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Llegué a la puerta del juzgado de Crimen Organizado, ubicado en la calle Buenos Aires, a la hora 14. A esa hora, según la información que tenía, declaraba en el juzgado un director de Pluna Ente Autónomo. Me presenté ante los dos policías que custodiaban la puerta, les extendí la mano, pero no recibí el saludo de los agentes. Me dispuse a esperar, al lado de la puerta, a que saliera el declarante.

“No puede estar ahí”, dijo uno de los agentes. Raro. Los periodistas siempre esperamos en la vereda, al lado de la puerta, para dialogar con indagados, testigos, denunciantes, jueces y fiscales. “Tiene que esperar en la vereda de enfrente”, agregó. Crucé.

En la puerta se asomó la jueza Adriana de los Santos, encargada de la causa Pluna. Crucé la vereda para hablar con ella. “No puede estar aquí, ya le dije”, repitió el policía. “¿Por qué?”, pregunté. “Porque yo digo”, respondió. Crucé, sin poder hablar con la jueza.

Uno de los agentes detuvo entonces a un joven que pasaba por la calle, lo requisó, le pidió documentos, lo dejó ir. Luego intercambió sonrisas y codazos cómplices con su compañero. Comencé a fotografiarlos con mi precario celular.

Esta vez cruzó él. “¿Estás de vivo? Borrate de acá. Te quiero de la esquina para allá”, me dijo. “Estoy trabajando”, le aclaré, otra vez. “Borrate porque te llevo a patadas en el culo para la primera”, dijo desencajado”. “¿Por qué tampoco puedo estar acá?”, repregunté. Esperaba explicaciones, pero no llegaron. “Borrate te digo”, repitió. Me tomó del buzo y empujó. “Borrate porque te llevo a patadas en el culo para la primera”, amenazaba y empujaba una y otra vez, como un robot torpe pero efectivo. Y me fui.

Yo lo puedo contar. El pibe que requisaron, sin razón aparente, o con la intención de aplacar el tedio, no.

Sería bueno que alguien aclarara por qué los periodistas, de la noche a la mañana, no podemos estar frente al juzgado de Crimen Organizado, donde se investigan las causas más relevantes, desde Pluna hasta los delitos por narcotráfico y abuso de menores.
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