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La máquina que ahora hace ruido en este frío, grande y apretado galpón del Cerro mueve 4.000 agujas mientras los conos de hilo giran, sin detenerse, hasta formar hacia abajo una tela que se enrolla, por horas, y forma un tubo de varios kilos.

Hay 11 de esas máquinas en el Parque Tecnológico Industrial del Cerro, que no tienen de extraordinario ni el ruido que hacen al moverse, ni la pelusa que juntan en el hilado, ni las roturas cotidianas que evidencian el paso del tiempo. Lo extraordinario es lo que logran: una tela uruguaya, la última sobreviviente de una industria que va desapareciendo y que lucha por subsistir.

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Ellas siguen tejiendo: algodón, lana merino, bambú, cáñamo, lino.

En el galpón de Megatex todavía se fabrica tela. Donde hace 35 años había unas doce empresas dedicadas al tejido circular y otras tantas vinculadas a la industria textil, hoy queda esta.

—No sé cómo, pero seguimos —dice Diego Longo, el director de la fábrica que se rebusca todos los días para evitar perder pie. A él —que se encarga de los envíos, de los números, de que cada máquina quede arreglada cuando se rompe— lo acompañan otras ocho personas que cortan, arman, cosen.

Longo, que fundó y dirige esta fábrica desde 1989, se pasó todo el fin de semana ajustando una máquina para ponerla a andar, mientras su perra lo acompañaba al lado con una cucha improvisada. Un hilo con imperfección o una aguja rota puede detener toda la producción.

Diego Longo revisa una de las máquinas.

El proceso empieza con un cono de hilo que alimenta la máquina. Cuando el tejido sale sin fallas, llegan los procesos posteriores: descrudado, vaporizado, teñido, preparación para sublimación o impresión digital sobre fibras naturales.

Poner en marcha una máquina de la fábrica implica una inversión previa de al menos US$ 20 mil, que es el costo de las 4 mil agujas que requiere cada una, siempre que sean alemanas, las de mejor calidad.

Ahora, dice Longo, las máquinas no tienen valor en sí, en la medida que estén quietas. Si se prenden y fabrican, entonces valen.

Así resume la historia de una industria que se fue apagando.

Longo llegó al rubro en la década de 1980. Era rematador y había trabajado "de todo" cuando consiguió empleo en una textil. Le gustó tanto que decidió quedarse. Cuando la empresa dejó de funcionar, compró una máquina que estaba abandonada en un rincón y empezó de cero.

Llegó a tener 25 máquinas.

Hoy conserva 11, capaces de producir más de 100.000 kilos de tela por mes. Aunque a veces llega a haber cuatro o cinco trabajado juntas.

El problema no es la capacidad.

Es que no hay quién compre.

—Necesitamos que la industria uruguaya se empiece a mover otra vez —dice mientras señala varias máquinas quietas. Desde hace unos meses lo acompaña en la gestión de la empresa Daniel Giménez, que se incorporó en busca de mejorar procesos y rendimientos.

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Una industria que desapareció

En los años noventa el panorama era muy distinto.

—Había de todo —recuerda Longo. Empresas que hacían tejidos planos, lana, acrílicos, algodón.

Después llegaron las importaciones. China hizo que los confeccionistas empezaran a comprar la tela importada. Y siguió no solo la tela, sino también la prenda ya hecha. Incluso con diseños uruguayos, las marcas locales de ropa abaratan costos fabricando en países asiáticos. Así, las fábricas fueron cerrando una tras otra.

Megatex quedó sola.

Y, aunque parezca un contrasentido, eso tampoco es una buena noticia.

—Sería bueno tener competencia. Cuando trabajamos todos es porque el sector está vivo. Ahora somos solo nosotros.

Longo asegura que hace tiempo dejó de intentar competir por precio.

La apuesta fue otra: fabricar telas que casi nadie ofrece. Porque es ahí, dice, donde pueden hacer la diferencia. Algodón peinado, bambú, cáñamo, lino, lana merino uruguaya y mezclas de fibras naturales.

