8 de agosto de 2026 8:54 hs

Escribió su primer poema antes de empezar a leer poesía. Tenía 8 años. Ahí ocurrió el big bang autodidacta para Alejandro Roemmers. No recibió guía ni consejo literario alguno. Ni antes ni después asomarse al vértigo de la poesía.

Al contrario, su padre lo quería dentro de la empresa familiar. Alberto Werner Heinz Roemmers Wolter lo indujo a estudiar administración para que manejara una de las mayores farmacéuticas de la Argentina.

Alejandro acató. Desde los 25 a los 45 años, se dedicó full time a los Laboratorios Roemmers. Profesionalizó la compañía. Pero al seguir el mandato paterno, pagó un alto costo. Una de sus múltiples vidas estuvo teñida por la depresión y la melancolía. Pero siguió adelante. Su espiritualidad, por momentos sui generis, lo ayudó a salir del pantano.

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Coqueteó con la idea de ser monje, pero sus gustos y personalidad ya no encajaban en el corset del ascetismo. Entendió rápidamente que su tren de vida no se financiaría solo. Se interesó, sin embargo, por la cultura franciscana. Construyó una relación de afinidad con el despojado Papa argentino. Incluso recibió el Premio San Francesco por su labor filantrópica y espiritual. En 2016 estrenó Franciscus, una razón para vivir en el Teatro Broadway de Buenos Aires, un musical inspirado en la vida de San Francisco de Asís.

Su escritura self-made se volvió rabiosamente catártica. Pero a la vez adquirió valor artístico, al punto de que lo distinguieron con numerosos premios y reconocimientos. La historia de El regreso del Joven Príncipe está protagonizada por su alter ego. Publicado en 2008, el libro se convirtió en bestseller y fue traducido a más de 30 idiomas.

Para Roemmers, la poesía es un espacio donde intenta ser honesto sin buscar mayores efectos. En el camino de su periplo vital descubrió algo importante. Fue una moraleja que le dejó la soledad padecida durante el exilio en España, cuando él era un adolescente y perdió de un plumazo el contacto con sus amigos. Alejandro entendió que no existe una única forma de postal familiar. A los 68 años, se mueve por el mundo rodeado por sus amigos. Es su familia elegida, tal como la define desde su departamento en South Beach.

Hoy, mientras Roemmers repasa su biografía con El Observador USA, el grupo está instalado en Miami. Mañana, quién sabe.

Si bien se corrió del día a día de la poderosa farmacéutica, sigue integrando el board del holding junto a sus hermanos. "Superviso el grupo porque aprendí muy bien lo que hacemos", exlpica.

Sobre la política, tanto de Argentina, como de Estados Unidos y el resto del mundo, se muestra algo escéptico. Lamenta que el clima de época sea el imperio de la ley del más fuerte. Rechaza la cultura de la polarización y sospecha que la división social es un efecto buscado. Lo percibe como método de construcción política tanto como recurso del algoritmo.

Sin ser nacionalista, se siente "totalmente argentino". Pide buscar consensos y mayor estabilidad para su país de nacimiento. "Deberíamos lograr políticas comunes de largo plazo. Toda esa falta de confianza y de previsibilidad es lo que nos hizo mal. No creer solamente en gente carismática y soluciones mágicas", desea en un largo diálogo con este medio.

En 2025, Roemmers presentó El misterio del último Stradivarius, una novela que combina suspenso, arte e historia y cuyo prólogo fue escrito por Mario Vargas Llosa. El autor argentino y el Premio Nobel peruano, fallecido el año pasado, se volvieron muy amigos.

Roemmers con Vargas Llosa

Roemmers con Vargas Llosa

Roemmers acaba de presentar Todo lo inolvidable, su nuevo libro de poemas. Se trata de una antología de sonetos y textos de verso libre. La selección recorre su obra desde los primeros pasos cuando empezó, a tientas, la aventura de escribir.

¿Cómo fue la decisión familiar de irse a vivir a España cuando usted era adolescente?

Yo nací y viví en Buenos Aires hasta los 15 años. Estudié en el Colegio Alemán de Martínez. Hice los tres primeros años del secundario en el Colegio de San Juan el Precursor, de San Isidro, hasta que fue el lío de la guerrilla en Argentina. Terrible.

¿Sufrieron alguna amenaza de las organizaciones guerrilleras?

