17 de mayo 2024
11 de abril 2024 - 8:43hs

La semana pasada se produjo la reaparición pública de Marcos Peña con motivo de la presentación de su libro “El arte de subir (y bajar) la montaña, cosas que aprendí sobre la dimensión humana del liderazgo” en el cual analiza su paso por la función pública y los años inmediatamente posteriores.

Las polémicas sobre Peña continúan hasta hoy porque en él se personificaron muchos de los motivos del fracaso del gobierno de Mauricio Macri.

Se acusó a ese gobierno, y particularmente al jefe de Gabinete hoy retirado de la política, por su política gradualista, timorata y que eludía los conflictos vinculados a la “batalla cultural”.

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Si bien Marcos Peña fue un personaje clave en esta cuestión, resulta exagerado colocar en él todo lo malo –o todo lo bueno– de la presidencia de Macri, pero esa es una de las formas que adquiere el debate político argentino actual.

Lo cierto es que ese gobierno todavía sigue sin ser analizado, seria y sistemáticamente, y aún se lo piensa en los términos que impuso la grieta, que divide casi todo entre buenos y malos inmutables.

Más que para culpar o exculpar, esta es una buena ocasión para revisar, utilizando como excusa esta reaparición pública, y así comenzar a revisar lo sucedido entre 2015 y 2019.

Los años del macrismo​

Quienes han estudiado la cuestión de “las derechas” en América Latina en general, y en Argentina en particular, lo han hecho pensándola como una anomalía, como algo que va contra el orden natural de las cosas.

El marco teórico sería: “Hay que estudiar la derecha para saber cómo erradicarla”.

En estos temas, cientistas sociales y militantes confunden sus fronteras con asiduidad.

El sociólogo Pablo Semán tituló su reciente libro sobre el tema “Está entre nosotros”. En pocas palabras, los que no son de izquierda son fantasmas o extraterrestres.

Discutir el gobierno de Macri con algo de seriedad y método es necesario, no solamente por todo lo que pasó, sino también porque está muy vinculado con este presente que vivimos.

Pero, además, aunque para las pasiones argentinas parezca que fue ayer, en pocos meses se cumplirá una década de su asunción presidencial.

¡Diez años! (y diecisiete de su llegada al gobierno de la Ciudad de Buenos Aires). El tiempo es veloz.

Peña, junto a Jaime Durán Barba, Horacio Rodríguez Larreta y algunos otros liderados por Macri, crearon el PRO porque entendieron que había una ventana de oportunidad, producto de un vacío a la hora de pensar la realidad social del país, pero también en el lenguaje, la representación y la estética.

Todo eso era hegemonizado entonces por el kirchnerismo y su famoso relato, que fue transversal a todo la vida política, social y cultural.

En aquel momento, el PRO representó una novedad, producto también de esa crisis general abierta en 2001; y vino a refrescar y a actualizar el sistema de partidos.

Pero, con paso del tiempo y sobre todo al llegar 2015, las cosas habían cambiado otra vez.

Los autores intelectuales del éxito del PRO, la mesa de los políticos antes mencionados, paradójicamente, fueron también sus víctimas al llegar a la Casa Rosada.

Ellos se aferraron a la estrategia que les dio resultado en la CABA, evitando igualar la intensidad política para enfrentar al kirchnerismo del “vamos por todo” y posteriormente, eso se tradujo en la amplitud discursiva para ganar la elección de 2015.

El PRO se había recibido de partido catch all.

Pero una vez en el gobierno, ese camino se fue separando de la percepción de la mayoría de los argentinos y, en particular, de gran parte de su electorado.

Las ideas incombustibles que traían Peña y Duran Barba, el “optimismo bobo”, chocaban con una realidad rebelde que se resistía a esa forma de verla.

El PRO ofrecía distensión y la realidad, polarización. Rodríguez Larreta y Durán Barba persistirían en esa estrategia y así sufrieron otra derrota en las PASO de 2023.

El nivel de disociación fue tal, que, hasta el mismo día de la elección de 2019, los dirigentes del PRO estaban convencidos de que Macri ganaría las PASO y que María Eugenia Vidal obtendría fácilmente la reelección.

El PRO perdió esas elecciones por más de 14 puntos. Rodríguez Larreta persistió en el optimismo sin base real y,nuevamente, se enteró de la derrota el mismo día de las elecciones en las PASO de 2023.

