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Tuve un pasado ricotero. Creo que todos los de mi generación que nacimos viendo al río de la Plata y nos gusta el rock lo tuvimos. En Carmelo no existía la radio uruguaya –con suerte llegaba alguna AM-, así que me crié escuchando la Rock & Pop de Buenos Aires, desde que me levantaba con Cuál es? de Mario Pergolini hasta que me acostaba con Tiempos violentos de Alejandro Nagy. De ahí que mi banda sonora de la infancia y adolescencia fue, básicamente, rock argentino.

A mediados de los 90, cuando tendría 14 o 15 años, fui a visitar a mi primo Cristian que en ese entonces vivía en Ituzaingó y era ricotero de pura cepa. Había seguido a los Redondos por toda la Argentina, y sus historias de los recitales eran fascinantes. Ituzaingó queda en el Oeste y como canta Mollo en El 38, “en el Oeste está el agite”. Mi primo, que me lleva 10 años, había vivido toda la movida del rock suburbano bonaerense de los ‘80. Sus amigos tenían bandas con nombres del tipo: Parálisis Infantil, Diarrea Incontenible o Demente Caracol. Paraba en el Bar Don Carlos de Castelar, un punto de encuentro rockero en el que casi siempre podías encontrarte con figuras del ambiente musical under y algunos artistas más connotados, y al que lo acompañé alguna noche, más allá de mi minoridad. “Vos decí que tenés 18”, me avispaba, aprovechando mi altura. Yo tocaba el cielo con las manos cuando andaba con mi primo de arriba para abajo, ya sea en bicicleta pedaleando por Castelar —donde me llevó a conocer la casa del Indio, un bunker con muros altísimos en Parque Leloir— o montados en el tren Sarmiento.

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Pero el mayor tesoro que me traje de esa visita vino en cassettes TDK. Mi primo vivía en un apartamentito con entrada independiente arriba de la casa de sus padres, que era literalmente la casa del pueblo. Cuando yo llegué, dormía ahí un amigo suyo que era mecánico y no sé por qué había recalado buscando refugio hacía tres meses. En esa habitación minúscula tenía en CDs originales la colección completa editada hasta el momento de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Gulp!, Oktubre, Un baión para el ojo idiota, ¡Bang! ¡Bang!... Estás liquidado, La mosca y la sopa, En directo, Lobo suelto, cordero atado (1 y 2)… todos volvieron en mi mochila en cintas vírgenes compradas para la ocasión.

Gasté esos cassettes. Y por suerte, más grande, pude sacarme el gusto de comprar mis propios discos y vivir la experiencia de un toque en vivo de los Redondos cuando presentaron en 2001 Momo Sampler en el Centenario, el último album de estudio editado antes de su separación.

Continué siguiendo al Indio cuando inició su carrera solista con los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, e incluso mi primera experiencia internacional fue cuando presentó su segundo disco, Porco Rex, en Jesús María Córdoba en 2008. Esa ida estuvo plagada de incidentes. Fuimos en ómnibus en una excursión contratada en tiempos de puentes cortados. Para ir por tierra a Argentina había que desplazarse hasta Paysandú, porque regía todavía el piquete en el puente de Fray Bentos – Gualeguaychú por la planta de Botnia. Durante el recital, en el pogo final de Jijiji me vaciaron los bolsillos; perdí mi primer celular y el poco efectivo que había llevado.

Pero lo peor fue la vuelta.

El ómnibus que nos llevó decidió probar suerte por Gualeguaychú y arribó al amanecer a Arroyo Verde, a pocos kilómetros de la cabecera del puente internacional. El único “piquetero” que custodiaba una valla improvisada que cortaba la ruta tomaba mate al solcito. Con el cansancio acumulado y las ganas de acortar el viaje, los más efusivos que todavía mantenían en sangre remanentes de una noche agitada, decidieron abrirse paso ante la escasa resistencia. La operación, en principio exitosa, tuvo su contracara en la cabecera del puente, cuando Gendarmería requisó —también exitosamente y con la ayuda del plantel K-9— elementos prohibidos descartados por algunos de los ocupantes. Resultado: retención de 12 horas en la Seccional.

De adulto mi fanatismo decayó. Lo acompañé, sí, cuando volvió con los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, pero le solté la mano a los shows en vivo de su nueva banda cuando decidió, jaqueado por el Parkinson, bajarse de los escenarios.

No siento culpa de eso. Nunca tuve química con los Fundamentalistas, una banda-empresa de excelentes profesionales de la música, pero sin el carisma de su frontman.

Prefiero quedarme con lo vivido.

La adolescencia es el refugio al que muchas veces volvemos buscando la esencia de lo que somos hoy. Por eso, mi despedida del Indio Solari no es desde la nostalgia ni desde el dolor, sino desde el agradecimiento por darle cortina musical a la película de mi juventud. Salú Mister.

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Indio Solari Argentina Música

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