Secuestraron a algunos en mi curso. Mi papá, por las dudas, decide que nos vayamos. Por seguridad. Nos fuimos a vivir a Madrid. Terminé el bachillerato en el Colegio Los Rosales, que es donde estudió el actual rey. Empecé la universidad en el Instituto Luis Vives, dependiente de la Universidad Autónoma de Madrid. Ahí tuve el primer reconocimiento de poesía.

El poeta

¿Cómo fue la historia de ese primer premio que recibió?

Vi que en la universidad había un concurso de poesía. Era para todas las carreras. Yo estaba en primer año de administración de empresas. Tenía 19 años. Pero ahí estaban los de letras. Agarré poemas que tenía escritos y les puse un título bien amplio: Pensamientos, recuerdos y paisajes. Firmé con un seudónimo. Gané el segundo premio de toda la universidad. Y encima había una dotación económica, que para mí en esa época era bastante plata. Fue el primer reconocimiento en un lugar donde nadie me conocía. Fue muy lindo.

¿De dónde nació su sensibilidad poética?

De ningún lado, de adentro. Mi mamá fue profesora de bellas artes y era muy buena pianista, pero no tenía relación con la poesía. Escribí mi primer poema en la escuela a los 8 años. Siempre fui muy autodidacta; no estuve en un taller literario y jamás estudié con alguien. Es más, empecé a leer poesía mucho después de haber comenzado a escribir.

¿Cuándo empezó a leer poesía?

A mi abuela le gustaba la poesía. Ella me recortaba textos porque tenía un amigo de la Marina al que le gustaba. Eran muy amigos de Benito Quinquela Martín, quien era amigo de poetas. Entonces mi abuela cada tanto me daba recortes del diario de algún poema. Así yo iba leyendo poemas sueltos de distintos autores.

¿De su madre heredó la sensibilidad artística?

Sí, a mí me encantaba Chopin de chico. Mamá nos puso una profesora de piano y aprendí a tocar. Después, cuando fuimos a España, no teníamos piano, así que dejé. Muchos años después agarré de nuevo. La sensibilidad viene por mi mamá, por la pintura y la música. De hecho, colaboré en dos obras teatrales musicales que hicimos, Franciscus y Regreso en Patagonia. Hay temas míos. Yo tengo músicas en la cabeza, no las puedo escribir porque no soy músico.

La poesía tiene un componente musical muy fuerte.

Sí, sí, tiene música. Es música con palabras. Por ejemplo, el Ave María que está en Franciscus salió de mi cabeza, un músico la fue poniendo en notas. Había un sonido que yo tenía en mi cabeza y él no podía encontrar. Al final lo encontró porque sí existía y lo puso en el Ave María, que se canta en castellano en vez de latín, para cantar como rezamos nosotros.

La poesía requiere cierta introspección solitaria. ¿Cómo desarrolló esa faceta en su personalidad?

Sí, ya de chico tuve vida interior, pero resurgió con fuerza cuando nos fuimos a vivir a España. Me quedé sin todo mi grupo de amigos. Fue un cambio muy grande de golpe. No había celulares para estar en contacto y a muchos amigos los reencontré 40 años después. La poesía fue la gran compañera.

¿Cómo tomó esa decisión de publicar su primer libro de poemas?

El primer libro son poemas escritos entre los 14 y los 18 años. Lo presenté al volver a la Argentina en la Universidad Católica y por presión de mi mamá. Yo no tenía contactos en el medio literario. Me agarró hepatitis y ella me dijo 'de todos esos papelitos que tenés en el cajón, elegí algunos y publicá un libro'. Me dijo que había una editorial para autores sin experiencia que se llamaba Botella al Mar. Averigüé, fui y dejé lo que tenía escrito. Yo no quería, escribía sólo para mí.

¿Por qué no estudió literatura?

Fue una decisión difícil. Yo destacaba en ciencias y matemáticas. Mi familia, mi padre y abuelos, tenía mucha esperanza de que me dedicara a la empresa. Yo tenía ganas de escribir o dedicarme a algo espiritual. Incluso me había cuestionado ser monje en un momento.

¿Analizó seriamente la posibilidad de ser monje?

