4 de enero 2026 - 10:24hs

El chavismo se convirtió en un monstruo de mil tentáculos que ya excedía exclusivamente a los venezolanos.

Quienes invocan selectivamente el derecho internacional —solo para cuestionar la captura de Nicolás Maduro, pero nunca para denunciar sus crímenes ni el fraude electoral— han sido y son cómplices de los delitos allí cometidos.

Las acciones del régimen chavista hace tiempo dejaron de ser un tema amparado en la protección de la soberanía nacional. Es más, desde 1945 es imposible —y éticamente inaceptable—justificar crímenes contra la propia población de un país bajo ese argumento nacionalista.

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Pero hacia atrás queda la historia; hacia adelante, asoma lo más interesante, pero también lo más riesgoso.

¿Cuál será el destino inmediato de Venezuela? ¿Es posible imaginar una retirada total del chavismo en el corto plazo o estamos ante un exceso de optimismo?

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El Régimen de Accionistas y el día después

Las apuestas ya están abiertas: ¿se convertirán Maduro y su esposa en arrepentidos? Pronto sabremos si hablarán ante las autoridades judiciales norteamericanas con la misma locuacidad con la que solía hacerlo en su programa de TV.

A priori se puede anticipar que Maduro no es de los que transitan el camino del final con la altivez del pasado, y mucho menos con heroísmo y sentido sacrificial.

Por eso, si decide romper el silencio, lo que de allí emerja será de una magnitud tan sísmica como su propia detención (atención América Latina y España, puede haber novedades con gente muy conocida).

Su arresto y traslado a Nueva York es también un mensaje nítido para todo el sistema político chavista y, en especial, para sus referentes aún en libertad, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López.

Estados Unidos puede hacer lo que quiera, cuando quiera y donde quiera en Venezuela. Por eso, si deciden arrestarlos –o algo peor- también podría hacerlo.

Ese debería ser un poderoso estímulo para colaborar o, al menos, para deponer la arrogancia y someterse a una discusión sin condicionamientos sobre el futuro del país.

Esto es trascendente porque el sistema venezolano funciona como un «régimen de accionistas» donde la desaparición abrupta de uno de los socios principales no estaba contemplada en los planes de contingencia.

Eso podría generar una disputa interna feroz al punto que solo se resuelva aceptando las condiciones que imponga un nuevo accionista.

Además, con seguridad, veremos a otros grupos y militares con algún grado de poder desesperados por negociar su propio pellejo con Washington.

En ese contexto, no sería de extrañar que pronto aparezcan los nombres de quienes facilitaron, desde adentro, la caída de Maduro. ¿Vendrá por ahí el camino de la sucesión?

¿Es posible pensar en un cambio total en el gobierno de Venezuela?

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Maria Corina Machado y Edmundo González Urrutia

Maria Corina Machado y Edmundo González Urrutia

El destino de María Corina Machado

La fórmula ganadora posee toda la legitimidad de las urnas, pero carece del poder fáctico para ejercerla e imponerla.

La flamante premio Nobel, María Corina Machado —quien, cabe recordar, no es la presidente electa ni la vice— ni siquiera tiene garantizado el ingreso a Venezuela, menos su integridad física.

Tampoco el presidente electo en julio de 2024, Edmundo González Urrutia, hoy exiliado en Madrid.

¿Podría lograrse eso sin el apoyo físico de los soldados norteamericanos? Muy difícil.

Pero mucho más difícil que Trump acceda a hacerlo. Más aun después de escuchar las descarnadas palabras del norteamericano en la primera conferencia de prensa posterior al traslado de Maduro.

El presidente junto a su secretario de Estado, Marco Rubio, afirmó que María Corina Machado no tiene hoy el poder para gobernar, por sí sola, un Estado que oscila entre la mafia y lo fallido. Seguro que el nuevo accionista ya estuvo pensando en alguien más.

El panorama para la gobernabilidad futura dista mucho de ser alentador: implica el control de un territorio saturado de bandas armadas, negocios ilegales asociados al Estado y militares enriquecidos que saben perfectamente que no habrá un "Plan B" para ellos.

El desafío es inmenso. A esto se suman las expectativas sociales que podrían abrirse, pero difícilmente cumplirse en el corto plazo. Sin contar los millones de venezolanos en la pobreza, una posible pulsión social de vendetta y reparación, y el inevitable reclamo por abrir investigaciones sobre las violaciones a los derechos humanos.

Además, el reto logístico y político que supondría el regreso masivo de millones de exiliados.

El escenario no es solo de transición, es de reconstrucción sobre escombros y una destrucción total. Por eso, el riesgo real que enfrenta un cambio radical es una fragmentación violenta del poder y del país.

Esto abre una pregunta incómoda pero necesaria, sobre todo, luego de escuchar a Trump y a Marco Rubio: ¿vendrá la transición desde las entrañas del propio régimen?

No sería un caso inédito. Por eso, los ojos de analistas y diplomáticos se posaron sobre la vicepresidenta ejecutiva —y sucesora constitucional del malogrado Nicolás Maduro— Delcy Rodríguez.

Hoy habrá quienes duden o critiquen desde la comodidad intelectual y su afinidad ideológica con el tirano depuesto, o apelando a abstracciones que están lejos de rozar siquiera la realidad de la vida cotidiana. Pero estos no son días para ellos

Nicolás Maduro ya está en una cárcel de Nueva York. Donde sea y cómo sea, es una gran noticia.

Hoy, solo cabe el festejo. Mañana, será otro día.

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