17 de mayo 2024
16 de octubre 2023 - 5:23hs

Todo estaba organizado para que el público estuviera más lejos que en las ediciones anteriores.

Pedro Sánchez, confían en su entorno, no tolera bien los abucheos, los silbidos y mucho menos la frase que puso de moda un espontáneo al gritar, semanas antes de las elecciones del 23 de julio: “!Que te vote Txapote!”, en alusión al terrorista de ETA.

Al presidente en funciones tener que asistir al desfile del día del Pilar, también Día de la Hispanidad y fiesta nacional de España, le quitaba el sueño más que retratarse, como hizo el viernes, con antiguos etarras, hablar por teléfono con condenados por sedición (delito que ha eliminado) o malversación de fondos (delito que ha rebajado para asombro de Europa) como había hecho con Oriol Junqueras (Esquerra Republicana).

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Todo, para lograr sus votos en una investidura que no se sabe cuándo se va a celebrar.

El presidente en funciones no es un buen actor y en su rostro se lee todo lo que le pasa por la cabeza y el estómago.

La úlcera que le provoca lo de Txapote le supura desde la campaña. Sánchez no puede poner un pie en la calle por temor a que la gente le haga un escrache con ese lema.

Su fastidió lo advirtió antes de que el Paseo de la Castellana de Madrid y la Plaza de Neptuno se desbordara de gente con banderas de España y además, incorporasen otro eslogan durante el desfile: ¡Puigdemont a prisión!

Entonces y después de que los oídos y las cámaras de la prensa dieran constancia de los episodios que le tenían en la diana de lo que considera ofensas, responsabilizó del vocerío al Partido Popular (PP) de Alberto Núñez Feijóo, el ganador de las elecciones que se quedó a falta de cuatro votos en el Congreso para poder ser investido presidente. 

Al gallego, un hombre tranquilo, le acusó de instigar ese amago de revolución de agravios. La sorpresa parecía un chiste después de que durante el intento de investidura de Núñez Feijóo, Sánchez mandara en su nombre a Oscar Puente, ex alcalde de Valladolid que le embistió con la dialéctica “made in Moncloa” como si fuera un toro, eso sí, ordinario y de escaso linaje.

Algo parecido a lo que le pasa al candidato argentino, Javier Milei, cuando se le suelta cadena y ofrece una versión circense de sí mismo.

A Pedro Sánchez le duele que la gente común y corriente le diga esas cosas, pero los españoles, incluidos muchos de los que le votaron, no lo hacen porque hayan perdido la razón. El origen a su reacción se encuentra en está manera de conducirse del líder del PSOE que presume de “buscar votos hasta debajo de las piedras” para lograr su reelección bajo el sistema de monarquía parlamentaria que rige en España.

Sánchez, que renunció a replicar a Núñez Feijóo en el Congreso cuando el popular le cantaba las verdades del barquero que aprecia cómo el buque que es hoy España se va a pique, ha terminado su ronda de contactos con los partidos políticos que antes eran tabú para él y los ha convertido en socios de un hipotético gobierno que no termina de cerrar.

Las negociaciones se le están haciendo cuesta arriba y no descarta que termine rodando cuesta abajo.

La presidente del Congreso, Francina Armengol, a diferencia de lo que hizo con Núñez Feijóo, no le ha puesto una fecha para intentar lo que parece probable, pero podría ser imposible: su investidura.

En realidad, le ha dado todo el tiempo para convencer a Junts, el partido de Carles Puigdemont, de que le entregue los votos que necesita a cambio de promesas de amnistía para él y todos sus compañeros. La idea no parece terminar de seducir al todavía prófugo de la justicia que le demanda hechos y no palabras antes del 27 de noviembre, fecha del ultimátum constitucional para tener presidente o convocar la repetición de elecciones.

En esta subasta de votos que necesita Pedro Sánchez, el socialista que se esfuerza en apropiarse del programa de Podemos, ha tragado y no se ha indigestado con todo. Cada día que pasa tiene más cerca la fecha final y el precio de las formaciones sube sin que la factura le quite la idea de liquidar la herencia de la transición.

El borrador sobre el que está trabajando el equipo negociador de Sánchez con la gente de Puigdemont llegó a manos del diario español El Debate. Se barajan varias fórmulas diferentes para lograr los objetivos que el prófugo que gana peso (en sentido figurado y real) en Waterloo considera innegociables para entregar sus siete votos a Sánchez.

En el texto figuran diferentes versiones -y nombres- para una amnistía que el Tribunal Constitucional, con mayoría y presidida por magistrados del Gobierno, pueda validar.

El mismo patrón, se sigue para un referéndum: sólo para Cataluña, pero en teoría no vinculante, para toda España etc y en penúltimo lugar, sugiere fórmulas imaginativas para acordar un pacto económico y fiscal para beneficiar, aún más, a la Generalidad.