Sí, sí, lo pensé. Pero me di cuenta que me gusta disfrutar la vida y no encerrarme. Muchos años después, fui con mi papá de excursión al monte Atos. Paramos en un monasterio. Ahí un monje joven me confesó que hacía diez años que no hablaba con alguien. Le aclaré que sólo estaba de visita. Él me invitó a quedarme. Entonces le pregunté si se bañaba habitualmente en el Mar Egeo, que estaba enfrente. Me dijo que no. A mi sí, me encanta nadar y esquiar, y no hay nada malo. Dios hizo este mundo maravilloso también para que lo disfrutemos. Me siento una persona espiritual y meditativa. Vivo desde el corazón y el amor, pero no estaría encerrado.

¿Se puede ser espiritual en cualquier contexto?

Es difícil. Osho, que me gusta porque cuestiona todo, dice que la gente identifica lo espiritual con lo ascético, y no necesariamente tienen que ir de la mano. Dice que se puede ser espiritual en medio del bullicio de Nueva York. Ser buena persona y estar en paz en un monasterio retirado en el Himalaya a lo mejor no es tan difícil. Hay que tener la misma paz interior en el bullicio de Miami.

El empresario

¿Qué se dijo a sí mismo cuando decidió estudiar administración de empresas en la Universidad Católica Argentina?

Hice una especie de acuerdo interior. Dije: 'Me dedico 20 años full al negocio, de los 25 a los 45 años colaboro con la familia, devuelvo todo lo que se me dio y aprendo también a ganarme la vida'. Porque mi papá fue muy claro. Me dijo: 'Vos estudiá lo que quieras, sos libre, pero yo no te voy a mantener toda la vida'.

¿Qué le respondió a su papá ante esa advertencia?

Le respondí: 'Claro, tenés razón'. Además me dijo: 'Te mantuve un montón de años, te di una educación, viajaste, te gusta vivir muy bien, bueno, fíjate cómo vas a pagarlo, porque yo no lo voy a hacer'. Tenía un punto ahí. Entonces me gané el derecho a tener mi dinero y vivir bien.

¿Cuál es su relación actual con los laboratorios Roemmers?

Estoy con mis hermanos en el board del holding y sigo supervisando el grupo empresario porque aprendí muy bien lo que hacemos. Pero no soy una persona que esté buscando oportunidades de negocio. No me interesa, me gusta ayudar a la gente.

¿Le salió bien la promesa de dedicarse full a la compañía de los 25 a los 45 años?

Viéndolo ahora, sí. Pero me pude haber muerto en el intento. Fue una época en la que estuve muy melancólico y depresivo. No estaba viviendo la vida que yo quería.

¿Cuál fue la marca que dejó en la empresa familiar?

Si bien no era lo que más me entusiasmaba en la vida, encontré que la empresa finalmente es un grupo de personas. Entonces hice mucho a nivel humano: seminarios de desarrollo personal, exposiciones de fotos de la gente que trabajaba, eventos y celebraciones para las familias y en los barrios de las compañías. En Brasil montamos un lugar de arte para los chicos de las favelas. En Bariloche hicimos campañas por el medio ambiente hace 30 años. Ya sentía algo franciscano sobre cuidar la vida.

¿Usted fue el responsable de cambiar el lema de la empresa?

La empresa tenía el lema prestigio por calidad. Yo quería algo mucho más abarcativo. Hablando con mi hermano mayor, nos gustó conciencia por la vida, en un juego de palabras: conciencia y con ciencia por la vida. Toda la forma de ser de la empresa se empezó a transformar hacia un trabajo en equipo con mucho más diálogo.

¿El cambio en los laboratorios era un cambio respecto a la personalidad más vertical de su padre?

Era una cosa muy estricta y vertical. Venía de mi abuelo alemán. Y a mi padre le tenían un temor reverencial, nadie le discutía. Yo creía que todo debía ser charlado con distintas opiniones. Ahora es más normal, pero entonces no lo era para nada. Fue un cambio cultural absoluto.

¿Es más difícil gobernarse a uno que conducir una empresa o un país?

Sí, sí. Y fue eso. Le encontré placer al marketing y la estrategia. Pero tuve una época difícil. Me ayudó mucho la lectura de libros de autoayuda, desarrollo humano y religiones comparadas. Estudié budismo, el zen, los cuentos sufíes mientras estaba en la empresa.

La poesía como salvadora

¿Así logró salir de la depresión?

Sí, logré estar feliz. A partir de los 30 ya me empecé a sentir mejor, porque a los 20 había estado muy depresivo. Era un bajón. A tal punto que en ese momento me hacía bien la empresa. En la semana estaba mejor porque tenía un horario que me estructuraba y salía del agujero negro. Ahí la poesía fue mi compañera y me salvó.

