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"Tiene un perfume grato al oído la palabra dandy”, dice Horacio Ferrer con su hablar pausado, su sonrisa, una flor roja enganchada en su camisa color mostaza y un aura de felicidad entre bohemia y refinada. Quizá ese vocablo inglés le resuene tanto porque pocas palabras parecen ajustarse más al propio Ferrer. A sus 80 años, el poeta transmite una energía especial, como si a través de su voz se filtrara el tarareo tanguero de su padre al afeitarse, las tardes recitando junto a su madre, las noches de bohemia junto a Goyeneche y Troilo, las madrugadas en las que los semáforos parecen dar tres luces celestes.

Hijo de padre uruguayo y madre argentina que era sobrina bisnieta de Juan Manuel de Rosas, aquel poeta que revolucionó el tango junto a Astor Piazzolla con su recordada Balada para un loco, el uruguayo que fundó al otro lado del charco la Academia Nacional del Tango de la República Argentina, el autor de libros, discos, obras musicales, el eterno enamorado de Lulú, está a punto de cumplir un proyecto largamente esperado. Se trata del estreno de la obra Dandy, el príncipe de las murgas, que mezcla Hamlet de William Shakespeare con el carnaval montevideano, “ópera” que se presentará del 26 de enero al 5 de febrero en el auditorio del Sodre.

La obra, escrita por Ferrer y con música de Alberto Magnone, llega a cartel más de una década después de que el poeta tuviera la idea, luego de que falleciera Gustavo Nocetti, quien iba a ser su protagonista, y de que el espectáculo se cancelara en 2007, cuando estuvo a punto de estrenarse. Parte de estas dificultades radican en lo ambicioso del proyecto: cuenta con un nutrido elenco encabezado por Pinocho Routin y entre los que se encuentran nombres como Rubén Rada, Tabaré Rivero, Martín Inthamoussu, Andrea Salazar y Tabaré Leyton, además de la participación de un coro murguero, el Coro Upsala y una banda de siete músicos en vivo.

“Me apasiona escribir, es algo que vive en mí y que es una ilusión siempre, una esperanza de hacer algo contundente. Acá lo vengo logrando, vamos a ver si el público me dice que sí”, declara el poeta, nacido en Montevideo y radicado en Buenos Aires, en una de las salas de ensayo del Sodre, mientras del otro lado de la puerta los actores que darán vida a sus palabras realizan las pruebas de vestuario y maquillaje.

¿Cómo se le ocurrió mezclar a Shakespeare con el carnaval montevideano?

Yo soy un mezclador nato. Me gusta contrastar las cosas y he hecho mucho en el tango con el maestro Piazzolla, siempre tratando de mezclar lo popular con lo más culto y ahora surgió la posibilidad. Ruperto Long nos ha ayudado mucho para la producción y el entusiasmo de hacer una ópera. María de Buenos Aires fue una operita, el nombre se lo puso Piazzolla, que me dijo “no pongamos ópera porque se van a pensar que estamos pillados”, pero acá esto va a ser una ópera con todo. Nos pusimos a trabajar con Alberto (Magnone). Me lo presentó Gustavo Nocetti, un cantor maravilloso que iba a hacer el personaje principal, pero se mató en un accidente, una cosa tremenda. Después recomenzamos la idea, pero no encontraba la manera de financiarla porque era un proyecto bastante importante y bueno estamos ahora al borde del estreno.

¿Qué puntos hay en común entre ambos mundos?

La idea shakespeariana es que Hamlet es un hombre melancólico, dubitativo –to be or not to be– y noble. Con el personaje ya puesto conversé con Alberto Magnone, a quien invité a la Academia Nacional del Tango en la República Argentina, que presido, a una exposición sobre música popular en Montevideo. Ahí empezó a gestarse esta idea de hacer una obra con un personaje que fuera como un Hamlet montevideano.

¿Qué diferencias ve entre porteños y montevideanos?

Buenos Aires es “tirate un lance”. Ahí no hay dudas, para mal o para bien es así.

¿Hay planes de presentar la obra en Buenos Aires?

Ya hablé con el director del (teatro) San Martín para llevarla este año mismo. Además, en Buenos Aires las murgas uruguayas tienen mucho éxito, Agarrate Catalina por ejemplo.

¿Cómo fue su primer acercamiento al tango?

En la familia había varios tangueros, tenía un tío ingeniero que era muy de los cabarets, era un hombre espléndido y muy ilustrado, aprendí mucho con él. También en mi casa papá cantaba mientras se afeitaba (tararea el tango Amurado) y teníamos un tío porteño, hermano de mi madre, que cuando no escuchaba las óperas del Colón por la radio del Sodre, sacaba la guitarra y cantaba tangos. Yo me fui enfermando con el tango desde chico. Me encantaba el lunfardo que aparecía en los tangos y me gustaban las melodías. Después poquito a poco fui a los cafés y luego conocí a los grandes tangueros que me adoptaron, como Troilo y Piazzolla, con el que colaboré muchos años hasta su desaparición. Después me puse a estudiar el tango y fundé una institución que se llamaba El Club de la Guardia Nueva. Era en Soriano casi Minas. Piazzolla decía que debíamos decir Señoritas, no Minas (se ríe); Soriano y Señoritas... Estaba con las cumbres del tango, era amigo de Roberto Goyeneche y de otros tanguistas. Mientras, estudiaba mi carrera de arquitecto.

