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Embed - “Pensé que nos íbamos a morir”: a 10 años del tornado que destruyó Dolores

Liliana estaba en su casa cuando el aire empezó a cambiar. No fue inmediato. Primero tuvo una sensación extraña, difícil de explicar.

Estaba de ocho meses de embarazo. Se había despertado de la siesta para ver su novela cuando sintió “como un avión que venía muy bajo”. Un sonido que crecía rápido, que no daba margen para pensar.

Se asomó a la ventana, vio unos papelitos que volaban y pensó que se le incendiaba la casa al vecino. Enseguida despertó a Pablo, su pareja, que también dormía. Segundos después el techo se derrumbó sobre la cama.

El viento golpeó con una fuerza desconocida y comenzó a arrasar con todo. Pablo la abrazó y le dijo “Liliana, esto es un tornado”. Los dos quedaron arrinconados, sintiendo cómo las chapas, vidrios, ladrillos golpeaban sus espaldas. “Sentí que nos íbamos a morir”.

Todo pasó en tres minutos. Para Liliana fueron una eternidad.

Liliana Sosa y su pareja, Pablo, ambos damnificados por el tornado de Dolores de 2016

Liliana Sosa y su pareja, Pablo, ambos damnificados por el tornado, frente a su casa reconstruida.

Cuando salió, la ciudad ya no era la misma. “No entendías lo que estabas viendo”, cuenta. No había techo, paredones caídos y gritos de personas. “El patio estaba todo lleno de cosas que habían venido de otros lados y mi casa no tenía nada. No le quedó nada”, recuerda. El tornado arrasó con tanta fuerza con todo que, desde su casa y a varias cuadras de distancia, se podía ver la plaza Constitución.

Liliana caminó sin rumbo claro, mirando, tratando de ubicarse. Buscando referencias que ya no estaban. Como si Dolores se hubiera borrado y tuviera que reconstruirlo primero en la cabeza.

El 15 de abril de 2016, un tornado atravesó Dolores en diagonal y dejó una postal que muchos comparan con una escena de guerra. Con vientos de entre 250 y 300 km/h, el fenómeno meteorológico destruyó el 40% de la ciudad. Cinco personas murieron, cientos resultaron heridas y muchas más perdieron su casa.

“El cerebro no entiende lo que los ojos ven”, dice Aldo Charbonnier, integrante de Reconstruyamos Dolores y uno de los vecinos que, como tantos otros, salió después del impacto a recorrer una ciudad irreconocible.

Autos arriba de techos. Galpones desaparecidos. Calles bloqueadas por árboles y escombros. Gente ensangrentada caminando sin rumbo. “Parecía un cuadro de guerra”, repite.

Algunos no estaban en sus casas cuando ocurrió, otros sí, pero el golpe fue colectivo. “No hubo una familia en Dolores que no fuera afectada”, resume Aldo. A veces no era la casa propia, pero sí la de un familiar, un amigo, un vecino. Nadie quedó al margen.

Néstor Rodriguez recibió una llamada. “Me llamó llorando mi mujer y me dijo ´quedamos sin nada´’”. Cuando llegó, se encontró con una imagen difícil de procesar. “Vi una esquina y no había nada. Era todo escombro”. Su casa, como tantas otras, había desaparecido.

Néstor Rodríguez, damnificado por el tornado de Dolores de 2016

Néstor Rodríguez frente a su casa reconstruida.

Melissa Aguirre tampoco estaba en su casa cuando el tornado pasó. Ese viernes era el cumpleaños de su hijo menor y ella estaba en una cancha de fútbol 5, cerca del río, organizando el festejo. Allí, el temporal apenas se sintió. “Fue una lluvia, un vientito, nada más”, recuerda.

En su casa, en cambio, todo se desmoronaba. Había quedado su hijo mayor, de 13 años, durmiendo la siesta, y la mujer que lo cuidaba, que estaba en la terraza. El ruido los sorprendió sin aviso. Él se levantó y, casi por instinto, se metió en el baño que tenía techo de hormigón. Ahí se refugió, la mujer logró alcanzarlo. Se quedaron los dos escondidos mientras la casa cedía. “Se salvaron de milagro”, dice Melissa.

Melissa Aguirre, damnificada del tornado de Dolores de 2016

Melissa Aguirre frente a su casa reconstruida.

Cuando Melissa regresaba no sabía nada de lo que había pasado. La señal se había cortado. Miró hacia el cielo y notó como unos “papelitos que volaban”. Nunca imaginó que esos “papelitos” eran pedazos de chapas y ladrillos que el viento estaba arrancando. “Era mi casa que se estaba derribando”, relata.

Su casa, una construcción antigua que había refaccionado, quedó destruida casi por completo. Hoy, en ese mismo terreno, avanza otro proyecto con mucho esfuerzo.

Lo que encontró Melissa al volver se repetía en cada cuadra.

