30 de enero 2026 - 12:14hs

La semana pasada nos sorprendió con noticias que evocan las purgas y la inestabilidad de los liderazgos comunistas de la época de la Unión Soviética. Al igual que el año pasado, el epicentro fue la cúpula del ejército chino.

Se trata de la purga más importante desde la década de los 70, al afectar, entre otros, al virtual número dos del poder militar chino, Zhang Youxia. Más allá de sus altos cargos, Zhang mantenía un vínculo de estrecha cercanía personal y hasta familiar con Xi Jinping.

Ante la magnitud del movimiento, el gobierno chino se vio obligado a dar explicaciones más detalladas. Apeló a argumentos recurrentes, como la lucha contra la corrupción, pero sumó un componente más inquietante: la supuesta deslealtad del purgado.

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Los medios occidentales han difundido profusamente versiones que vinculan esta caída no solo con la ruptura de la confianza personal con Xi, sino también con presuntos negociados en la venta de armamento e incluso la filtración de secretos nucleares a Estados Unidos.

En China, el Partido Comunista es el corazón del sistema; por ello, las Fuerzas Armadas responden al Partido y no al Estado. Esto difiere radicalmente del modelo occidental -donde los militares juran lealtad a la Constitución o a la Nación- y le otorga a Xi una autoridad sobre las tropas que es directa y personal.

¿Volver a Mao? El dilema del orden interno y la gobernabilidad

El Estado chino es una estructura opaca donde la información no se encuentra en portales oficiales y la disponible no es demasiado creíble. Esta opacidad se acentúa por una creciente centralización del poder que comenzó incluso antes de que Xi tomara el mando en 2012.

La consolidación de este poder se ratificó en 2023, cuando Xi fue reelecto por tercera vez. Este proceso ha sido calificado como un 'regreso a Mao', un eufemismo para describir la captura total del poder por parte de Xi, que ninguna de sus predecesores logró desde Mao.

Sin embargo, esa vuelta atrás también resucita los problemas que el liderazgo maoísta legó a su país. Tras la muerte de Mao, el Partido Comunista Chino enfrentó un dilema sobre qué hacer con la figura del fallecido líder.

Mao fracasó en el 'Gran Salto Adelante' que intentó forzar la productividad agraria e industrial -provocando decenas de millones de muertes- y lideró una traumática Revolución Cultural que liquidó burocracias estatales por fervor juvenil e inexperiencia.

Aunque recompuso la relación con EE. UU. y recuperó la representación única de China frente a Taiwán, la pobreza era inmensa y la capacidad institucional del Estado para administrar el país era casi inexistente.

Todo cambió cuando Deng Xiaoping tomó el poder e inició la reforma capitalista. Deng, con pragmatismo, decidió mantener la formalidad del relato estatal, pero cambió radicalmente las políticas internas.

En el ámbito político se crearon instituciones, formales e informales, para evitar el resurgimiento de un poder absoluto: límites de edad para las carreras de los funcionarios y restricciones a la reelección en los cargos más altos. Xi Jinping demolió cada una de ellas.

Quizás el cambio más profundo se observa en el tratamiento de las disidencias. Aunque China es un sistema que no admite oposición, el Partido Comunista -con casi 100 millones de afiliados- ha albergado históricamente múltiples tendencias internas.

Estas corrientes convivían y estaban representadas en los tres grandes espacios de poder: la Comisión Militar Central, el Buró Político y el Consejo de Estado, lo que le daba al sistema alguna forma de procesar conflictos, ambiciones y diferencias diversas.

Al romperse estos equilibrios, una organización tradicionalmente facciosa encuentra su única vía de disidencia en el secretismo y la conspiración. Así, surgen las sospechas, las teorías conspirativas, crece la paranoia y, finalmente, aparecen las purgas.

Cuando la lealtad personal se convierte en la única vía de ascenso político, la capacidad y el mérito pasan a un segundo plano. La delación y la acusación de "deslealtad" se transforman entonces en herramientas de la lucha interna.

Taiwán, la purga y el factor militar

De los siete miembros de la Comisión Militar Central, solo quedarían activos dos, uno de ellos el propio Xi, y el otro el ejecutor de sus purgas. Se especula que Xi buscará colocar allí a tecnócratas sin intereses políticos propios. Pero en un ejército dependiente del Partido, parece imposible evitar el "cursus honorum" comunista.

Esto cobra relevancia ante la pública ambición de Xi de recuperar Taiwán a corto plazo, el legado que pretende dejar para la Historia. Por eso, descabezar al ejército en un momento clave resulta tan contradictorio como una alerta sobre sus verdaderas capacidades.

Según el profesor de política asiática Max Povse, Xi se está jugando no solo legado, sino su permanencia en el poder con su apuesta por conquistar Taiwán. Pero, en la medida en que la economía para los chinos continúa empeorando, el horizonte para una hazaña militar que consiga recuperar el apoyo popular se acerca peligrosamente.

China corre el riesgo de enfrentarse a una realidad que la propaganda no puede ocultar: un ejército purgado y sin fogueo es una maquinaria formidable en los desfiles, pero una incógnita absoluta en el barro de la guerra.

Si bien Taiwán no parece un rival militar de la magnitud de China, tampoco lo eran los ucranianos frente a los rusos, y el conflicto sigue vigente y, sobre todo, internacionalizado.

Xi Jinping dio un paso más hacia la concentración total del poder, regresando a las sombras del pasado de las que China se vanagloriaba de haber salido. En última instancia, la historia sugiere que el poder absoluto es tan imponente como frágil.

Al desmantelar los contrapesos internos, Xi Jinping ha logrado blindar su autoridad absoluta; pero, al mismo tiempo, ha eliminado amortiguadores que podrían salvar al gigante asiático de un impacto frontal contra una realidad no deseada.

Pero lo que es malo para China no significa que sea necesariamente bueno para sus rivales. Dada la interdependencia del mundo actual, cualquier crisis en China terminará siendo un problema global.

Especialmente si el precio de la centralización del poder de Xi es una inestabilidad crónica en las fuerzas armadas.

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