que Santa María no es Montevideo, yo me la encuentro aquí. Onetti es alguien a quien acudo cuando estoy escribiendo y siento que las cosas empiezan a rechinar. Cuando necesito otra vez darle cierta altura a lo que escribo, agarro sus libros. Porque cuando tú lo lees, te das cuenta de que está en otro nivel. Él elevaba el discurso, la prosa, y aún cuando después ya no me acuerdo de qué se trataba tal o cual cuento, me queda esa prosa elevada, ese estilo aplastante, esa fuerza de palabras que tiene. Eso pasa con la buena literatura, lo argumental termina cediendo ante el estilo, ante el peso de las palabras. Se ha dicho que el escritor, mientras escribe, debe imaginar que están ahí sus héroes literarios leyéndolo todo. Yo siempre que estoy escribiendo tengo de un lado a Rulfo y del otro lado a Onetti. Es un poco fastidioso porque me está echando humo de sus cigarros todo el tiempo.