En un salón de noveno grado, eso que antes era tercero de liceo o de UTU, un adolescente intenta encontrar un dato en una tabla. Tiene que relacionarlo con un gráfico y sacar una conclusión. No es un ejercicio extraordinario para alguien que está terminando el ciclo básico. Pero no todos pueden resolverlo. Algunos de sus compañeros llegan a clase con sueño, otros perdieron el entusiasmo por aprender y hay quienes ni siquiera imaginan seguir estudiando hasta llegar a la universidad. Del otro lado del escritorio, también hay ausencias: algunos docentes acumulan más de un mes de faltas.

La escena no pertenece a un liceo en particular. Es una reconstrucción a partir de los datos de Aristas Media 2025, la evaluación que vuelve a poner bajo la lupa cuánto aprenden los adolescentes uruguayos, en qué condiciones lo hacen y qué tan preparados están para lo que viene.

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Los resultados muestran un panorama que va de “leve descenso en los desempeños” hasta “preocupante”, dependiendo a quién de las autoridades del Instituto Nacional de Evaluación Educativa se le pregunte. En lectura, la meta para 2025 de la ANEP esperaba que el 77% de los estudiantes de noveno alcanzara el nivel 3 o más de desempeño. El resultado observado fue de 72%. En matemática la meta se fijó en 36% y el resultado fue de 30,6%. La cosa viene en picada:

Detrás de esos promedios se esconde una brecha todavía más profunda: la distancia en los aprendizajes entre quienes asisten a centros de contextos muy favorables y muy desfavorables. "Es la economía, estúpido ”, contestaría Bill Clinton a comienzos de la última década del siglo pasado a instancia de su estratega de campaña.

Cuando se controla el nivel socioeconómico los estudiantes de liceos públicos y privados obtienen resultados similares. Pero los de UTU, y sobre todo los de Formación Profesional Básica, siguen siendo peores y con una caída más pronunciada aún.

Pero el problema no termina en una cuestión de estructural. Y ahí es donde el nuevo informe de Aristas da pistas para entender qué está influyendo en lo que saben hacer los adolescentes.

Están perdiendo motivación, autonomía y expectativas de futuro. Y eso plantea una pregunta que va más allá de las pruebas y los porcentajes: ¿qué está pasando dentro de las aulas uruguayas?

El cambio que la adolescencia pronuncia

Puede que algún político o sindicalista aproveche para hacer leña del árbol caído: “Esto es culpa de la transformación curricular”. “Esto es gracias a la reforma de la administración anterior”. Pero Aristas, hablando bajito, parece estar diciendo algo más profundo y que trasciende gobiernos de turnos o intentos de sacudones: la sociedad —y la adolescencia como parte de ella— está atravesando una transformación más silenciosa.

Hay un “deterioro significativo en la motivación y la autorregulación del aprendizaje (habilidades vinculadas a la capacidad de organizar el estudio, sostener metas académicas y persistir frente a las dificultades)”. Lo que dice Aristas no es que solo caen esas habilidades, sino que tienen un peso en los desempeños.

Muy vinculado a ello están las expectativas de estudio: menos de la mitad quiere seguir estudiando hasta llegar a la universidad. Incluso en los liceos privados, con un contexto más favorable, hay un 30% que no pretende ir más allá del liceo.

A eso se le agrega que “trabajar o buscar trabajo aparece asociado a peores desempeños, particularmente en matemática”. Los datos de 2025 muestran un aumento de la proporción de estudiantes que, aunque no trabajan, se encuentran buscando empleo, lo que “podría reflejar mayores presiones económicas y condiciones menos favorables para las trayectorias educativas”.

Los celulares en clase, a su vez, son señalados por adscriptos y por estudiantes como uno de los factores que más distorsiona el funcionamiento en el aula. Y su forma de uso queda muy sujeta la docente de turno. Por ejemplo: el 83,3% de los estudiantes afirma que varios compañeros revisan el celular durante las clases.

Las distracciones, esta especie de sociedad acelerada y de lecturas en base al ritmo del scrolleo se muestra en que cae la cantidad de adolescentes que leen por placer: de 71,7% a 47,2% bajó en solo tres años. No solo eso: más de la mitad admite no haber dedicado tiempo a la lectura en el día anterior.

En ese contexto, se agrega la cantidad de faltas y la variedad de motivos. En la siguiente tabla se presentan los resultados de qué porcentaje ha faltado a clase según distintas causas:

Leyendo más a fondo

Hace más de una década, en una de las presentaciones de datos de Secundaria, la entonces inspectora Margarita Romero dijo: “Todos tienen que ir a clase todos los días”. Hizo una pausa, miró al auditorio lleno de docentes e insistió: “Todos”.

Los estudiantes no son los únicos que faltan. Las inasistencias de docentes es uno de los factores que más influyen en los desempeños.

El informe de Aristas dice que, según la percepción de los directores, más del 60% de los liceos públicos no cuentan, a comienzo de año, con la cantidad de docentes necesarios para cubrir todos los grupos. A fin de año la percepción se mantiene en casi 50%.

Ahora volvamos por un instante al comienzo de la nota. A ese estudiante de 9° grado al que le piden un ejercicio y logra resolver solo unas partes. Ese estudiante rodeado de otros que faltan por sueño, por problemas en el barrio que también se agravó según los datos de Aristas. Suena el timbre, tiene cinco minutos de recreo, y enseguida empieza la clase de Idioma Español o de Literatura (o de sus múltiples nuevos nombres).

El docente a lo que más le dedica es a la lectura literal, según Aristas. Es cuando se pide identificar algo que está explícito en el texto o bien reconocer la progresión temática. Pero mucho menos le dedica a sacar inferencias o una lectura crítica. Y eso tiene su peso en los resultados.

En contextos muy desfavorables más de la mitad se dedica a la lectura literal, lo que podría hablarse de una especie de “analfabetismo”.

Para los autores del informe Aristas la conclusión no es tan pesimista: “Aunque una parte importante de las diferencias entre centros responde a la composición socioeconómica de su alumnado, persiste un margen de acción del sistema educativo vinculado a factores institucionales y pedagógicos que pueden contribuir a mejorar los aprendizajes”. Lo que pasa en el aula, si es que docentes y alumnos asisten, es relevante. Las pruebas nacionales no hacen más que dar más insumos que aquello que ya muestran las internacionales PISA.

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