Cuando el péndulo de la hamaca llega al punto más alto es que lo ve. El solideo blanco, la dulleta impoluta, la sonrisa calma. Cuando vuelve a bajar, la imagen es interceptada por el follaje frondoso del pequeño parque urbano. Hasta que vuelve a subir.
La niña de pelo al viento se suma el canto de los niños que es impulsado desde el estadio por el cura Juan Andrés “Gordo” Verde: Papa León, te queremos un montón.
Hace algunas horas el papa estaba en Paysandú oficiando su primera misa en Latinoamérica y poco antes había visitado Casavalle. Pero ahora está en el monumento del fútbol mundial para una de las actividades centrales de su viaje apostólico por Uruguay.
“Aproveeeeeche: lleve su rosario y confiese sus pecados”, grita un hombre mientras agita un rosario en su mano y lleva una canasta repleta en la otra. Uno de los tantos pregones de vendedor ambulante que trae el viento.
En apenas tres horas se agotaron las entradas para la vigilia de oración. Más de 60 mil personas se aseguraron un lugar para ver al líder de la Iglesia Católica cara a cara. Pero no fue suficiente. Por eso se instaló una pantalla para que quienes no hayan alcanzado a conseguir su entrada puedan verlo y escucharlo en comunidad.
Termos y mates, reposeras, bicicletas, monopatines, perros con pañuelos amarillos. La gente se empieza a juntar frente a la pantalla entre un importante operativo policial y de seguridad en el perímetro del estadio de fútbol que se ha convertido en otro templo popular. Familias, parejas y personas solas. Gente que pasaba y se quedó escuchando, gente que recorrió miles de kilómetros para estar allí, en un rincón de Parque Batlle. Lo ven desde las vallas, desde la plaza, desde los canteros de la calle. Desperdigados.
Cuando Lucas Sugo canta Pescador de Hombres, un coro improvisado empieza a sonar fuera del estadio. Y ese, al comienzo de la vigilia, se convierte en uno de los momentos más emocionantes para quienes lo miran y tratan de secar las lágrimas con el dorso de la mano mientras las nubes se oscurecen y el atardecer se cuela en luces entre los espacios.
“Si no te llevás una bandera, no viste al papa”, grita un vendedor que exhibe las banderas con el rostro del papa impreso sobre la tela blanca y amarilla. Las banderas arropan y corran el viento que enfría la piel. Siete grados de sensación térmica que se intensifican a medida que pasa el tiempo. Los niños agitan banderitas con una alegría contagiosa.
“Claaaro, Cristo vive”, dice un hombre que se detiene y toma un trago de una caja cartón antes de seguir su camino.
Los que están afuera del Estadio Centenario aplauden las inquietudes dirigidas al pontífice por parte de dos jóvenes y una familia: Federica Ortiz de Taranco, Giovanni Occelli y la familia Gutiérrez. Entre frustraciones generacionales de quienes rondan los 30 años frente a las expectativas incumplidas, el proceso "solitario" y "a contracorriente" de un joven que encontró la fe en su vida adulta, y las preocupaciones de una familia católica uruguaya.
“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenas noches!”, dice León XIV y ellos responden con aplausos y manos en el aire. “Sé que detrás de lo que puede verse en una visita breve hay años de fidelidad”.
Un hombre levanta el teléfono y en la pantalla aparece una mujer con una toalla en el pelo que se tapa el gesto de la boca cuando ve aparecer al papa en su teléfono. Cerca de ellos, una casa de paredes de lambriz donde los atiende emocionada una mujer rubia
Entre los temas que el pontífice abordó en su discurso, se refirió al avance de la secularización y la “indiferencia religiosa cada vez más extendida” en el mundo. “En muchos lugares la fe ha dejado de transmitirse con la naturalidad de generaciones anteriores”, sostuvo. Y quienes se reúnen en esa esquina bajo la luz blanca de la pantalla que transmite la vigilia, no son enteramente católicos. Hay personas que perdieron la fe, personas que nunca la encontraron ni la quisieron buscar. Están quienes se acercan casualmente para ser testigos de la historia entre los que reciben la palabra de su líder espiritual. “Ustedes pueden despertar en ellos la búsqueda de Dios”, expresó el papa durante la ceremonia.
Solo el sonido agudo de las hamacas infantiles corta el silencio de la oración que comienza entre la gente. Hay quienes rezan con ojos cerrados y manos abiertas, mientras otros se quedan en un respetuoso silencio.
Dos señoras de bastones se levantan después de más de cuatro horas esperando la palabra del papa. Cierran la silla playera y la ponen debajo del brazo mientras se pierden entre las calles de Parque Batlle. En ese mismo lugar un grupo de adolescentes pasa saltando y cantando: vengan todos que les anuncio una gran alegría.
Un hombre solo se tambalea entre la gente sin respuestas. Con los championes gastados y las manos sucias, pide un cigarro, un peso, una palabra. Pide acercarse a la valla que poco a poco va quedando vacía y mientras la multitud se mueve a su alrededor, es el único que todavía espera para con la esperanza de verlo pasar. Pero ya se fue.