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En el kibutz del sur de Israel, Nir Oz, hay un silencio de muerte, el piar de algunos pájaros y el estruendo de artillería israelí cayendo en la franja de Gaza. La mañana del 7 de octubre de 2023, ese fue uno de los lugares que vivió una de las peores masacres perpetradas por el grupo terrorista Hamás. Y, aunque muchas casas ya están limpias, hay muchas otras que no.

Están las completamente incineradas. Están las que tienen los juguetes de niños destruidos en el jardín delantero. Están las que tienen los agujeros de balas en la puerta de los refugios antimisiles. Están las que todavía son un baño de sangre en los colchones, en las sábanas, en las baldosas de las habitaciones. Un año y medio más tarde, esa sangre está seca, pero está ahí.

En la entrada de todas las casas hay dos elementos en común. Uno, los grafitis hechos por el ejército israelí, indicando que ya fue revisada. Otro, los carteles con los rostros y los nombres de quienes allí murieron o fueron secuestrados por Hamás (con o sin vida) hacia Gaza. Solo allí: Oded Lifshitz, 83; Eitan Horn, 38; Ariel Cunio, 28; David Cunio, 35; Matan Zangauker, 25; Eliyahu Margalit, 75; Arie Zalmanowicz, 85; Amiram Cooper, 85; Ronen Engel, 54; Tamir Adar, 38. Todos esos rostros colocados bajo el lema “Bring them home now!”, un reclamo al gobierno de Benjamin Netanyahu de negociar por los rehenes israelíes en Gaza.

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Estado actual (agosto, 2025) del kibutz del sur de Israel, Nir Oz. Foto: Federica Bordaberry

A unos pocos kilómetros, una nube inmensa de polvo que sube desde el horizonte donde se ve la franja de Gaza, acompañado del sonido de un explosivo. Uno, tras otro. Y las ráfagas de balas saliendo de las ametralladoras de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). Buscan, dicen en Israel, neutralizar las posiciones de Hamás.

Todo eso se escucha en uno de los kibutz más afectados aquel 7 de octubre, cuando Israel vivió el ataque más duro desde que fue creado en 1948. De las 417 personas que vivían ahí, 117 fueron asesinadas o secuestradas.

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La vista de la franja de Gaza desde el kibutz Nir Oz. Sobre la derecha, la nube de polvo tras la caída de artillería pesada de las Fuerzas de Defensa de Israel. Foto: Federica Bordaberry

Desde esa fecha, donde la brutalidad de 700 terroristas llegó al festival Nova (todavía más al sur), a las rutas y a al menos 15 kibutz más, Israel está oficialmente en guerra. No solamente con Hamás, sino también con grupos terroristas del norte como Hezbollah (que iniciaron un ataque al día siguiente y derivó en el desplazamiento de los kibutz del norte y la muerte de varios), o países con el que ni si quiera comparten frontera como Irán, que derivó en la reciente guerra de los 12 días, o los hutíes desde Yemen.

Aunque la guerra también tiene otros frentes.

A nivel interno, hay manifestaciones de la propia población israelí, tanto en Tel Aviv como en Jerusalén, exigiéndole al primer ministro Netanyahu que negocie la vuelta de los rehenes y termine con la guerra. Son miles de personas las que se movilizan los sábados, a través de vigilias, manifestaciones con cartelería, cantos y gritos, o incluso cadenas humanas. Esta presión ha aumentado esta última semana, tras la decisión del gabinete de Netanyahu de invadir Gaza, la advertencia de Hamás de que la vida de los rehenes corren peligro y la condena de instituciones como Naciones Unidas.

Hay algunos que reconocen el oxímoron. Israel plantea que no se puede terminar la guerra sin liberar a todos los secuestrados y Hamás que no se puede liberar a todos los secuestrados sin terminar la guerra.

