La aparición de los cooling breaks y un entretiempo de casi media hora no son un cambio menor. El fútbol, tradicionalmente organizado, tiene dos tiempos de 45 minutos y un breve descanso entre ambos. Ahora quedó dividido en cuatro tramos similares a los "cuartos" de otros deportes.
La premisa implícita parece ser que el público ya no tolera largos períodos continuos de atención y necesita interrupciones frecuentes, entretenimiento permanente y cambios de ritmo para mantenerse frente a la pantalla. Y de paso, se puede vender más publicidad.
A eso se suman la tecnología que define el offside hasta por la uña de un pie, las restricciones a quienes se tapan la boca para hablar y el castigo creciente al juego físico. Los árbitros dejan de interpretar el juego para obedecer a una tecnología que ni siquiera está en el campo de juego.
El resultado puede ser un fútbol más estandarizado, con menos espacio para el error humano, la picardía y esa cuota de incertidumbre que siempre formó parte de su atractivo. Tal vez eso lo haga un espectáculo todavía más masivo, pero también en uno más parecido a cualquier otro.
La homogeneización del fútbol quedó expuesta en el show del entretiempo y en una estética multicultural, a mitad de camino entre la publicidad de Benetton en los años noventa y el nuevo Walt Disney, una sensibilidad cercana al universo onegeísta y woke del poder.
A diferencia de la NBA, cuyas reglas difieren de las del resto de las ligas, el Mundial todavía conserva un reglamento común. Lo que sí cambia es la manera de jugar y de organizarlo. El fútbol que se practica en Sudamérica sigue siendo muy distinto del que predomina en el norte.
Dinámica de lo impensado
Fuera de los mundiales, el fútbol está lejos de ser una estética homogénea o un espectáculo que se valore únicamente por su calidad intrínseca. La gente sigue a un club por tradiciones familiares, identidades barriales, pertenencias geográficas, rivalidades históricas o sentimientos nacionales.
En Sudamérica, además, el fútbol ocupa un lugar singular en el imaginario colectivo: procesa conflictos que la política, la economía o la historia dejaron abiertos y ofrece relatos de revancha, ascenso social y reconocimiento que trascienden largamente el resultado de un partido.
Para los jugadores también es diferente. Ellos se juegan salir de la pobreza, acceder a la notoriedad, hacer la América otra vez. El fútbol excede los partidos de la primera categoría. Desde la niñez, en barrios privados o populares, por placer o por dinero, es parte de un vínculo social.
Los políticos buscan dirigir clubes para ganar prestigio o dinero; empresarios y exfutbolistas también; los narcos los toman como parte de sus negocios; los periodistas deportivos e influencers ligados al fútbol son también protagonistas, lo mismo que los líderes de las barras o ultras.
En el fútbol latinoamericano, la intervención del poder es un tema ya amortizado. La designación viciada de los árbitros, sus decisiones polémicas y el cambio de las reglas escritas se asumen como parte del juego. La trampa y el engaño son parte constitutiva del juego.
La Mano de Dios fue el caso más paradigmático. La Copa Libertadores es un espacio donde vale todo: jugar en 3200 metros de altura, el árbitro localista y la ley del más fuerte sin castigo. El final con tangana es un clásico.
Por eso, la tendencia hacia un fútbol cada vez más previsible y estandarizado encuentra en Sudamérica una resistencia natural. Pero también dificultades para adaptarse. Brasil representa el lado luminoso de la tradición: jogo bonito y multiculturalismo. Pero sin buenos resultados.
Paraguay y Uruguay están ligados al viejo fútbol que la FIFA desea reconvertir, sea la garra charrúa o la guaraní. Colombia y Ecuador navegan mucho más en los márgenes. Aunque alguno de ellos haga un buen Mundial, no tienen ningún impacto en el desarrollo del deporte global.
Argentina ocupa un lugar diferente. Comparte muchos rasgos de sus vecinos, pero logró transformar esa identidad en éxito global. Esa combinación entre adaptación y resistencia la convierte en el caso más incómodo para el nuevo modelo de fútbol.
Argentina: duros, sucios y malos
Desde 1978 Argentina disputó seis finales del Mundial, ganó tres, tuvo a Maradona y a Messi y exportó futbolistas a los principales clubes del planeta. Produce jugadores extraordinarios sin convertirlos por completo al nuevo modelo cultural que rodea al fútbol actual.
Ni siquiera la integración plena al gran negocio global modificó del todo su manera de entender el juego. El mainstream se encuentra así con una paradoja: los argentinos ya no son los que eran en tanto el viejo fútbol sudamericano, pero tampoco son los que esperaban que fueran.
Enzo Fernández fue expulsado por una falta innecesaria. Pero antes había sido suspendido por hablar de más en un reportaje. Y antes generó un conflicto diplomático entre Argentina y Francia por una celebración futbolera convertida en otro episodio del ritual global de indignación.
Que viva en Inglaterra, sea capitán del Chelsea campeón del Mundial de Clubes y uno de los futbolistas más exitosos de su generación no parece haber alterado demasiado su forma de vivir el fútbol. Y ni siquiera se trata de un jugador especialmente conflictivo.
Maradona fue disruptivo en otra etapa. Cuestionó a la dirigencia, quiso compartir beneficios y romper reglas. Su locuacidad expuso a una organización que hacía del secreto una forma de ejercer el poder. También desbarrancó. Pero hasta sus excesos formaron parte de esa figura.
Messi es disruptivo desde otro lugar. Blanco, católico, heterosexual y ajeno a la necesidad de convertir cada premio o cada micrófono en una tribuna para arengar sobre causas políticamente correctas, tampoco frecuenta espacios donde las élites culturales validan sus consensos.
Argentina da la nota. Es el Mundial 78 y la Mano de Dios en el 86. El penal polémico en la final del 90 para que gane la Alemania unificada y la expulsión de Maradona por doping en el 94. Es el referí que expulsa a Zidane en la final de 2006 contra Italia.
Argentina llega a la final en el Mundial que organiza su principal rival regional, Brasil, en 2014; vence a los europeos en Qatar 2022; y con los restos de una generación extraordinaria se planta ante una España candidata y representante del nuevo fútbol prolijo, previsible e inclusivo.
Su entrenador, Lionel Scaloni, define la identidad del equipo con una frase: "Son indios", expresión cargada de una épica poco domesticada, que choca con el imaginario del nuevo fútbol global, donde la diversidad aparece bajo una estética de parque temático.
Fuera de la cancha, Argentina también conserva una lógica propia: sus hinchas viajan por miles, desafían controles, llevan banderas prohibidas y buscan ingresar sin entradas. Argentina acepta las reglas del fútbol global, pero nunca termina de comportarse como ese fútbol global espera.
Aquello que se buscaba ordenar y domesticar no desapareció. Y Argentina tiene buena parte de la culpa: aceptó las reglas del sistema, aprendió a jugar en su terreno y aun así conservó aquello que el modelo intentaba diluir.
De ahí la incomodidad, y también la furia, de una parte del mundo del fútbol.
Sobre todo, Argentina, sin planificarlo, presenta una alternativa estética a este fútbol en expansión, disputa el sentido hegemónico del gusto por un deporte que sigue siendo pasión de multitudes.