¿La depresión era por soledad también?

Sí, estaba deprimido y muy solo. Cuando volvimos de España a la Argentina no tenía amigos. Y tampoco me interesaba estar con cualquier persona, yo quería estar con alguien que tuviera profundidad. Tenía que ser alguien espiritual, no era estar por estar. Fue una etapa difícil.

¿El estado de ánimo ideal para escribir poesía es estar un poco deprimido?

La presidenta de la Asociación Americana de Poesía me decía que no había ningún buen poema que fuera alegre. Y yo decía 'no puede ser, ahora estoy muy feliz, entonces no puedo escribir poesía'. Pero es cierto que siempre hay una melancolía porque nos vamos a morir y tomamos conciencia de que la vida es efímera. El dolor hace que uno se refugie en la poesía y la literatura. Y te ayuda mucho.

¿Qué valor le da a la amistad y al grupo de amigos que lo acompaña?

Estoy siempre con amigos, siempre acompañado, porque viví muchos años solo. Después de ese desarrollo que hice, decidí que quería vivir la vida en una familia elegida por mí. La familia de amigos es cómo vivo la vida. Mis amigos me acompañan por el mundo, vamos rotando. Estuvimos en Miami siguiendo el campeonato de fútbol, después vamos a Ibiza, siempre con mi grupo de amigos.

El vínculo con su padre

¿Su papá Alberto Roemmers llegó a entender y valorar la vida que eligió?

Sí, gracias a Dios, sí. A mi papá le costó mucho reconocer mis méritos, porque sentía que yo lograba cosas con menos esfuerzo que él. Él decía que el éxito es 90% transpiración y 10% inspiración. Y en mi caso el porcentaje de inspiración era mayor. Pero al final terminó ponderándome. Le decía a todo el mundo que el que dirige la empresa es el poeta. Yo lo cargaba: 'Te has hecho una abuelita, me felicitás y abrazás todo el tiempo'.

¿Se reconciliaron con su padre?

Sí, nos reconciliamos. Durante muchos años estuve muy alejado. Afectivamente me costó volver. Pero tuvimos un lindo reencuentro en los últimos 15 o 20 años de su vida. Construimos una linda relación. Gracias a Dios él vivió mucho: murió a los 96. Ambos nos pudimos haber muerto antes.

¿Usted también se podría haber muerto joven?

Sí, porque en la época de tristeza no me importaba mucho vivir o no vivir. Entonces tomaba riesgos en muchas cosas. Fue una época para sobrevivir.

¿Le costó a su padre entenderlo?

Le llevó mucho tiempo. Me dijo: 'He comprendido que vos sos un combo; yo no puedo elegir lo que me gusta y desechar lo que no o es muy diferente a mí; porque no tendrías esas virtudes si no fueras así'. Ya en sus 90 años empezó a venir a mis presentaciones literarias. Cuando hice una fiesta de disfraces por mis 60 años en Marruecos, todos me decían que mi viejo jamás se iba a disfrazar. Y vino vestido de cowboy. Reconoció mis valores como ser humano y fue muy lindo. Me pidió perdón. Yo acepté, porque él había sido educado de otra forma.

Alejandro Roemmers junto a su padre y sus hermanos

Alejandro Roemmers junto a su padre y sus hermanos

¿Cómo fue su salida del día a día de los laboratorios Roemmers?

Se dio en la crisis del 2001 en Argentina que afectó a la empresa. Estábamos los tres hermanos, pero no había un directivo. Dirigir así era muy complicado. Le planteé a mi padre que la única manera de que funcionara era con unidad: un CEO y nosotros retirándonos para dar autonomía y opinar desde un directorio. Propuse a un amigo de la infancia que había coacheado y tenía aptitudes. Mi padre y hermanos aceptaron y hasta el día de hoy es el CEO. Tiene todo nuestro apoyo e hizo un trabajo bárbaro.

La combinación entre ser poeta y empresario de una multinacional no es muy habitual. ¿Cómo lo lleva?

No, no es nada habitual. Pero la explicación es que es al revés. Primero fui poeta y después tuve una etapa de empresario. Al contrario, sería imposible. Alguien atraído por los negocios que un día se retira no creo que pueda ser poeta. Porque es una esencia que uno ya trae. La etapa del negocio fue sólo eso, una etapa. Mi carácter es el de una persona espiritual y mística.

¿Esa personalidad ayudó un poco a la circunstancia del empresario? ¿Lo mejoró?