“Una democracia es más que votar”, dice Yael, una activista de 62 años en Jerusalén, a El Observador. Preparando la manifestación de la noche del sábado 2 de agosto, frente a la casa del primer ministro, agrega: “qué clase de país les dejamos a nuestros hijos para reconstruir, si es que pueden reconstruirlo. No quiero que mi nieto, cuando lo tenga, si lo tengo, sea un soldado en esta situación”.

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Movilización contra el gobierno de Netanyahu, frente a su residencia, un sábado por la tarde en Tel Aviv. Foto: Federica Bordaberry

Está, además, la tan hablada guerra mediática. Medios con sus líneas editoriales condenan más o menos el accionar militar israelí en Gaza y su bloqueo al ingreso de ayuda humanitaria. Medios que comparten imágenes fuera de contexto, que comparten información falsa, que se corrigen públicamente, que usan fotos de otras guerras. Y medios que, tras el permiso de Israel del ingreso de ayuda humanitaria en Gaza, debido a la presión internacional, se suben a los aviones que van a soltar alimentos y sacan fotos.

Esa es la otra guerra, la de la presión internacional. Las condenas aparecen de todos lados: aliados occidentales, la Iglesia Católica, Naciones Unidas, ONGs. De hecho, el informe del 12 de mayo de 2025 de la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria (IPC) decretó que la crisis humanitaria del conflicto llegó a un punto crítico.

En el museo Malba en Buenos Aires, hay una escultura yeso de dos figuras tentaculares en tensión. Es la obra Lo imposible, de María Martins. “El mundo es complicado y triste; es casi imposible hacer que las personas se entiendan unas con otras”, decía la autora. Sobre la pared, la curaduría de la exposición plantea esta pregunta: ¿de qué maneras estas metáforas sobre el límite se proyectan en nuestros modos de habitar?

Pero en Israel y sus alrededores no hay metáforas. La guerra es literal.

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Todavía se mantiene la cabina del DJ, todavía se mantiene el contenedor donde se tiraba la basura, todavía se mantiene la barra, todavía se mantiene el main stage. Se mantiene como una suerte de memorial, junto con cientos de carteles con los rostros de las víctimas que asistían al festival.

La madrugada del 7 de octubre de 2023, en Reim (el predio donde se realizó el festival Nova), a unos pocos kilómetros de la frontera con Gaza, estaba lleno de jóvenes que bailaban en la fiesta.

Pero, con el ingreso de alrededor de 700 terroristas de Hamás en todo tipo de vehículos, incluidos parapentes y camionetas, a eso de las 6:30 de la mañana comenzó la masacre que terminó con la vida de más de 360 personas allí, sin contar los que fueron secuestrados. Primero los drones, luego los terroristas.

"Estaba segura de que iba a morir, estaba esperando mi turno", dice Chen Malca, una sobreviviente de aquel día, hoy con 26 años. En diálogo con medios uruguayos, cuenta que la sucesión de hechos que la llevó a no ser asesinada por Hamás ese día fue "un milagro tras otro".

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Reim, predio donde se realizó el festival Nova en Israel, y su actual memorial. Foto: Federica Bordaberry

Cuando comenzaron a caer los misiles esa madrugada, muchos de los asistentes decidieron quedarse a esperar a que el ataque cesara. Otros, como Malca, su ex novio y el hermano del mismo, se fueron antes de que llegara la masacre. En la ruta hacia Jerusalén se encontraron con terroristas vestidos como las fuerzas armadas israelíes y, escapando varias veces, terminaron escondiéndose en un kibutz que resistió gracias a su equipo de seguridad.

Según relató la joven, eran aproximadamente 70 terroristas contra alrededor de 7 israelíes defendiendo el kibutz. Alrededor de las 12 del medio día llegó el ejército y con un tanque liquidaron a los atacantes.

Durante el relato, la interrumpe el horizonte sonoro. Por un lado, un grupo de soldados que realiza su ceremonia de juramento a Israel. Por otro, la artillería pesada que sigue cayendo sobre Gaza y que, cuanto más cerca de la frontera, se escucha mucho más fuerte.