¿Por qué la dirigencia del PRO no tuvo un buen diagnóstico a la hora de empezar su gestión nacional?

Una de las tantas explicaciones posibles es que los años de mayor vitalidad de la mesa política de los fundadores del PRO fueron también los años en que el partido de Macri firmó su entrada a “la casta”.

Armar un partido, ganar elecciones, defender los cargos, mantener el status quo.

La “normalización” del PRO en el sistema partidario le fue restando apoyos que con el tiempo comenzaron a acercarse al discurso libertario.

Si bien su cara pública, y posiblemente uno de sus máximos exponentes fue Peña, esa responsabilidad también atañe a muchos otros dirigentes.

Se puede sumar a Gabriela Michetti, María Eugenia Vidal, Rogelio Frigerio y Federico Sturzenegger, entre otros.

De algún modo, “Marquitos”, como se lo llamaba un tanto despectivamente, fue el chivo expiatorio para sus propios electores, el escudo protector para no cargar a Macri con el fracaso de un gobierno que había creado grandes ilusiones y que se fue sin concretarlas.

No solo Peña y los dirigentes de JxC tenían un mal diagnóstico de la situación.

Eso se vio, sobre todo, en la oposición política de entonces, así como los representantes corporativos, la prensa progresista y el mundo académico y cultural.

Todos ellos vieron en Macri una especie de Milei1.0.

Le atribuyeron al ex presidente de Boca Juniors casi las mismas características del libertario y aplicaron aún más virulencia en su rechazo.

Como en la fábula del pastorcito y el lobo. Ahora Milei viene por ellos, pero ya es tarde.

En ese pésimo diagnóstico, “la casta” y sus sectores más lúcidos perdieron la última oportunidad de reformarse desde dentro, de generar un cambio en el Estado de forma consensuada y que tuviera en cuenta los costos sociales inmediatos, el discurso y la estética hegemónica que aglutina a gran parte de la dirigencia y las corporaciones.

Tanto buscar referentes en el pasado y nadie se acordó de otro Peña, Roque Sáenz Peña, que cambio el sistema desde dentro con la ley hasta hoy inmortalizada con su apellido.

Si Mahoma no va a la montaña

Volviendo a Peña y su libro, todo el relato adquiere un anacrónico y calculado tono new age.

Paradójicamente, sus varios entrevistadores prefirieron eludir las preguntas puntuales sobre temas concretos y espinosos.

Peña prefiere ahora dedicarse a otros liderazgos, con más glamour y finales felices.

¿Quién puede culparlo por eso? Es sabido que en Argentina no hay finales felices y que hay que estar medio loco para volcarse full life a la carrera política y la administración del Estado.

Lo que Peña no termina de admitir es que su malestar también proviene de haberse convertido en el más fino jugador de un juego que él deseaba cambiar y que aún desprecia.

Durante su gestión en el gobierno, además de administrar el statu quo en forma conservadora, mostró una tendencia a castigar a quienes disentían con él y colocar amigos para cerrar el paso de otros dirigentes más capacitados, pero no tan obedientes.

En definitiva, fue productor y beneficiario de una gran centralización del poder, cultivando un estilo arrogante, propio de quien se siente empoderado por conocer la verdadera naturaleza de los hechos.

Y todo eso para, “al final del día”, no haber conseguido sus objetivos.

Como un observador posmoderno, Peña prefiere olvidar las circunstancias reales que conforman la vida pública y quitarles peso a las restricciones del contexto.

La política argentina es lucha en el barro y los zapatitos blancos siempre terminan manchados.

Por eso, prefiere abstraerse y centrar sus preocupaciones en el individuo y sus emociones.

¿Cómo hacer para que las personas que manejan poder se protejan de la realidad? ¿Cómo interactuar con la realidad sin contagiarse y sin cambiar uno mismo? ¿Cómo evitar los costos personales de implementar políticas de Estado, que requieren actos desagradables como despedir personas?

El libro es una especie de manual de autoayuda para líderes que quieran ocupar lugares como en los que el autor estuvo, para que puedan aislarse de la realidad y protegerse de ella.

Sin embargo, esta realidad sigue siendo –con todo su dolor y crudeza– la montaña que Marcos Peña no puede subir. No es el único.

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