Sí, muchísimo, porque me tocó negociar acuerdos. Tanto con el Estado como con competidoras y empresas que nos licenciaban productos. Comprar y vender. Ahí las dotes humanas servían para crear un clima agradable y buscar el win -win. Si uno gana y el otro pierde, no sirve. El inicio de mi vida espiritual fue con una frase sencillísima de mi madre: 'Pónganse en el lugar del otro'. Así salís del ego y aprendés a ver la realidad desde otros puntos de vista. Exige humildad. No todo se reduce a una cifra, gracias a Dios.

La obra

¿Existe un prejuicio sobre su obra por provenir de un Roemmers?

Una vez me entrevistaron de la radio de Harvard porque no tenían casos de empresarios exitosos que fueran poetas reconocidos. Pero en el mundo literario sufrí, hasta el día de hoy, ese prejuicio. En España me han dicho que mi poesía merece un reconocimiento mayor en el canon, pero que yo nunca hice la vida de la bohemia y de encontrarme con otros escritores. No conozco a los jurados, ni me presento a concursos. Mi poesía fue siempre al margen, pero la disfruté mucho. Veo como la gente se emociona, y a mí me encanta.

¿Cuál es el mensaje que encierra El regreso del Joven Príncipe, su libro más vendido?

Es un cuento espiritual, un aprendizaje de vida. A mí me impactó mucho El Principito de Saint-Exupéry y es un homenaje y el juego de una continuación espiritual más que argumental.

El protagonista, que parece ser su alter-ego, tiene una mirada fraternal, comprometida y algo inocente sobre la vida. ¿Se puede ser así en un mundo muchas veces competitivo y hostil?

Es el gran desafío. Se puede, porque yo lo hice. Mis amigos, cuando leen el libro, me dicen que el personaje soy yo. De chico, uno puede soñar y ser idealista, pero hay un momento de la vida en que uno se desilusiona, descubre que no todo es como le dijeron sus padres. ¿Cómo no ser descreído y desconfiado, lo que llama Saint-Exupéry la persona adulta? ¿Cómo mantener el corazón de niño? Toda mi vida estuve dedicado a eso. Lo escribí a los 14 años en un poema: amar a cada uno, a todos y a cualquiera. Quiero seguir siendo la mejor persona posible, pese a lo que me hagan. Voy a devolver amor al que me haga daño.

Escribió su propio epitafio en un poema. ¿Por qué?

Convivo muy bien con la muerte. Ahora. Antes, no. Cuando estaba deprimido y triste, no, porque sentía que no había vivido. Muchos se preocupan por su muerte cuando en realidad deberían preocuparse por vivir. Como escribió Antonio Muñoz Feijoo: 'Muertos son los que tienen muerta el alma y viven todavía'. Yo tomé lo mejor de mis padres: la parte artística de mi mamá y la organización alemana de mi papá. Así que planifico a futuro. Entonces, ¿por qué dejar para el final el epitafio?

Usted es filántropo y fomenta la cultura y educación desde la Fundación Argentina para la Poesía y el FestivalAr. Además impulsó el Abrazo de Asís y lideró el encuentro global Not Alone en la Plaza San Pedro junto a la Fundación Vaticana Fratelli Tutti. ¿Cómo define a quién ayudar?

No siempre doy lo que me piden, doy lo que me parece que necesitan. Si creo que puedo hacer un bien, no me importa si la persona me hizo daño o es mala. Incluso ayudé a personas que me hicieron daño. Si antes de ayudar a alguien tengo que juzgarlo y estudiar su vida, a ver si lo merece o no, no ayudo a nadie. Es una buena excusa para no hacerlo.

¿La solidaridad va atada a una religión o no necesariamente?

No necesita estar estructurada. Tras el terremoto en Venezuela, hay gente que ayuda a víctimas y no tiene creencia en ninguna religión. Simplemente tiene valores de solidaridad y compasión. La religión te ayuda cuando se te va la vida tuya o de personas queridas. Si no creés en nada, es más triste la despedida. Yo tengo mucha fe. Para mí, Dios es amor, nos pone en contacto, no sólo con lo mejor de nosotros, sino con un tipo de energía que rige el universo. Sin amor no tendría sentido la vida de ninguno. Es lo único real.

¿Qué opinión tiene sobre la inteligencia artificial?

