Un Poyo Rojo se estrenó en 2010 en una pequeña sala en el Abasto, pero rápidamente se convirtió en un verdadero fenómeno internacional. Cuatro años después dos productores franceses la vieron y la llevaron al Festival Off de Avignon, lo que sería el inicio de un camino de internacionalización. A partir de ahí se instalaron en París y realizaron más de 1500 funciones en 36 países de Europa, Latinoamérica, Oceanía y –ahora también– Asia.
Sin palabras. Únicamente dos cuerpos en constante tensión, que interpretan un diálogo entre la danza, el teatro físico y el deporte para contar una historia de amor. La de dos hombres en un particular vestuario donde una antigua radio marca el pulso de la acción.
La obra surge de un sketch que Luciano Rosso y Nicolás Poggi habían creado para 15 minutos en una varieté antes de que Hermes Gaido asumiera como director. De ahí, explica Barón, surge el nombre Un Poyo Rojo: los presentaban como el dúo Poggi y Rosso, y un día un presentador pasado de copas dijo el dúo Pollo-Rojo. Y bautizó el acto. Cuando Gaido empezó a desarrollar el trabajo esa también fue una excusa para entrar también en el mundo de la animalización y la riña de gallos.
Aquel acto de 15 minutos se convirtió en una obra de una hora de duración, con una dramaturgia, una historia y un lugar en el que los cuerpos se transforman constantemente. Tiempo después contactaron a Barón para reemplazar a Poggi tras su salida y lo demás es historia.
“Yo estaba loco de alegría porque había visto la versión original y me había encantado. Cuando entré reestructuramos parte de la obra. Entré con otra impronta, con otro cuerpo, con otra intención; y la obra cambió mucho", sostiene.
La obra regresa a Montevideo el próximo 24 de julio en el Teatro Metro. Pero antes, el actor, bailarín y acróbata argentino, Alfonso Barón –co-creador e intérprete de Un Poyo Rojo– habló con El Observador. Sobre el éxito de la obra, el paso del tiempo, la conquista de nuevos territorios y los cruces entre la masculinidad y el teatro, la siguiente entrevista.
16 años ininterrumpidos, más de 1.500 funciones, 36 países. ¿Cómo se hace para que una propuesta teatral siga con esta vida después de más de 16 años? ¿Cómo mantiene esa vigencia o qué es lo que hay en su esencia que lo permite?
Son muchos factores. Llevarse bien con las personas con las que trabajas me parece clave. Después la obra tiene un formato bastante particular. No es una obra convencional. No es una obra de teatro puro y duro, tampoco es una obra de circo, es bastante híbrida. Después tiene la particularidad de que la radio que utilizamos en el espectáculo, que es el tercer personaje, es una radio en vivo y en directo en cada lugar donde vamos con gente hablando en el idioma local. Eso hace que nosotros estemos obligados a estar en el aquí y ahora, y en alerta absoluta respecto de la composición espontánea, de la improvisación. Hay gente que nos pregunta, Che, ¿no se aburren siempre de hacer la misma obra? Pero no es la misma obra, va cambiando. Nuestros cuerpos también han ido cambiando y hemos ido cambiando un poco en materia de movimiento de la obra porque hay cosas que por ahí ahora preferimos no hacerlas o nos cuesta mucho más, entonces hemos ido cambiando la forma de interpretar la obra. Hay algo de la interpretación que también creo que es una de las claves, porque para que esta obra siga viva el nivel de compromiso que tenemos arriba del escenario es total y absoluto. La gente lo ve a eso. Cuando lo das todo en un lugar y terminas literalmente mojado arriba del escenario, yo creo que eso se agradece mucho. Se ve el trabajo de fondo y se ve esa entrega, entonces la gente le empatiza con eso. Le apasiona.
Otra cosa que también hace que la obra se mantenga viva es que maneja un lenguaje bastante popular, cuenta una historia sencilla que es la historia de un primer beso de entre dos personas que se encuentran en un lugar. Esas dos personas en este caso son dos hombres pero pueden ser un hombre y una mujer, un gato y un perro. Por eso muchos nos ven como caricaturas o depende quién lo vea, entiende otra cosa. Cuenta una historia bastante universal, una historia de amor, con humor y con un lenguaje bastante popular. Es una obra que es divertida, no es larga, dura una hora, es dinámica. Yo creo que todos esos condimentos hacen eso.
Podríamos decir que hay un tercer intérprete en esta propuesta que es una radio en vivo, que de alguna forma conecta un espectáculo internacional con un relato hiper-local. ¿Qué mundos ha abierto esa radio en el escenario? ¿Cuáles han sido los momentos que más los sorprendieron?
Es rarísimo lo de la radio, a mí me encanta. La obra tiene un formato en el cual hemos creado escenas en donde la radio marca el cómo se hacen esas escenas. La música marca un el ritmo del cómo. Y cuando enganchamos programas de gente pasa algo muy loco porque a veces no entendemos nada de lo que están diciendo, absolutamente nada. Como en China, te imaginarás. En China fue muy particular porque tuvimos que comprar una radio especial conectada a internet en la sala para poder sacar emisoras mundiales, porque China tiene todo controlado entonces no había muchas opciones en la radio. Tuvimos que sacar las emisoras internacionales. Igual buscamos emisoras en las que hablaban en chino y de repente la gente después nos dice, che, qué loco el momento ese cuando ustedes estaban haciendo tal cosa y estaban hablando de la muerte de un político muy importante y yo no tengo ni idea de lo que pasó. O la radio acompaña lo que está sucediendo. Por ejemplo, en Córdoba ahora estábamos sentados en el banco y de repente hablaban de eso: Me encuentro yo con tus manos (canta Alfonso) y luego hay un momento que Luciano me agarra la mano. Después la gente dice esto está todo armado. A grandes rasgos pasan dos cosas: o que la radio acompaña lo que estamos haciendo o por contrapunto habla exactamente de lo opuesto. De cualquier forma funciona.
