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Ana le puso Paspol, porque la bebé tenía la colita paspada y se acostaron todos a dormir. Ella, su marido Washington y la pequeña Caterine, de 10 meses, en la cama grande; Natalia de 8 años y Victoria de 6 compartían (y lo siguen haciendo) la cama de una sola plaza. No por fraternidad, sino por carencia.

Al otro día, Washington se fue a su trabajo en el cuartel, donde hace cuchillos y sables decorativos. Cuando Ana se despertó aquella mañana, notó que a Caterine le costaba respirar. Llamó a Washington pero él no atendió el celular; corrió hasta lo de una vecina y desde ahí llamó a Salud Pública, pero no la atendieron. Probó con el 911 y tampoco. Finalmente tuvo suerte en la comisaría del barrio. Un patrullero salió hacia el ranchito del barrio Nueva Quinta y los llevó a la policlínica de Capitán Tula. Sin embargo, una hora después el mismo patrullero se llevaba a Ana Freire, de 30 años, y Washington Velázquez, de 40, esposados rumbo a la comisaría. Eran sospechosos de haber violado y matado a su hija. Los informativos de televisión los expusieron y mostraron la casa donde vivían, que fue invadida luego y saqueada por una turba de vecinos.

Quien diagnosticó que la criatura había sido violada fue una pediatra de salud pública. Dijo que cuando la madre llegó corriendo con su hija en brazos, la beba ya estaba muerta. Revisó el cuerpito y creyó encontrar semen entre las nalgas además de una presunta dilatación anal. Aquel 16 de junio de 2009 a Washington y Ana se les murió una hija y tuvieron que llorarla encerrados en un calabozo.

Washington dice que le dijeron que era “el sospechoso número uno”. A Ana, su mujer, le preguntaron si tenía un amante. Ella dijo que a su casa solo entraba el hermano de Washington, tío de las nenas. Y Walter Velázquez pasó a ser sospechoso.

Dos años y medio después, la pareja recuerda aquella noche: mientras intentaban asimilar la muerte de su bebé, Ana desconfiaba de su marido y él de su hermano. La Policía los acusaba a ambos.

La noche que los hermanos Velázquez y Ana Freire estuvieron detenidos en la seccional 17, los policías le dijeron a Ana que su marido ya había confesado y a Washington le plantearon una oferta: si él confesaba, le darían un mejor lugar de reclusión en la cárcel, lejos de los que saben cómo darle la bienvenida a los violadores. “Yo le eché la culpa a él”, dice Ana, y mira de soslayo a su marido. “Me llenaron la cabeza con que había sido él y pensé que podía ser así”. Washington se defiende: dice que entendió que su mujer pudiera pensar eso, porque estaba alterada por el hecho.

El día que los llevaron esposados, otro móvil fue a buscar a Victoria y Natalia, que habían quedado al cuidado de una amiga. Las llevaron a un baño, les bajaron la ropa y las revisaron para comprobar que no habían sido violadas. Las niñas dicen que no se acuerdan de nada. La autopsia del forense Guillermo López fue determinante: el cuerpo tenía los genitales sanos y se apreciaba crema entre labios y nalgas.
A dos años y medio del episodio, Washington dice que en el barrio no lo tratan bien. Él los ayudaba a hacer planchadas y erigir viviendas junto a su hermano, pero lo dejaron de llamar. “Hablan por lo bajo, señalan con el dedo, como que te miro y no te miro”, apunta. A la mujer de Walter, el hermano, una vez en un almacén, le dijeron que su marido era un violador. “¿Vos cómo sabés eso?”, le preguntó la esposa. “Porque lo vi en la tele”, contestó.
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