No es del todo artificial, porque en realidad es la suma de todas las inteligencias naturales. Al ponernos todos en comunicación, creamos eso. Pero no es artificial, surge de nuestras inteligencias. Habría que llamarla inteligencia común o mancomunada. Borges fue como un precursor de la IA, porque él imaginaba eso, la biblioteca universal, todo ese conocimiento al alcance de la mano. Él había leído de todo, mientras nosotros no tenemos tiempo ni posibilidad de leer tanto.

Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

Usted compró más de 30.000 piezas originales de Borges. ¿Qué planea hacer con esa valiosa colección?

Sí, es la mejor colección de manuscritos de Borges en el mundo. Hay cartas de él y la madre, fotos y primeras ediciones. Este año, por los 40 de su muerte, las expusimos en Madrid y Suiza. La compra no es para tenerla ni atesorarla, sino para ponerla a disposición del público. Estamos esperando que el gobierno nacional designe un lugar para exponerla a estudiantes, turistas y expertos que quieran hacer investigación. Incluso pensamos una especie de show itinerante, interactivo y con IA sobre Borges.

La relación con Argentina

¿Cuál es su relación con la Argentina? ¿Se siente argentino, pese a ser un ciudadano del mundo?

Por un lado, me siento totalmente argentino. Me encanta el país, si bien ya no resido allí. Los argentinos somos gente abierta y recibimos muy bien al extranjero. Somos una patria de acogida. Y nuestra tierra tiene muchísima belleza natural. Amo también a España, que me recibió en un momento difícil. Tengo un libro llamado España en mí. Pero a la vez descreo de las fronteras y las nacionalidades. Creo en la fraternidad universal. En mi casa de Argentina teníamos la camiseta de River Plate firmada por todos los jugadores. Y la de Boca Juniors, también. Lo importante es el juego y la pasión, sin necesidad de tomar partido.

No parece ser esa fraternidad universal el signo de los tiempos...

Si la humanidad avanza y retrocede, estamos en una época de retroceso, lamentablemente. A mí me duele cualquier guerra. Y no me puedo alegrar si los de un lado matan más que el otro. Es una desgracia para ambos bandos. Las guerras son un crimen, las haga quien las haga. Debería resolverse de otra forma. Pero a los organismos como Naciones Unidas no se los respeta. Deberían tener más importancia para resolver problemas globales, como guerras, clima, contaminación o crisis energéticas. No tiene sentido que los solucione un país. No se puede.

¿La historia es cíclica?

Hubo épocas de más luz y de mayor oscuridad a lo largo de la historia. Espero que esta época, donde vuelve a dominar el poder, la ley de la jungla, el imperio del más fuerte, no dure mucho. Me gustaría volver a tiempos sin tanta polarización, grietas y divisiones.

Roemmers con el papa Francisco

Roemmers con el papa Francisco

¿Cree que la división es un negocio?

Lamentablemente hay tecnologías modernas que dividen. Porque la división genera más consumo en muchos ámbitos. Para algunos medios, la partidización y la discordia venden. Es mucho mejor la colaboración que la competencia.

¿Cómo ve la actualidad de Argentina?

Con virtudes y defectos. Deberíamos escucharnos más, buscar consensos y mayor estabilidad, lograr políticas comunes de largo plazo. La falta de confianza y previsibilidad nos hizo mal. No deberíamos creer solamente en los carismas y las soluciones mágicas. Los éxitos se logran con trabajo, constancia, diálogo y consenso.

Fue el productor ejecutivo de la serie documental Adictos a la pantalla. ¿Le preocupa el tema?

La serie trata la adicción en jóvenes al juego, al sexo y redes sociales a través de las pantallas. Ahora vamos a hacer el segundo sobre depresión y suicidio. Lo hablé esto mucho con el Papa Francisco. El hombre camina inexorablemente hacia un cruce entre lo natural y lo artificial. Seremos una especie de cyborg. Mi lucha es que seamos lo más humanos posible. Lo único que nos distingue de la máquina es ser vulnerables y compasivos.

¿Qué planes tiene para el día de San Francisco, el próximo 4 de octubre?

Queremos hacer un abrazo mundial que sea récord Guinness. Es el día de la muerte de San Francisco. Se cumplen 800 años y es importante. Buscamos que la gente se abrace con quien sea, los vecinos, los hermanos, con todos. Es un gran abrazo de conciencia universal respecto a que somos todos hermanos en este planeta, que era el mensaje franciscano. Es muy ecuménico y no está relacionado a ninguna religión, país o ideología.

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