 Para satisfacer las demandas de Puigdemont, Pedro Sánchez está dispuesto a descubrir la cuadratura del círculo.

Lo tiene complicado, pero está en ello. Eso, por no mencionar la exigencia definitiva: el arrepentimiento público de que fue un error la aplicación en 2017 del artículo 155 (la intervención de Cataluña cuando declaró por instantes la independencia y realizó el referéndum ilegal).

Todo cabe en la agenda de Sánchez que públicamente ha empezado por el final de la lista de peticiones.

El mismo que suscribió cuando estaba en la oposición el 155 y que amenazó desde la Presidencia en 2019 cuando estaba en campaña con volver a aplicarlo, ahora da marcha atrás. Sin memoria aparente Sánchez ha dicho, ahora, que no hay «nadie» que pueda sentirse «orgulloso [del 155]. Yo, no me siento orgulloso", añadió.

A Pedro Sánchez le han comparado con Pinocho por la cascada de falacias que acostumbra a verter, incluida la su trabajo plagiado de “cum fraude”, como lo califica un analista político, así que estas declaraciones tampoco escandalizaron demasiado.

Entre sus episodios nacionales de donde dije digo, ahora digo Diego y si tengo que volver a decir otra cosa lo hago, pero sin la gracias de Groucho Marx, resulta memorable cuando le preguntaron antes de las elecciones si iba a pactar con Bildu: “Con Bildu no vamos a pactar, si quiere se lo digo 5 veces o 20 durante la entrevista. Con Bildu no vamos a pactar”, repitió.

Bildu es su socio, una coalición vasca separatista que incluyó en las elecciones municipales a 44 etarras condenados, siete de ellos por asesinato. La pasada legislatura su máximo jefe, Arnaldo Otegi, también con experiencia en prisión, salió a burlarse de Sánchez cuando volvió a decir que no habían pactado. 

El presidente en funciones ha seguido negando las evidencias, pero nunca hasta ahora se había atrevido a hacer lo que ha hecho en esta, la última ronda de negociaciones para conseguir los votos que le faltan. Se ha retratado con Mertxe Aizpurua, la portavoz de Bildu en el Congreso condenada por apología del terrorismo.

Se hizo famosa en las páginas de EGIN, el diario oficial de ETA donde ponía nombre y apellidos a los periodistas de verdad que consideraba una amenaza para la banda armada.

Jamás Pedro Sánchez había permitido que pudiera existir esa fotografía. Lo más lejos a lo que había llegado era a mandar a la defenestrada Adriana Lastra a entrevistarse con los filo terroristas en 2019. Pero la necesidad tiene cara de hereje y Sánchez, creyente lo que se dice creyente, lo es sólo de sí mismo.

Con esta actitud, el presidente en funciones presumió de abrir las puertas de la conversación a todos los partidos… menos a uno: VOX. El gesto no es menor, la formación de las tres letras representa a la derecha dura y pesca apoyos de forma trasversal con una calero profundo entre los jóvenes.

Sánchez perdona los delitos de sangre de Bildu y los golpes del separatismo catalán a cambio de sus votos, pero encadena con un cordón de aislamiento a VOX. Insólito.

El líder del PSOE va por todas, quiere seguir de presidente y garantizarse otros cuatro años en La Moncloa.

En el más difícil todavía busca compromisos de sus aliados para sacar los presupuestos y las leyes que dejó pendientes, pero el separatismo de Esquerra Republicana, aunque a su favor, también aprieta. Gabriel Rufian, su portavoz, ha emulado la frase del cholo Simeone y se lo ha dicho de frente: “Vamos partido a partido”. Dicho de otro modo, que para la investidura sí, pero el resto se verá.

Según Sánchez cinco grupos parlamentarios le piden, aparte de los suyos, que se saque de la chistera de lo imposible una amnistía legal. Son los colegas de la alianza comunista de SUMAR, los de Esquerra Republicana, los de Bildu, el conservador PNV (Partido Nacionalista Vasco) y los de Junts.

Puigdemont sigue la jugada desde la distancia, pero ya le desprecia los interlocutores que le manda. Pretende escuchar todo de sus labios, verlo por escrito o en su defecto que lo diga su padrino político que, ironías de la historia, es José Luis Rodríguez Zapatero.

El partido o el pulso entre Sánchez y los otros empezó hace tiempo y tal como va promete terminar con una muerte súbita para él o para Puigdemont que difícilmente se verá en un escenario tan favorable como el actual. Eso explicaría el rostro contento de su portavoz, Miriam Nogueras, tras reunirse con Sánchez. 

En fin, que es cuestión de tiempo que el match point que llevará la bola de la investidura a uno u otro lado de la red del poder se ejecute, pero sí o sí, tiene que ser antes del 27 de noviembre.

 

 

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