El ataque de Hamás al sur de Israel, aquel 7 de octubre, costó 1.195 vidas y el secuestro de 251. El Ejército de Israel tardó varias horas en llegar a defender a su población, llegando a demorar hasta 9 en algunas partes. Algunos dicen que se debió a una “soberbia”, otros que no se imaginaban que fuera a ser tan masivo. También están los que dicen que el Ejército ignoró las advertencias.

Sean cuales sean las razones, la masacre perpetrada por Hamás está más presente en la memoria colectiva de los israelíes que cualquier otro ataque. Mucho más que la guerra de 12 Días con Irán.

En su ensayo Construir al enemigo, el italiano Umberto Eco escribe:

La guerra resuelve el problema de los suministros, es un acicate. La guerra permite que una comunidad se reconozca como nación, sin el contrapeso de la guerra, un gobierno no podría establecer ni siquiera la esfera de su misma legitimidad. Solo la guerra asegura el equilibrio entre las clases y permite colocar y explotar a los elementos antisociales. La paz produce inestabilidad y delincuencia juvenil; la guerra encauza de la mejor manera todas las fuerzas turbulentas dándoles un estatus. El ejército es la última esperanza de los desheredados y los desadaptados.

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En Jerusalén, el shuk (o mercado) Mahane Yehuda es un hormiguero de personas que entran y salen, que caminan, que gritan, que venden, que compran, que preguntan, que regatean. La diversidad de religiones está y se ve en los atuendos. Conviven, al menos en ese instante, de forma pública.

Dentro, los productos en venta van desde frutas, verduras, té, café, elementos de bazar, souvenirs, símbolos religiosos, caramelos, juguetes, ropa, alhajas de mala calidad. Y, entre todo ello, un puesto de kipás tejidos en rojo, con letras amarillas que dicen “Make America Great Again”, en honor al slogan del actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Y de acá para allá: hombres y mujeres con fusiles automáticos cargados al hombro. Vestidos tanto de militares como de civiles. Algunos van o vienen de actividades militares, otros ya tienen el permiso para cargar armas en su vida cotidiana. Lo que en cualquier país sudamericano significaría peligro, en Jerusalén es parte de la vida civil.

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Hombres y mujeres con fusiles automáticos cargados al hombro, vestidos tanto de militares como de civiles, en Israel. Foto: Federica Bordaberry

La guerra está en lo que se ve, pero también en lo que no. En la guerra contra Hamás en el sur, que se lleva puesta la vida de miles de palestinos en la franja de Gaza (de allí las acusaciones de "genocidio", los bloqueos de ayuda humanitaria y la condena internacional); en la guerra contra Hezbollah, en la posibilidad latente de volver a activar la guerra con Irán. En los aviones de combate F-16 que se escuchan volar sobre Israel. En el precio de la nafta (más de 2 dólares por litro), en los 20 israelíes vivos secuestrados en Gaza, y en los 30 cadáveres que Hamás aún tiene como rehenes para negociar con el gobierno israelí.

Pero se ve, sobre todo, en la angustia incierta de que un misil de largo o corto alcance pueda caer en cualquier momento, lanzado por uno de los tantos enemigos de Israel. En el correr de la semana del 28 de julio al 3 de agosto, los hutíes en Yemen dispararon dos veces en la tarde/noche. Las alarmas suenan en las calles, y también lo hacen en los celulares a través de distintas aplicaciones que alertan a la población cuánto tiempo tienen para dirigirse al búnker más cercano.

Cuanto más cerca del punto de origen del misil, menos tiempo para interrumpir actividades cotidianas (comer, bañarse, dormir). En las fronteras, se alerta que hay un total de 30 segundos para encontrar refugio o, de lo contrario, lanzarse al suelo y taparse la cabeza con las manos para cubrirse de las esquirlas, en caso de que el misil sea interceptado por la conocida cúpula de hierro.

