Niños con derechos vulnerados: pase directo a amparo del INAU.
De ahí, a Familias Amigas, de forma temporal, a la espera de un destino definitivo.
El tiempo, a partir de ahora, empieza a correr para todos, porque así lo mandata el Código de la Niñez.
Entonces, desde el INAU empezaron a llamar:
Primero a un tío de los niños, que no quiso hacerse cargo.
Después a otro tío, que tampoco quiso.
A una tía, que dijo que sí, pero que había sido mamá adolescente y estaba ya intentando criar a su bebé.
A los bisabuelos, que consideraron que ya estaban mayores y con la salud débil como para encargarse.
El padre biológico de los tres tenía intenciones de hacerse cargo, pero ninguna condición: también consumía drogas y no tenía un proyecto de vida real que pudiera sostener con sus hijos, había notado el psicólogo del ITF.
La abuela materna había quedado fuera de competencia.
En el expediente judicial quedó dibujado el intrincado árbol genealógico que los técnicos del INAU intentaron armar para ver si se les estaba escapando alguna posibilidad de que los niños se mantuvieran en su familia de origen.
Entonces le sonó el celular a Arlisgton, que estaba trabajando de casero. Les respondió que tenía que hablarlo con su pareja —que no era la abuela materna, ya que hacía más de una década que estaban separados— y porque vivían, además, con un hijo de ella. Dijo que él trabajaba todo el día, que tenía que conversarlo.
A los dos días, volvieron a llamar. Era jueves. Arlisgton volvería a su casa recién el viernes de noche.
No llamaron más.
Y a nadie más.
Fuera del despeje quedó también otra tía materna de los niños.
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A los niños ya los había ido a buscar la Policía, ya habían pasado por un centro de estadía del INAU y habían sido enviados con Familias Amigas para que los cuidaran mientras se encontraba una solución. Así pasaron cinco meses.
En ese lapso, Arlisgton empezó una búsqueda desesperada para dar con ellos. Llamadas al INAU, a distintos servicios del Estado, pedidos para ver a los niños.
En abril, después de una reunión presencial en el INAU a Arlisgton le dijeron que se quedara tranquilo, que por ley él siempre iba a poder ver a sus nietos, que la familia de origen era prioridad, tal como lo señala el Código de la Niñez. Esa postura, sin embargo, no fue la que quedó plasmada en los informes técnicos del INAU en manos de la Justicia. Ellos —Arlisgton y su pareja— se fueron de esa oficina con la idea de que se quedarían con los niños.
A Arlisgton nadie le explicó, tampoco, que cuando se trata de niños el tiempo corre. Presentó un pedido de la tenencia de Ciro, el mayor, el 18 de junio, cuando ya hacía cuatro meses que les había perdido el rastro. El niño tenía tres años, y se quedaba a dormir fin de semana por medio, de viernes a domingo, en la casa de su abuelo. El más chico, Mateo, apenas había cumplido el año y todavía no se quedaba, aunque se veían algunas horas.
Un error del abogado de Arlisgton hizo que el pedido de tenencia quedara presentado en el expediente equivocado. Unos días después, los niños ya estaban en manos de una familia adoptante.
—En todo momento me guié por lo que entendí de las técnicas del INAU que me manifestaron que tenía derechos respecto a mis nietos. Sin embargo, en los hechos esa promesa nunca se cumplió. Jamás me advirtieron que el silencio o el pedido de un plazo prudente implicaría la entrega de mis nietos en adopción —se lamenta en su nueva solicitud de tenencia, en la que incluye a sus dos nietos.
Reclama, también, que nunca fue visitado por nadie del Estado. Para que vieran: que tiene casa propia, trabajo estable, vehículo, y una habitación adonde el mayor de los hermanos se quedaba a dormir cuando iba a su casa. Que vieran: que tienen primos, una escuela a tres cuadras, y todas sus necesidades cubiertas.
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Mientras el abuelo los buscaba, los niños iban mostrando avances. Y no era poca cosa.
El más grande, que tenía un retraso en el desarrollo del habla, ahora se comunicaba, había dejado de meterse la mano en la boca y disfrutaba de compartir con sus pares y sus referentes adultos. El más chico, que también iba creciendo con unos meses de retraso con respecto a su edad, ahora disfrutaba de mirar dibujitos, escuchar canciones infantiles y de dormir una noche de corrido.
En el INAU habían acordado entre las familias amigas que los niños se encontraran, y no perdieran, con el paso del tiempo, la única referencia de vínculos familiares que les estaba quedando. La primera vez que lograron juntarlos, estuvieron apenas 15 minutos: ya no se reconocían.
La postura del INAU con respecto a la familia de origen ya había sido laudada, y plasmada en los informes técnicos del expediente judicial. A Arlisgton lo describieron como una persona con “actitud vacilante y omisa frente a los planteos de INAU de asumir los cuidados” y plantearon que el abuelo había demostrado estar “de acuerdo con la adopción” de los niños por parte de otra familia, según consta en la audiencia judicial del 3 de setiembre.
Además, le cuestionaron cómo había sido su rol de padre, que “no tomó acciones para salvaguardar la integridad física, psíquica o emocional” de su hija, quien había pasado también por el INAU, y que no había sido responsable para evitar que la mujer cayera en las drogas.
Escribieron que en los meses de búsqueda, ni el abuelo materno de los niños ni las tías se habían preocupado por buscarlos, algo que se contradice con las declaraciones de Arlisgton y los escritos presentados en la Justicia. La demora en responder sobre sus nietos, interpretaron en el INAU, indicaba que “claramente no eran prioritarios” para él.
Él dice que solo tiene Primaria completa; que a duras penas puede entender el proceso judicial. En el INAU le responden que es capaz de entender el alcance de sus actos.
En todo este tiempo, presentó un pedido de tenencia dentro de otro expediente; presentó una denuncia por vulneración de derechos, por alejar a los niños de su familia de origen. Pidió la tenencia de sus nietos y visitas mientras se define la situación judicial.
El tiempo, sin embargo, siguió corriendo. De la madre biológica, los niños fueron a manos de su abuela materna. De ahí, a manos de un centro de protección 24 horas del INAU. Aunque fue breve, en pocas horas volvieron a otras manos: esta vez, de familias transitorias. Cinco meses después, a una familia aspirante a adopción. En el medio, el abuelo sigue reclamando por ellos.
Ya pasó un año y cuatro meses desde que los niños no ven a su abuelo.
El último fin de semana que pasaron juntos fue el último que Ciro, el mayor, pasó con su familia de origen. Apenas horas después, ya estaba en un patrullero yendo de la casa en la que vivía con su abuela materna a un destino para él desconocido. En pocos días, habrá cumplido un año desde que él y su hermano viven en una nueva familia, en otro departamento del país, a cientos de kilómetros de su origen. Del bebé, su último hermano, que había nacido con los derechos vulnerados, nunca se enteraron. Está en otra familia, en otro departamento del país, a otros cientos de kilómetros.
Hay momentos en que a Arlisgton lo invade el miedo al olvido. De que a Ciro se le borren las tardes en la piscina de goma, los paseos en auto, las tortas de cumpleaños del Tata.
Sin embargo, no se resigna:
—Si me ve, cien por cien que se va a acordar de mí.
*Los nombres de los niños son ficticios.