Se trata, a fin de cuentas, de la historia de un primer beso en un vestuario. Y es una obra que desde hace 16 años aborda la masculinidad de diferentes formas. ¿Cómo ha cambiado desde ese punto de vista, en sociedades que también han modificado su mirada sobre lo que es ser hombre?
Ha cambiado mucho, es muy loco. En el año 2010 estábamos en Argentina haciendo el espectáculo. Estábamos arriba del escenario y por radio anunciaron que se aprobaba la Ley de Matrimonio Igualitario en Argentina y estábamos haciendo Un Poyo Rojo. La gente empezó a aplaudir y algunos gritaban durante la función, fue una cosa muy loca. La obra siempre ha tenido una aceptación muy bonita en cualquier parte. ¿Y sabes por qué yo creo que también la han aceptado? Porque nosotros no levantamos ninguna bandera política en el espectáculo, y eso se ve también. Todo teatro es político, y además son dos chabones en un vestuario, o sea, no puedo hacerme el boludo con eso. Pero la obra no está armada con una militancia para que diga, sí, fui a ver una obra gay en donde ellos quieren decir esto. La verdad que se ve tan desdibujado eso que el foco de atención está puesto en otra cosa. La gente empatiza mucho con el trabajo porque es una historia como la tragedia y la comedia, ¿quién alguna vez en su vida no tuvo o tiene una relación con un familiar, con un amor o con un ex amor? Hay algo de esa empatía que se muestra en tanto a las relaciones humanas en la obra que la gente en algún momento se va a sentir identificada. A medida que ha pasado el tiempo todo cambia, pero la obra sigue ahí y es un tema tan universal como una historia de amor.
¿Han tenido algún tipo de limitación por el contenido homoerótico del espectáculo en estos años? Entiendo que en China, por ejemplo, pueden haber encontrado algún tipo de dificultad.
Sí, hemos tenido. En China tuvimos que cambiar cosas de la obra, no nos podíamos dar un beso por ejemplo. Tuvimos que cambiar muchas cosas. Nos mandaron un mail con un montón de puntos del video que mandamos y dijeron "minuto 1:04 no, minuto 17:23 no, minuto 48 no". Hace como cinco años que nos querían llevar a China y nosotros decíamos la obra no se toca, la obra es así, si te gusta bien y si no, chau. Nos vienen insistiendo, insistiendo. Este año dijimos vamos. Y fue re lindo porque igual guarda toda la esencia de la obra. Era muy loco porque en todos los momentos más homoeróticos o prohibidos, era lo que más la gente quería ver. Se volvían locos los chinos. Era un público muy eufórico y estaban como locos. Entonces era como que al final dijimos, pucha, cambiamos la obra, pero podría haber venido la obra original. Pero eso estaba controlado. Otra cosa que nos pasó hace un par de meses en una región francesa muy musulmana en los suburbios de París, familias enteras se levantaban y se iban. Así y todo, por más que sea un lugar conservador el arte es provocador y un poco pasa por ahí. Intentamos hacerlo de una manera amable para que llegue un mensaje.
Me quedé pensando en cómo la obra se ha modificado con el paso del tiempo, algo que tiene que ver con los años y con la exigencia sobre el cuerpo. La obra en este caso se adapta también a ustedes.
Sí, eso es una maravilla. Cuando sos dueño de un producto y lo podés manipular como querés es maravilloso, porque si estuviésemos haciendo El Lago de los Cisnes, no podés cambiar la partitura. Y nosotros la vamos cambiando porque nuestros cuerpos han cambiado y hay cosas como más acrobáticas, más locas, que ya no las hacemos. No porque no las podamos hacer, sino porque nos cuidamos. Hay cosas de mucho riesgo que por ahí decimos, ¿para qué? Aparte es lindo porque cuando empezás a tener limitaciones físicas estás obligado a encontrar la manera de comunicar eso de otra forma. Entonces eso también a nivel interpretativo y artístico es un lindo desafío. Es como tener un cuadro ahí y cada tanto lo vas mirando y lo vas retocando y le cambias un color, le pones más brillo de acá, más una sombra más de acá. Es lindo también, a mí me gusta tener esa posibilidad. Al principio me estresaba, debo confesarte. No es que todo es ¡ay, qué maravilla para el artista! Al principio, ahora ya lo entiendo de otra manera, pero cuando uno pasa la barrera de los 40 años y tienes esa exigencia física, no tenés 20.
Me imagino que hay algo de frustración en el proceso en algún momento.
Completamente. Y ya después lo transformás a eso, lo entendés. Y justamente esta es una obra que te permite hacer eso: ir cambiándole la paleta de colores. Es mucho menos frustrante que estar en otro tipo de espectáculo, en donde decís che, esto no lo puedo hacer y me tienen que reemplazar por otro pibe. Entonces, llevarse bien con tu partener está bueno porque si hay que modificar algo, lo hacés y ya.