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Aplicación y avisos sobre misiles en Tel Aviv. Foto: Federica Bordaberry

En Tel Aviv, todavía permanecen algunos edificios destruidos por Irán en la guerra de los 12 Días. “Al principio, pensábamos que los misiles de los hutíes en Yemen eran terribles. Después, vinieron los de Hamás. Siguieron los de Hezbollah, hasta que llegaron los de Irán. Esos sí que daban miedo”, dice un argentino que vive en Israel en conversación con medios uruguayos.

En aquel ensayo, Construir al enemigo, Umberto Eco también escribió lo siguiente:

Tener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor.

Al parecer no podemos pasarnos sin el enemigo. La figura del enemigo no puede ser abolida por los procesos de civilización. La necesidad es connatural también al hombre manso y amigo de la paz.

Así pues, ¿la ética es impotente ante la necesidad ancestral de tener enemigos? Yo diría que la instancia ética sobreviene no cuando fingimos que no hay enemigos, sino cuando se intenta entenderlos, ponerse en su lugar.

En 1998, el ex ministro israelí Ehud Barak dio una entrevista y dijo que "si hubiera nacido palestino se hubiera sumado a una organización terrorista”.

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Con un primer vistazo, pareciera que la vida sigue como si no hubiera guerra. En Tel Aviv, la playa está llena porque es plena temporada de verano y el receso estudiantil. Las personas juegan a la pelota en la orilla, los cafés y los bares sobre peatonal Nahalat Binyamin están inundados, los monopatines y las bicicletas zumban a toda velocidad por la ciudad.

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Tel Aviv, agosto de 2025. Foto: Federica Bordaberry

Lo hacen, sin embargo, en una escenografía particular. Hay tres símbolos que se repiten hasta el cansancio. Las banderas LGBT+, las banderas de Israel y el lazo amarillo que representa al movimiento “Bring them home now”.

Se ven en todo: cartelería en vía pública, en balcones, en pasacalles en rutas, en edificios, en autos, en ómnibus, en columnas de luz, en paradas de transporte público, en la vestimenta de los israelíes, en cascos, en mochilas, en coches de bebés, en locales comerciales, en tiendas de souvenirs.

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Tel Aviv, agosto de 2025. Foto: Federica Bordaberry

En la plaza Dizengoff, en el centro de Tel Aviv, cuelgan imágenes de los secuestrados por Hamás de las ramas de los árboles. Alrededor de la fuente que contiene la plaza, una suerte de memorial con cartas, peluches, fotos, velas.

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Plaza Dizengoff en Tel Aviv, agosto de 2025. Foto: Federica Bordaberry

Frente al Museo de Arte de Tel Aviv, una explanada ahora recibe el nombre de la plaza de los Rehenes. Allí, las familias de los secuestrados en Gaza instalaron carpas, monumentos y formas de recordar.

El reclamo es siempre que el gobierno de Netanyahu negocie traer a los secuestrados por Hamás en Gaza y que haya paz (por más fría que sea) en Israel.

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Plaza de los Rehenes en Tel Aviv, agosto de 2025. Foto: Federica Bordaberry

En esa misma ciudad, el Centro Médico Meir realizó un estudio que, para el 15 de setiembre de 2024, había concluido que hubo un aumento del 50% en la compra de ansiolíticos y un aumento de tres veces en la compra de analgésicos narcóticos entre la población general israelí, en los primeros seis meses desde el 7 de octubre de 2023. Un país en guerra también se ve así.

En su libro El ruido de una época, la argentina Ariana Harwicz dejó escrito esto:

Los personajes son capaces de hacer cosas por fuera de su moral y de su conciencia. Nadie, tampoco los personajes, es capaz de saber, de verdad, de qué es capaz. El que cree que no es capaz de matar, es porque aún no estuvo en una situación en la que lo sería.

Un personaje que mató no se reduce a ser un criminal.

Un personaje que es víctima de violencia no se reduce a ser víctima.

Hay que pensar los personajes contra sí mismos, negándose a sí mismos como personajes, menos uno.

Reducir las contradicciones de los personajes no es solo imposible, sino antiliterario. Igual, la literatura está llena de antiliteratura, claro está.

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