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Uruguay realiza grandes esfuerzos para mejorar su posicionamiento externo, pero en muchos países continúa siendo percibido como paraíso fiscal. ¿Cómo se puede corregir esa situación?

Uruguay en materia fiscal reaccionó en un comienzo con perplejidad por no terminar de comprender el fenómeno como de alta política exterior. Eso hizo que sufriera las consecuencias de ser reactivo, en vez de proactivo, perdiendo poder de negociación. No obstante, ha corregido el rumbo y hoy se encuentra en el mejor cauce hacia los estándares internacionales, ha salido de la lista gris y pasado a la segunda fase del Peer Review del Foro de Transparencia Fiscal liderado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Al día de hoy son pocos los países que individualmente desconsideran a Uruguay y, habiendo hecho correctamente los deberes desde el punto de vista multilateral, debe seguirse avanzando hacia el cumplimiento de los estándares y aprovechar esa recobrada buena reputación fiscal internacional para profundizar eventualmente esfuerzos bilaterales con aquellos países que aún no comprendieron nuestra nueva posición.

¿Uruguay debería insistir con integrarse a la OCDE? ¿Qué ventajas podría darle pertenecer a ese organismo?

He sido desde el año 2009 un defensor de esa idea, pues hemos visto la cara menos amigable de esa organización, y eso nos condicionó para no ver la buena. La OCDE es hoy el foro técnico mundial por excelencia, que reúne más del 80% del comercio y la economía mundial, y desde donde se diseña y diseñará la arquitectura económica global. Es una institución de avanzada y para Uruguay sería un enorme avance converger hacia sus estándares, que van mucho más allá de lo fiscal y se destacan precisamente en aspectos clave para que alcancemos a mediano plazo un desarrollo sostenible y equilibrado: modernización del Estado y buen gobierno corporativo, educación, medioambiente y competencia. A mi juicio, además, en el caso de Uruguay, esto es crucial por factores internos y externos. Internos porque, como le sucedió a la Concertación en Chile, puede servir a un gobierno de centroizquierda para emprender reformas modernizadoras conteniendo radicalismos ideológicos, aprovechando el marco de una institución de prestigio como la OCDE, muy distante de otras más desprestigiadas como el FMI o el Banco Mundial (BM). Y en lo exterior, pues la OCDE ha probado, a través del sistema de la presión por los pares y el name and shame dar una buena coercitividad o enforceability incomparables en el derecho internacional público, es decir, que los cambios se produzcan. Pensemos todos los cambios que Uruguay tuvo que introducir en materia fiscal, ¿cómo sería si esa misma presión existiera para cambios positivos e imprescindibles en educación, medioambiente y reforma del Estado, para empezar? Esta es una decisión determinante para Uruguay. Claro que debe verse este camino con realismo, es complejo, pero Chile lo logró, y Colombia acaba de ser invitado a ingresar. Como dijo con su proverbial brillantez Winston Churchill, “el pesimismo es la inteligencia de los pusilánimes a diferencia del optimismo que representa el coraje de los inteligentes”.

¿Se hizo bien en ceder a las presiones de la OCDE, teniendo en cuenta que se negoció por presión de Argentina que hoy no tiene un buen posicionamiento dentro de ese organismo?

Para un país con el peso geopolítico de Uruguay, resultaba imposible no acompañar una corriente internacional consolidada hacia los estándares internacionales fiscales. El caso de Argentina es singular, y seguramente si Uruguay hubiera sido en su estrategia proactivo y más hábil al entender este asunto como uno de alta diplomacia, sus condiciones de negociación hubieran sido mejores. Pero el resultado no fue el peor, en esas condiciones, pues el acuerdo es más protector de los intereses de Uruguay que el propio estándar OCDE. El problema es que este asunto parece reflejar dos visiones distintas en la conducción de nuestra estrategia nacional: una reconoce las presiones como inexorables y cuida nuestra reputación cediendo lo mínimo posible para mantener inversiones, y otra aprovecha, paradójicamente, las presiones externas, para cumplir con demandas ideológicas históricas. Sin hacer juicio de valor, tener dos visiones diferentes ya es mala noticia en un asunto tan sensible que exige una política de Estado.

¿Qué opciones debería explorar Uruguay para saltearse el Mercosur y acercarse a otros procesos de integración, como es el caso de la Alianza del Pacífico?

El Mercosur es otra realidad inexorable para Uruguay, por su condicionamiento geopolítico. Pero ello no debe implicar ni autocensura ni cerrarse a otras oportunidades. Por eso, no puede pensar en “saltearse” al Mercorsur, sino en forzar todos los caminos institucionales, aprovechando con habilidad diplomática otras alianzas y el déficit funcional del Mercosur. Sumarse a otros proyectos multilaterales y a otras relaciones comerciales bilaterales es excelente noticia, cuando esas oportunidades realmente existen. Y, entre tanto, convivir con nuestros grandes vecinos, que siguen siendo cruciales en nuestro desarrollo. El problema, de nuevo, es que este camino de la integración no debe ser ideológico, sino de acuerdo a intereses.

¿Se puede jurídicamente integrar la Alianza del Pacífico u otro bloque siendo parte del Mercosur?

El camino debe explorarse, pues es un bloque muy atractivo, que además denota la vinculación con procesos de convergencia como el de la OCDE (México y Chile son miembros, Colombia fue invitado y Perú ha expresado su interés). Son países de punta, con alto desarrollo. Uruguay ya tiene acuerdos comerciales bilaterales con ellos, requisito para la Alianza, y existen caminos a explorar dentro del Mercosur para que no haya obstáculo. El obstáculo principal será, más que jurídico, político, de los grandes vecinos, históricamente más proteccionistas y recelosos al libre comercio internacional, por buenos motivos que Uruguay no tiene.

¿Ve posibilidades concretas de un acercamiento de Uruguay a EEUU, teniendo en cuenta la resistencia que existe en el Mercosur a avanzar en ese sentido?

Definitivamente, Uruguay, como sucede con la OCDE, puede resultar atractivo políticamente para las naciones centrales, a pesar de su dimensión. Y no se trata de ser utilizado, pero sí de aprovechar oportunidades en interés nacional; de esto se trata la política exterior, realista, porque las naciones no son malas o buenas, sino sus individuos, y en ello ni nuestro país ni nuestra región deben sentirse superiores a nadie. En su día, resultaba dudoso que Uruguay tuviera la potencia institucional para sumarse a una discusión profunda con EEUU, pero hoy es otro el escenario, y una convergencia hacia la OCDE también podría dotarnos de herramientas institucionales para recorrer ese camino.
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