Las buenas obras de teatro rompen las fronteras espaciales y del tiempo. Y a eso, Claudio Tolcachir lo comprobó con un título que amaneció en los primeros años del 2000 y que terminó presentándose hasta en Bosnia.

El dramaturgo argentino, uno de los más destacados de su generación y responsable entre otras cosas de la dirección del teatro y la compañía Timbre 4, estrenó en 2001 La omisión de la familia Coleman para poco más de cuarenta personas. Con el tiempo, el título arrastró tablas y espectadores a rolete: se puso en escena en todo el mundo, tuvo más de 2200 funciones y derivó en uno de los textos más representativos de una época del off argentino.

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El oleaje de La omisión de la familia Coleman ahora llegó hasta Montevideo: desde hace algunas semanas, y durante el resto de los viernes de setiembre, una puesta en escena local del texto se está representando en el Teatro Movie. Con dirección del argentino Diego Faturos, parte del universo Timbre 4, y un elenco vernáculo que incluye a Agustín Urrutia, Candelaria De la Cruz, Franco Rilla, Marisa Bentancur, Pablo Robles, Paula Silva, Rodrigo Garmendia y Virginia Méndez, el texto prueba su vigencia frente al público uruguayo.

"La obra tiene muchísimos años y siempre le di prioridad al elenco argentino, que la sigue haciendo en Buenos Aires y con quienes estuvimos hace poco también en España y que ahora van a Chile. Siempre sentí que esa obra, mientras ellos quisieran hacerla girar, les pertenecía. Pero cuando surgió la posibilidad de hacerla en Uruguay me entusiasmó la novedad, ver qué pasaba. Poder tomar el texto, cambiar palabras, cambiar los actores, que la hagan propia”, cuenta Tolcachir desde España a El Observador.

“Para mí, más que soltar, se trata del placer de que me puedan sorprender. Uno hace creaciones para que los demás se las apropien, les conmueva y les interese. Porque esta obra ya es del mundo hace muchísimo tiempo."

Tolcachir asegura que cuando una de sus obras pasa a otros escenarios en los que no tiene el control en términos de dirección, trata de no meterse. Las decisiones, dice, deben ser tomadas por quien comande la puesta porque allí radica también el tono que tendrá esa nueva manifestación del texto. En este caso, además, sabe de primera mano que Faturos conoce la obra muy bien porque es parte de Timbre 4, por lo que confía en que pueda habitar su creación de una manera genuina y singular.

“Las veces que yo he dirigido siempre he valorado o he pedido la mayor libertad posible, salvo en los casos que al director le venga bien charlar algún tema o tenga alguna pregunta, o quiera que vea alguna parte en especial. Y en esos casos en los que yo soy el que es requerido, tiene todo el sentido participar”.

El director y dramaturgo —que también es actor y que, de hecho, protagoniza una de las películas que se estrenan esta semana en cines, Pepita la pistolera de Lucía Puenzo— formó parte del proceso de selección del elenco, en donde se procuró que no estuvieran necesariamente cerca de los actores argentinos originales, sino que tuvieran “una gracias y una humanidad” que pudiera darle a sus personajes otras categorías.

“Sí nos gustó mucho cambiar el vocabulario, incorporar palabras, léxicos, costumbres que los actores poco a poco se fueron atreviendo a sumar a la obra. Y eso para mí es genial, porque quiere que esta historia trasciende lo cultural argentino y tiene sentido también en Uruguay. En mi experiencia, ya cuando uno cambia un solo actor de una obra, cambia absolutamente toda la obra, porque cambian los equilibrios, las energías, el movimiento, lo vincular entre los personajes, así que imaginate que con todo un elenco nuevo es la obra cambia por completo. Pero esa fue un poco la intención: que estos actores se pudieran apropiar del material. Y ojalá que mucha gente que no la vio antes, que no la conocía, se acerque y me digan ‘es una obra uruguaya’."

La omisión de la familia Coleman abre para el espectador la puerta de una casa desordenada y claustrofóbica, un lugar donde conviven tres generaciones marcadas por secretos, ausencias y la incapacidad de comunicarse, y absolutamente dislocadas en su vinculación. Apenas es la abuela la que logra unir los lazos tirantes, y cuando ella se enferma, la brújula de sentido pierde toda referencia para los miembros del clan Coleman.

“Soy muy crítico conmigo mismo cuando veo mis materiales y mis obras. Los disfruto, por supuesto, pero también siempre estoy viendo defectos y cosas que podría mejorar. En el caso de Coleman, siempre la disfruto por lo que le pasa al público, pero sufro porque siempre creo que es mejorable. Pero es una obra que no siento que haya envejecido o que no tenga sentido en este tiempo. No vi nada que estuviera anclado a un momento que no funcione hoy porque cambió la sociedad o la tecnología. Creo que es porque tampoco escribo cosas demasiado realistas o demasiado actuales. Siento que ahí hay una poética en un realismo un poco movido, un poco corrido, que hace que no forme parte de las noticias del día”, dice Tolcachir.

“En cuanto a la temática, lamentablemente siento que sus temas resuenan mucho. Quizás tiene una ternura que rebota con el hecho de que son personajes incapaces, desesperados. Son personajes complejos, pero tienen ternura. Y me doy cuenta de que año tras año y país tras país, función tras función, la gente sigue conmoviéndose con ellos, con lo que sucede en escena, y se sienten reflejados, identificados, conmovidos, divertidos. La omisión de la familia Coleman nunca nunca quiso ser una obra de vanguardia ni mucho menos, porque yo no lo soy. Es simplemente una creación muy genuina y honesta de nosotros, de nuestro grupo, de mi cabeza, de mi corazón y de algo de lo que yo quería hablar. Y creo que, justamente, como no estaba atada a ninguna línea de lenguaje poético de su época, tiene su propio latir, su propia vida”, concluye.

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