“Salí a la calle y era un caos”, recuerda Javier Utermark, quien en ese momento era alcalde. No había señal, no había comunicación, no había forma de dimensionar lo que estaba ocurriendo. La antena de Antel estaba caída. La ciudad, también.

Durante los primeros minutos —las primeras horas— la respuesta fue espontánea. Vecinos ayudando a vecinos, gente trasladando heridos como podía. Esa reacción inmediata, casi instintiva, fue lo que permitió contener el impacto inicial. “La gran solidaridad y compañerismo que hubo en el Dolores es lo que nos sacó adelante”, reconoce.

Pero después vino otra etapa: la de organizar el caos.

La primera decisión fue reunir a los funcionarios municipales disponibles, poner en marcha maquinaria, recorrer la ciudad y empezar a ordenar prioridades. No había protocolo, no había experiencia previa. “No estábamos preparados”, reconoce.

La dimensión del desastre tampoco fue evidente desde el inicio. “No caímos hasta muchos días después”, dice Aldo. Cada jornada revelaba un daño nuevo, una historia más, una pérdida distinta. De a poco se comenzó a reconstruir mientras todavía se intentaba entender lo que había pasado.

En ese contexto nació una de las respuestas más recordadas: la asociación civil Reconstruyamos Dolores.

“Fue fundamental”, dice Aldo. Surgió por necesidad, pero también por desconfianza de algunos donantes que querían saber a dónde iba su ayuda. En cuestión de días ya había una estructura montada: grupos de trabajo, delegados, un comité central. “Hubo gente con la cabeza muy clara en medio del caos”, señala. Y recuerda cuando alguien le pidió al dueño de uno de los restaurantes que trabajaba como olla popular que abriera como restaurante. Ya habían muchos lugares que cocinaban para ayudar, se necesitaba un restaurante para la gente que se arrimaba a colaborar.

Aldo Charbonnier, integrante de Reconstruyamos Dolores

Aldo Charbonnier, integrante de Reconstruyamos Dolores.

La coordinación con el Estado fue clave, pero también compleja. Las donaciones llegaban, pero había que distribuirlas con criterio técnico. Arquitectos, asistentes sociales, bomberos: todos pasaban por cada caso. Mientras tanto, la ansiedad crecía. “La gente quería respuestas ya”, recuerda el exalcalde.

Algunas llegaron rápido, otras demoraron. Hubo familias que esperaron semanas para saber qué iba a pasar con sus viviendas, más de 400 perdieron todo y miles fueron afectadas.

Aun así, la ciudad empezó a levantarse.

Iglesia Evangélica Valdense de Dolores

El templo de la Iglesia Evangélica Valdense de Dolores.

En lo material, el balance a diez años es positivo. “El 90 y pico por ciento está reconstruido”, aseguran. Casas, escuelas, calles, la mayoría volvió a ponerse en pie. Quedan pendientes algunos símbolos de la ciudad como el teatro Paz y Unión y el gimnasio de Peñarol, que no han sido reconstruidos por motivos económicos.

Pero hay otra reconstrucción, menos visible.

Teatro Paz y Unión de Dolores

El teatro Paz y Unión es de las pocas estructuras que queda reconstruir.

“La parte psicológica es la que no se ve”, reconoce Aldo. Y ahí, coincide, hubo un debe. La asistencia fue escasa. Muchos procesos quedaron librados al esfuerzo personal o familiar.

“Quedaron secuelas”, admite el exalcalde. Sobre todo en quienes vivieron el momento dentro de sus casas, sin saber si iban a sobrevivir.

Los recuerdos aparecen en días de calor, en tormentas fuertes, en ruidos que remiten a aquel sonido que muchos describen como “un avión volando bajo”. Quedó el miedo de que vuelva a pasar.

Sin embargo, hay algo que también permanece.

“La solidaridad fue impresionante”, dice Néstor. Gente que llegó desde distintos puntos del país sin conocer a nadie, camiones de donaciones, vecinos cocinando para otros, actividades para los niños, espectáculos, fútbol. Intentos, en medio de todo, por volver un poco a la vida rutinaria.

“Había que distraerlos”, recuerda Aldo sobre los más chicos. Y también a los adultos.

Diez años después, Dolores es otra vez una ciudad en funcionamiento, pero ya no es la misma.

Quedó la memoria, quedó la experiencia. Y también, según varios testimonios, una deuda: la de no haber sistematizado lo aprendido. “No hay un protocolo”, dicen. Si vuelve a pasar, la respuesta sería, en gran parte, intuitiva.

Como aquella primera reacción. Como aquel primer impulso de salir a la calle, mirar alrededor y tratar de entender.

Aunque, como dicen quienes estuvieron ahí, hay cosas que no se entienden nunca.

Producción periodística: Tania Rodríguez

Temas:

Tornado Dolores

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