¿Terminó la carrera?

Con todo lo que me gustaba, un día le dije a papá: “Mirá no voy a estudiar más, lo siento porque uno de tus sueños es verme con una graduación pero yo me voy a graduar en otra cosa, te prometo”. Y fue algo fantástico y muy emocionante porque a raíz de la instalación del Museo Mundial del Tango, en la Academia que presido, me hicieron arquitecto honorario de la Sociedad Argentina de Arquitectos.

¿Cómo fue que no se decantó por la música y sí por la poesía?

Mi mamá era discípula de Alfonsina Storni, que era profesora de declamación, en una Buenos Aires bastante pretérita. Yo aprendí a recitar con mi mamá y sigo recitando como profesor, me gusta recitar mis propios versos. Es una reedición de los poetas que decían sus propios versos en los caminos, en los boliches y en los teatros.

¿Cuán posible ve que alguien tenga como oficio la poesía en la actualidad?

Son decisiones. Nosotros en la Academia Nacional del Tango tenemos un curso de letrística, porque ser letrista se hace, pero ser poeta se nace. Uno puede aprender a escribir letras de canciones, pero escribir una poesía implica otra ilusión. Lo parecido a la poesía es la música. Es una propiedad del aire, es lo que transita por el aire.

Ya que habla de la similitud entre la poesía y la música, ¿cómo fue su trabajo con Piazzolla?

Me gustaba mucho la música de él y a él le fascinó mi poesía. Yo hice un libro que se llamaba Romancero canyengue y se lo mandé y él me dijo: “Vos escribiendo poesía hacés lo que yo hago con la música, desde ahora tenés que escribir conmigo”. Y yo, modestamente, empecé escribiendo una obra de una hora, se la llevé un día y le dije: “Acá tenés”. Y se emocionó.

¿Hay alguna otra persona con la que disfrute trabajar tanto como con Piazzolla?

Sí. Alberto Magnone y Raúl Garello son dos músicos que me han inspirado y me han permitido colaborar con ellos.

Hace poco estuvo mal de salud. ¿Cómo está ahora?

Por suerte muy bien, tuve un ángel al lado mío, que es Lulú. Hace 33 años que estamos juntos, hemos viajado por el mundo, hemos sufrido, me ha atendido porque estuve muy mal por una caída, tengo una canaleta acá en la cabeza, pero fuimos sorteando las cosas y recuperándonos.

¿Qué pensaba en esos momentos?

Yo soy un tipo muy optimista, siempre pienso que va a venir lo mejor, nunca me he entregado a pensamientos negativos, yo amo mucho la vida, el amor, los amigos y lo que hago.

¿Escribe todos los días?

Sí, porque yo escribo casi de memoria. Creo que el escribir es una sinfonía de muchos movimientos que no se termina nunca.

¿Cuál es el trabajo del que se siente más orgulloso?

Los versos que le hice a Lulú, que están hechos con el corazón puro, no hay ningún deseo de lucimiento, sino de llegar con un mensaje de enamorado. Están publicados en un libro que se llama Megamor.

¿Cómo conoció a Lulú?

La conocí en el café La Poesía, porque ella es pintora y estaba colgando una exposición. Yo vi de afuera que había una pintora que me pareció muy linda y me metí. Y me dijo: “No solamente estoy colgando unos cuadros sino que hay varios retratos suyos, porque yo pinto y pienso en usted”. Me quedé patidifuso cuando me dijo eso y desde ese día no nos separamos nunca más. Yo tenía un Mehari anaranjado y le dije: “Te invito a dar un paseo por Buenos Aires hasta que dure”, y ahí nos conocimos y nos enamoramos y yo me quedé loco con ella.

¿Tiene hijos?

Decidí no tenerlos cuando era niño porque a los hijos hay que educarlos y yo nací para vivir de noche, para ser medio bohemio.

¿Sigue viviendo en el Alvear Palace Hotel?

Desde 1968 que vivo en el hotel. Fui un día a hacer una entrevista a Joan Manuel Serrat y me gustó el lugar y dije “algún día voy a vivir acá”. Un día se dieron las cosas y compré una habitación de 20 metros cuadrados y luego una en el octavo piso, de 35 metros cuadrados, con una vista a toda la costa de Colonia.

¿Que extraña de los tiempos en los que era joven?

Cada época de la vida tiene sus encantos, sus problemas, sus enfermedades, sus prerrogativas y sus premios. Todas las edades de la vida tienen todo eso y por suerte estamos vivos.

¿Con qué versos definiría su vida?

Nací en Montevideo y fue a media mañana. Mamá tan porteña, papá tan oriental. Renacido en el medio del Río de la Plata, me acunó en sus milongas la noche tutelar. Moriré en Buenos Aires.
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