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El memorándum de entendimiento duró lo que un suspiro.

Donald Trump acusó a los iraníes de romperlo tres semanas después de firmarlo con la pompa de Versalles de fondo. Razones no le faltan, pero tampoco puede decirse que fuera inesperado.

Parafraseando a Jorge Luis Borges, los iraníes no son buenos ni malos, son incorregibles; nada de lo que firmen será cumplido. La lucha por el poder y la radicalización en las cúpulas impiden que cualquier compromiso se sostenga más que semanas, pero no es solo un tema de internas.

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Para Teherán, la guerra y el acuerdo son considerados una derrota de Trump. Lograron que les quitaran las sanciones económicas y recuperaron fondos bloqueados; sobre todo, tomaron conciencia de que, incluso en su debilidad militar, poseen una capacidad de daño inmensa.

Con poco esfuerzo, bloqueando o simplemente amenazando el paso en el estrecho de Ormuz, disparan el precio del petróleo y los seguros. A la vez, el enfrentamiento dejó en evidencia la fragilidad defensiva de las teocracias árabes, en especial de su archirrival, Arabia Saudita.

Esta lógica contagia a sus aliados, como los hutíes en Yemen, que ven en el cobro de peajes en el mar Rojo una atractiva vía de financiamiento; pero esta idea ya seduce incluso a países como Indonesia y Malasia, que aprovechan su posición en el estratégico estrecho de Malaca.

Los iraníes no se sienten débiles; al contrario, eligieron el mismísimo 4 de julio para iniciar el funeral de Alí Jameneí. Mientras Estados Unidos celebraba su independencia, la Guardia Revolucionaria ponía en marcha públicamente el proceso de recomposición política del régimen.

La escalada ha llegado al punto de que la inteligencia estadounidense ha detectado planes de células operativas iraníes para atentar contra Trump como venganza por los ataques realizados en el país persa. Posiblemente, eso fue la gota que colmó la paciencia del republicano.

Nadie medianamente informado podía suponer que Irán entregaría su plan nuclear o dejaría de financiar a sus aliados. Incluso el mismo presidente norteamericano debía saberlo, y por eso llenó el acuerdo de concesiones que no se iban a cumplir.

Trump firmó simplemente porque necesitaba tiempo para dedicarse a otra cosa. Así aprovechó esas semanas de precaria tregua para pasar de pantalla y volcarse de lleno en la política interna estadounidense.

Las elecciones están cada vez más cerca.

¿Y por casa cómo andamos?

El momento coincidió con los festejos por los 250 años de la independencia. Un evento de gran importancia, más aún tratándose de una fecha redonda y en medio de una fuerte disputa por la discusión y renovación de los proyectos que los padres fundadores pensaron para el país.

Trump se ha encontrado con un fenómeno social imprevisto: el auge de la selección nacional de fútbol en medio del Mundial del que son organizadores. En un país donde este deporte carecía de tradición, la Selección de EEUU logró representar los cambios sociales profundos que vive la nación.

Por su composición, que refleja la diversidad de identidades migrantes y la realidad contemporánea de Estados Unidos, el equipo transmitió una idea de unidad que el país no experimentaba hace mucho tiempo.

Fue un breve -y ficticio- remanso en la grieta política.

Trump buscó aprovechar ese fervor y ganó protagonismo presionando a la FIFA para quitarla tarjeta roja a una de sus estrellas. Lo logró. Pero el fútbol, al igual que los iraníes, no se ajusta a la razón ni a los deseos y la Selección estadounidense terminó eliminada del torneo pocos días después.

El presidente estadounidense también aprovechó estas semanas para profundizar su disputa con el Deep State, protagonizando una serie de enfrentamientos en la Corte Suprema por el control de agencias federales, entre las que destacan la Comisión Federal de Comercio y la Reserva Federal.

Si bien estas eran las disputas más importantes debido a sus resultados inmediatos, la pelea que más le interesaba a Trump era la modificación de la ley de inmigración. Para los republicanos, la ciudadanía solo debía concederse por la sangre y no por haber nacido dentro de las fronteras.

Pero el combate real no era por el fondo de la cuestión ni por el resultado legal. Lo que Trump buscaba al reformar la ley de inmigración era claramente inviable, como el acuerdo con Irán, por lo que la Corte Suprema terminó bloqueando su iniciativa migratoria.

Sin embargo, el movimiento le permitió volver a situar la cuestión en el centro de la discusión pública, reactivando un tema de alta sensibilidad para el electorado que lo llevó a la victoria. La política nunca es blanco o negro para Trump, aunque eso parezca en sus palabras y modos.

En medio del escenario prelectoral se destaca el avance de la izquierda dura dentro de las primarias demócratas. Sobre todo, los Democratic Socialists of America, donde militan figuras como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, y la congresista Alexandria Ocasio-Cortéz.

El crecimiento de una suerte de chavismo o Podemos en Estados Unidos puede tener consecuencias impredecibles. De hecho, los demócratas moderados ya reflotaron la candidatura presidencial de Kamala Harris como dique frente a la presión que llega desde la izquierda.

Son buenas noticias para los republicanos, que, si no pueden ganar por sí mismos las próximas midterms, al menos esperan una ayuda de sus eternos rivales eligiendo candidatos demasiado radicales para el votante medio.

Las tensiones entre España y Estados Unidos se reavivaron esta semana en Ankara, durante la cumbre de la OTAN.

Qué será de ti lejos de casa

Trump sabe que su peso fronteras afuera depende de cómo logre acomodar las piezas en su país.

Pero, ante la caída en las encuestas y el descontento de sus propios votantes, también entiende que el liderazgo internacional y los conflictos pueden ayudar a mejorar su posición nacional.

Ya sin el Mundial y con el precio del petróleo que se mantendrá bajo por un tiempo, Trump retomó su agenda en la cumbre de la OTAN. Lo sucedido en Ankara parecía trazar el panorama futuro: apenas aterrizó, Trump comenzó a polemizar con sus socios europeos.

A la tradicional provocación a la lideresa italiana, Giorgia Meloni, le sumó la expresión pública de su desazón por la actitud que mostraron los aliados durante la guerra con Irán e insistió en el asunto de Groenlandia.

En este clima de hostilidad, tuvo tiempo para cuestionar la política de defensa de España.

También criticó duramente a Pedro Sánchez, anunciando, en un arranque de furia, el fin del comercio bilateral. Sin embargo, la reunión terminó recorriendo otros caminos. Tras la presión inicial, el ambiente viró hacia una sintonía sorprendente.

Se vio una OTAN que volvió a transitar senderos comunes. Como señaló su secretario general, Mark Rutte, la alianza se ha fortalecido gracias a la mayor inversión en defensa de sus miembros, agregando que eso debían agradecérselo a Trump. Música para el oído presidencial.

Fue en este marco de distensión donde Trump, en un giro típico de su estilo, terminó elogiando a España por su renovado compromiso militar, dejando a Sánchez y al resto de los líderes descolocados por la ambivalencia.

Este resultado en la OTAN confirma la vigencia de un estilo que fraguó su trayectoria vital desde los orígenes. En cada escenario, Trump juega varias partidas en simultáneo. Apuesta fuerte en todas, pero no para cerrar el juego, sino para dictar los términos de la siguiente movida.

El gran negociador sabe que, en política, lo más importante es permanecer en el centro del tablero.

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