Mientras buena parte del mercado importa tejidos de algodón de diferentes calidades, Megatex produce telas con fibras naturales, mayor resistencia y procesos de teñido que evitan que las prendas pierdan color con los lavados.

Una remera importada puede costar dos dólares si llega en un contenedor desde Asia.

Una confeccionada con algodón peinado uruguayo cuesta aproximadamente el doble.

—Pero es otra cosa— defiende el director de esta textil su tarea, que señala que, los que llegan a la fábrica, saben que no van por precio, sino por calidad.

Sobre las mesas de trabajo hay de todo: los últimos ejemplares de uniformes de la aerolínea Pluna, mamelucos de empresas forestales, trajes de paño italiano, guantes de tejido merino, polleras, vestidos, remeras de algodón.

Las ruanas, reinas del invierno en todos los locales de diseño.

Muestras de jean reciclado, muestras de teñido orgánico.

Rollos de muestras de telas.

Cientos de conos de hilos esperando para empezar a desenrollarse.

El nuevo golpe: Temu

Si la irrupción de China cambió para siempre la industria textil uruguaya, la llegada de plataformas como Temu volvió a mover el tablero. El precio irrisorio hace que la calidad quede en un segundo plano. Y aunque desde mayo de este año las compras se encarecieron por el pago del IVA, eso no ha movido la aguja para los compradores, que siguen mirando afuera cuando de ropa se trata.

Ni siquiera las materias primas logran escapar a esa lógica.

Los hilados, sea cual sea, vienen directamente de afuera. El algodón puede venir de Brasil o Perú. El cáñamo y el bambú, de China.

La paradoja es evidente. Mientras la industria textil se fue apagando, la lana merino uruguaya atraviesa un buen momento en los mercados internacionales. De acuerdo con un informe de Blasina y Asociados, las exportaciones de lana y subproductos crecieron 58% en el primer trimestre de 2026 y alcanzaron los US$ 63,2 millones, el mejor registro para un enero-marzo desde 2019. El negocio crece impulsado por lanas de mayor valor agregado, como la lana lavada y los tops. Sin embargo, la cadena quedó incompleta puertas adentro: Uruguay produce una de las fibras más apreciadas del mundo, aunque ya no tiene quién la transforme en hilado para abastecer a la última fábrica de telas del país. La última empresa que se encargaba de los hilados cerró hace algunos meses y eso obliga a que, si Uruguay quiere seguir conservando el sello de la lana merino para la ropa, tendrá que enviarla al exterior para que se convierta en conos de hilo, que después volverán importados para ser parte de la indumentaria local.

Aún así, dice Longo, valdrá la pena antes que perderla por completo.

La apuesta: impresión digital, telas orgánicas, cápsulas de autor

Consciente de que hoy con fabricar tela no alcanza, la resiliente fábrica va por la impresión digital sobre algodón, lana, bambú, o cañamo. La valorización de los procesos orgánicos -—libres de químicos— le han dado uan veta para incursionar en aquello en lo que China —todavía— no ofrece.

“Hoy hay que fabricar la tela, estamparla y ayudar a que los diseñadores armen sus cápsulas", dice Longo, que trabaja con unas 15 marcas uruguayas —varias de renombre— y recibe a emprendedores y diseñadores que producen pequeñas colecciones. En los últimos tiempos también empezaron a llegar clientes argentinos interesados en desarrollar prendas con lana merino para exportación.

Si hay que fabricar la tela de cero, se crea. Si hay que armar el diseño con tela de afuera, se arma. Si hay una idea, por pequeña que sea, habrá entonces una nueva cápsula de diseño local. Mientras tanto, avanza en su libro De shikse a emprendedor, donde cuenta las peripecias y el proceso para progresar en el mundo textil.

—Es difícil, pero hay que apostar. Hay gente que todavía quiere trabajar acá.

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