24 de abril de 2026 10:36 hs

Por Constanza Mazzina (*)

La importancia geopolítica de Uruguay para China excede con creces su escala demográfica.

Hoy, el país se consolida como un activo estratégico fundamental en el Cono Sur. La reciente visita oficial de Yamandú Orsi a Beijing, en febrero de este año, no debe leerse como un evento aislado, sino el corolario de un acercamiento que tuvo un punto de inflexión durante la gestión de Luis Lacalle Pou.

Más noticias

Fue entonces cuando Uruguay desafió la inercia del Mercosur al buscar un Tratado de Libre Comercio (TLC) bilateral con China.

Para el régimen de Xi Jinping, esta continuidad entre administraciones de distinto signo político traduce una seguridad jurídica y una previsibilidad escasas en la región, posicionando a Uruguay como un socio confiable frente a la volatilidad institucional de sus vecinos.

Al proponer un esquema de integración flexible, Uruguay le ofrece a China un laboratorio político para testear modelos de asociación que buscan —a largo plazo— estandarizar las normas comerciales del bloque bajo una lógica funcional a los intereses asiáticos.

3PAIGYU6URO5PCX66VRWKPBEYY

Los modelos que siguen Brasil y Argentina

Mientras tanto, en Brasil, el avance chino ha dejado de ser meramente extractivo para volverse estructural. La relación ya no se agota en la compra de soja; Beijing controla hoy los nervios vitales de la infraestructura brasileña.

Empresas como State Grid hegemonizan la transmisión eléctrica, mientras gigantes como BYD convierten a Brasil en un polo de producción de vehículos eléctricos fuera de Asia. Esta "reindustrialización eléctrica" amarra la matriz productiva brasileña a un ecosistema digital y de gobernanza de datos diseñado y controlado desde Beijing.

En este complejo tablero, la Argentina de Javier Milei encarna una paradoja institucional. Pese a una retórica nítidamente alineada con las democracias liberales y Washington, la Casa Rosada gestiona un pragmatismo financiero ineludible.

La herencia de los swaps de monedas ha forzado un equilibrio precario: renovar créditos para sostener las reservas del Banco Central mientras, en paralelo, se intenta poner límites a proyectos estratégicos chinos —como la estación espacial o el control portuario— que comprometen la seguridad nacional.

Para China, Uruguay es también una pieza clave en la infraestructura logística y tecnológica vinculada a la Ruta de la Seda Polar. La modernización de los puertos uruguayos, con Montevideo a la cabeza, no solo agiliza la salida de materias primas, sino que proyecta a China hacia el Atlántico Sur y la Antártida.

Esta ubicación estratégica permite el despliegue de centros logísticos, estaciones satelitales y puntos de reabastecimiento para su flota científica y pesquera, consolidando una presencia permanente en zonas de alta sensibilidad geopolítica.

En el plano tecnológico, la profundización de acuerdos en inteligencia artificial y economía digital posiciona a Uruguay como un hub regional para las tecnológicas chinas.

Sin embargo, desde un análisis de calidad institucional, esta integración bajo estándares chinos acarrea riesgos de dependencia tecnológica. La debilidad de los marcos regulatorios sobre el uso de datos y la opacidad en las licitaciones digitales facilitan una influencia estructural de la potencia autocrática.

El riesgo no es solo el monitoreo de flujos estratégicos, sino la importación de modelos de gobernanza digital que colisionan con la privacidad y las libertades individuales propias de una democracia liberal.

En 1996, en su clásico "Problemas de la transición y consolidación democrática: Europa del Sur, América del Sur y la Europa poscomunista", Linz y Stepan señalaban que Uruguay era una democracia consolidada “propensa al riesgo” debido a factores históricos y culturas. Hoy agregaríamos que el estrechamiento de vínculos con una autocracia plantea, entonces, dilemas críticos para la salud democrática uruguaya.

La opacidad que suele rodear a los capitales estatales chinos tiende a erosionar la transparencia en la toma de decisiones públicas. Sin controles parlamentarios y sociales rigurosos, la interdependencia económica abre la puerta a la captura de élites, donde los intereses comerciales terminan por nublar la independencia política.

El avance de regímenes no democráticos sobre las instituciones liberales suele ser capilar: comienza en la necesidad financiera y deriva en la erosión de la autonomía exterior.

Para Uruguay, el desafío es mayúsculo: cómo integrarse a la dinámica global china sin permitir que la ausencia de controles sobre estas inversiones degrade su calidad republicana y su histórica independencia internacional.

(*) Constanza Mazzina es Doctora y Directora de la Licenciatura en Ciencias Políticas de UCEMA

Más noticias

Te puede interesar

Más noticias de Uruguay

Más noticias de Argentina

Más noticias de Estados Unidos