Embed - El crimen que resolvieron con un maniquí en plena vidriera | MEMORIA CRIMINAL
La mañana del 28 de abril de 1923 amaneció con un hallazgo que sacudió a Montevideo. En las rocas de la Rambla Wilson, frente al Parque Rodó, apareció el cuerpo de una mujer brutalmente degollada. No tenía documentos, no había denuncias por desaparición y nadie parecía buscarla. El caso es revisitado por “Memoria criminal ”, el ciclo de El Observador que reconstruye los episodios policiales más impactantes de la historia del país.
Durante días, el cadáver permaneció en la morgue sin ser identificado. Sin nombre, sin historia, sin pasado. La prensa comenzó a referirse a ella como “la degollada de la Rambla Wilson” y el expediente se convirtió en un enigma para los investigadores.
Una identidad imposible
El jefe de Investigaciones de la época, Tácito Herrera, enfrentaba un problema central: no se podía avanzar sin saber quién era la víctima. Sin identidad no había vínculos, ni sospechosos, ni líneas de investigación claras.
En ese contexto, decidió aplicar un recurso inusual para la época. Mandó a hacer una mascarilla de cera con el rostro de la mujer y, a partir de ella, se construyó un maniquí de tamaño real. Lo vistieron con la misma ropa que llevaba al momento de su muerte y lo exhibieron en la vidriera de un comercio céntrico, en 18 de Julio y Andes.
La ciudad entera pasó frente a esa figura inmóvil. La escena, entre lo policial y lo teatral, buscaba algo concreto: que alguien reconociera a la víctima.
La pista que cambió el caso
La estrategia funcionó. Un matrimonio identificó la ropa: pertenecía a su exempleada doméstica. Así, la mujer sin nombre pasó a ser Petrona López.
Con esa información, la investigación avanzó rápidamente. Los detectives reconstruyeron sus vínculos y llegaron hasta su esposo, Javier Álvaro Vega.
El hombre terminó confesando el crimen. Según estableció la investigación, se encontró con Petrona y la llevó hasta la rambla con la excusa de ir a pescar. Allí, tras una discusión, la golpeó con un trozo de hierro y le cortó el cuello con una navaja de afeitar.
Después del asesinato, Vega huyó a Brasil junto con su amante. Para escapar, utilizó la identidad de la propia víctima, lo que le permitió cruzar la frontera sin levantar sospechas.
Cincuenta días más tarde, ambos fueron detenidos en el puerto de Montevideo. El caso parecía cerrado, pero la historia tuvo un último giro. Seis años después, al intentar fugarse del hospital donde se encontraba internado, Vega fue abatido por la Policía.
El disparo puso fin a la vida del autor de uno de los crímenes más recordados de la historia uruguaya. Un caso que comenzó con una mujer sin nombre en la rambla y que se resolvió gracias a una idea tan simple como inquietante: devolverle un rostro para que alguien pudiera reconocerla.