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Un año después de que el barco de ganado de exportación en pie en el que trabajaban Nicolás Achard Muñoz y otros tres uruguayos se hundiera frente a las costas de el Líbano, el veterinario decidió volver a embarcarse. Su madre no lo podía creer y su novia rastreaba frenéticamente la trayectoria del buque en internet. Pero él no encontró mejor manera de ganarle al miedo que volver a las aguas de Medio Oriente en las que el buque Danny FII naufragó el 17 de diciembre de 2009. En aquella ocasión la fortuna los acompañó a él y a los otros tres uruguayos que viajaban junto a 82 tripulantes más. Otros 40 marineros no tuvieron la misma suerte.

El barco –de 13 pisos y capacidad para 28 mil animales– llegó a destino dos días antes, pero como el puerto estaba lleno tuvo que esperar en alta mar. Alrededor de las 16.30 del día 17, en medio de una fuerte tormenta, Nicolás y sus compañeros se encontraban controlando el ganado cuando escucharon cómo los animales comenzaban a caer en los pisos superiores. Rápidamente subieron y se encontraron con una tripulación en estado de shock y el barco semihundido.

Una mala maniobra para deshacerse de las toneladas de materia fecal de los animales fue una de las causantes del hundimiento.

Cuando la noche anterior a la tragedia, Nicolás –por entonces de 35 años– y sus compañeros miraron Titanic, nunca pensaron que en menos de 24 horas la película podía ayudarles a luchar por sus vidas, ya que cuando el barco se empezó a parar de punta los uruguayos decidieron saltar del buque. Frente a olas de cuatro metros, Achard nadó 40 minutos hacia un bote salvavidas que se había desprendido. La lluvia y el viento invernal lo acalambraban; el agua teñida de negro por el fuel oil vertido le daba vómitos. Los que habían podido salir del barco luchaban por sus vidas de la forma en que podían: un paquistaní lo hacía agarrado de la cola de un novillo que nadaba. Nicolás llegó al bote inflable y luego subió a dos filipinos que flotaban en el mar.

“Quería aguantar toda la noche porque iba a ser más fácil que nos vieran. No podía creer que iba a morirme en el mar solo y sin poder hacer nada. Pensaba en mi padre que falleció y decía ‘papá, dame fuerzas para aguantar’. Sabía que si me dormía no me despertaba más”.

Tras ocho horas y al borde de la muerte, un barco de guerra italiano de Naciones Unidas los rescató. La odisea no terminó allí. Los llevaron a el Líbano, donde aguardaron días haciendo gestiones. Una tormenta de nieve los dejó varados en Alemania y un temporal impidió la salida del vuelo de Buenos Aires a Montevideo. Les ofrecieron atravesar en barco el Río de la Plata, pero no les pareció una buena idea. Llegaron a Uruguay el 24 de diciembre. Ninguno de ellos recibió indemnización por el accidente. “Te contrataban de palabra, todos se lavaron las manos. Hay familias desesperadas porque nunca se comunicaron con ellos”, señala.

Nicolás ha decidido permanecer en tierra. Vive en Carmona, Soriano, y trabaja de forma independiente en diversas estancias. Tras la tragedia, asegura que ha cambiado. “Lo que pasó me enseñó a no hacerme mala sangre por pequeñeces. De un momento a otro podés desaparecer”, afirma. Cada 17 de diciembre, los cuatro uruguayos se juntan a celebrar la fecha de su “nuevo nacimiento” compartiendo un asado. Al poco tiempo de volver, Nicolás le pidió casamiento a Silvana, quien no puede dejar de llorar aún hoy hablando del accidente de su marido. Dos de los otros supervivientes enseguida se convirtieron en padres. “Es como que te pega un sacudón y te hace apurar”, bromea Nicolás.

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