"Uruguay no puede sostener su matriz social si crecemos al 1%". Con esa sentencia, pronunciada en un hall del Ministerio de Economía que aún vibraba con los ecos del himno nacional y las bromas del secretario de la Presidencia, Alejandro Sánchez, sobre los "recortes", Gabriel Oddone asumió formalmente el timón de la economía uruguaya hace casi un año.
Su discurso definió algunos desafíos de la agenda: acelerar el crecimiento como condición indispensable para financiar la "justicia social" prometida por el gobierno de Yamandú Orsi, fortalecer la estabilidad macro y buscar la competitividad mediante reformas microeconómicas "urgentes", y encontrar los espacios fiscales necesarios para volcar más recursos a la infancia y la seguridad.
Esas líneas de trabajo trazaron el mapa de lo que siguió pocos meses después: una apuesta política que se consolidó con la aprobación del Presupuesto Quinquenal, el proyecto más importante del período, que recibió votos de todos los partidos políticos con representación parlamentaria.
El plan presupuestal para el período 2025–2029, promulgado sobre el cierre del año, apuesta a una serie de modificaciones impositivas para sostener el gasto. Se trata de un esquema fiscal cuya efectividad está condicionada por la capacidad del país para acelerar su marcha, un supuesto que hoy concentra las principales dudas de los especialistas.
El riesgo central de esta estrategia —blanco de críticas desde su diseño— radica en que, en lugar de priorizar un recorte inmediato para sanear las cuentas públicas, el gobierno optó por un sendero gradual de consolidación. La corrección se apoya principalmente en el dinamismo de los ingresos, dejando para más adelante el impacto pleno del ajuste.
Esa apuesta se refleja en un presupuesto que prevé una expansión del gasto público del 10% real entre 2025 y 2029, similar a la registrada en la década pasada, pero sustentada en una proyección de crecimiento promedio anual del PIB de 2,4%. Ese supuesto es el que sigue concentrando las principales objeciones de los analistas, que consideran optimista el ritmo de expansión previsto.
El Centro de Estudios para el Desarrollo (Ceres) advirtió recientemente que la evidencia histórica es persistente: ante condiciones externas neutras —precio de commodities estables, crecimiento económico moderado y tasa de interés internacional promedio de 3,6%—, Uruguay ha crecido apenas al 1%. Si ese patrón se repite, el margen para sostener la expansión prevista del gasto sería sensiblemente menor.
El escenario de incertidumbre sumó recientemente un dato oficial de peso: el Comité de Expertos convocado por el Ministerio de Economía revisó a la baja sus proyecciones de crecimiento potencial al 2,1%. Este ajuste, según los especialistas, implicaría que hacia fines de 2029 el PIB sea un 2,5% menor al originalmente planeado, reduciendo los márgenes de maniobra fiscal y elevando la relación deuda/PIB.
En ese sentido, el economista Aldo Lema advirtió días atrás que Uruguay cerró 2025 con un mayor deterioro fiscal, en un contexto de déficit en torno a 4% del PIB para el Gobierno Central-BPS y cercano a 5% a nivel global, impulsado por más gasto y menor dinamismo de la recaudación.
Señaló que, aunque la deuda aún es compatible con el grado inversor, el margen se acota y las proyecciones para 2026 no muestran mejoras sustanciales, ya que descansan en mayores ingresos sin un ajuste del gasto. Además, alertó sobre riesgos políticos y económicos —como presiones para expandir el gasto o subir impuestos— que podrían generar un círculo vicioso de menor crecimiento, más déficit y nuevas cargas tributarias, dificultando la consolidación fiscal prometida para la segunda mitad del período.
Ante un escenario de márgenes estrechos, el foco se traslada ahora a la próxima Rendición de Cuentas. Allí, el gobierno tendrá que definir si ajusta las proyecciones del escenario macro y la programación financiera del sector público o si mantiene el rumbo actual, a riesgo de que la estrategia de ingresos resulte insuficiente para sostener el gasto comprometido.
Por lo pronto, ante las dudas de los analistas, el gobierno redobló la apuesta el viernes: por ahora no habrá ajustes ni recortes porque confían en que las reformas y el acuerdo con la Unión Europea reactivarán el motor económico. En lugar de frenar el gasto para equilibrar las cuentas, Oddone elige mantener el rumbo y la previsibilidad, convencido de que el crecimiento llegará por la vía de la inversión y la mejora en la competitividad.