“Los desbalances no asustan a los inversores pero perjudican al país”
Ernesto Talvi sostiene que "el equipo económico debe retomar el control de las políticas macroeconómicas"
En un contexto de abundantes capitales y un panorama más auspicioso en el plano internacional, el peligro para Urugauy no es que la inversión se detenga, sino por el contrario, que la afluencia de capitales liquide la competitividad y deje a la economía uruguaya sin su principal motor de crecimiento de largo plazo, que es el comercio exterior.
Esa fue la evaluación del economista Ernesto Talvi, director académico del Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social (Ceres), en entrevista con El Observador. El experto señala que los “desbalances” en la gestión macroeconómica obligan a una apreciación de la moneda mayor que en los principales socios comerciales.
Desde un punto de vista político, esos desequilibrios son atribuidos por Talvi a que el equipo económico, conducido por el ministro de Economía, Fernando Lorenzo, “perdió la batalla por el gasto público y los salarios”, y que para zanjar los desbalances, “debe recuperar el control de las políticas macroeconómicas”.
¿Qué nos depara la economía mundial para 2013? ¿Hay una luz al final de este túnel?
Todo indica que la economía mundial empezó a mejorar desde mediados de 2012. Eso se está viendo en una suba de las bolsas, una baja del riesgo país para la gran mayoría de los emergentes y una aceleración del ritmo de crecimiento económico, que se había enfriado muchísimo desde mediados de 2011. La razón fundamental por la cual hoy podemos ser moderadamente optimistas, es que por primera vez en Europa se toman una serie de medidas que apuntan a una solución de fondo a la crisis de la eurozona. Pero la situación es delicada y todavía cabe preguntarse si esto no es demasiado poco y demasiado tarde.
¿Cómo repercute ese cambio en las perspectivas globales, en las expectativas sobre la economía uruguaya?
En un escenario en el que la situación en Europa sigue gradualmente distendiéndose, lo que vamos a ver –y ya estamos viendo– es una fuerte afluencia de capitales que habían disminuido notoriamente en el período de enfriamiento. Vamos a ver fuertes presiones para apreciar el tipo de cambio y una aceleración en el gasto interno: el consumo y la inversión. Como resultado de eso, el crecimiento se va a acelerar.
¿En qué posición está Uruguay de cara a esa recuperación de la confianza a nivel global?
Uruguay está bien ubicado y eso contrasta con la situación de Argentina, que durante el período en que la situación global se hizo más compleja, tomó una serie de medias heterodoxas que destruyeron la confianza. Ahora paró de caer, pero no se está recuperando. En cambio, Uruguay está bien posicionado, pero enfrenta algunos desbalances en materia de gestión macroeconómica que pueden, en un escenario positivo, producir un deterioro de la competitividad mucho mayor del que sería necesario.
¿A qué se refiere cuando habla de “desbalances en materia de gestión”?
A partir de octubre de 2011, el gasto público empezó a acelerarse de manera atípica, en un momento en el cual la recaudación no creció mucho. Pasamos de un equilibrio fiscal a un déficit de 3% del PIB, cuando la economía está creciendo a lo que el gobierno reconoce que es su tasa potencial, de 4%. De ser así, deberíamos tener equilibrio fiscal. Al mismo tiempo, la política salarial por primera vez, también a partir de octubre de 2011, empieza a despegarse de los fundamentos económicos.
¿Se trata de una desviación muy significativa?
En el caso de los salarios, todavía no. Es una desviación incipiente. La pérdida de control más importante se produce sobre el sector público.
¿Existe hoy un margen real para hacer frente a esos desbalances, y en particular a la inflación?
En el corto plazo, el gobierno tiene poco margen. Estamos en un brete. Durante todo el proceso de enfriamiento, el Banco Central de Brasil bajó la tasa de interés de referencia, mientras que el Banco Central del Uruguay la tuvo que subir. Por ahora se va a controlar la inflación tapando aquí y allá: dejando que el tipo de cambio se aprecie más de lo necesario, pidiendo a los supermercados que no aumenten los precios, rezagando el ajuste de tarifas, toqueteando el Imesi. Eso a la larga no da resultado y contribuye a crear una sensación de que uno anda medio desesperado y que está dispuesto a hacer cosas que normalmente no haría. Lo sensato sería rebalancear las políticas, pero para eso se necesita que el equipo económico retome el control de las políticas macroeconómicas. Lamentablemente, el equipo económico actual, que es serio y técnicamente muy calificado, está sumamente debilitado. Tenemos que apostar a que la distensión internacional siga, que los precios de los commodities suban, que los capitales vuelvan en masa y que el resto del mundo nos ayude –por la vía de un crecimiento mayor al que se está previendo en estos momentos–, a recuperar los balances que perdimos por cuenta propia.
El gobierno argumenta que el efecto de una baja del gasto sobre la inflación sería muy limitado y que, por el contrario, tendría un efecto considerable a nivel social. ¿Usted qué opina?
Nosotros no estamos diciendo que el gasto público afecta la inflación. Estamos diciendo que tener una política fiscal expansiva en un momento en que hay presiones para apreciar el tipo de cambio, obliga al Banco Central a deteriorar la competitividad más de lo que sería necesario para proteger el objetivo inflacionario. Los países que en épocas de boom tienen una política fiscal más acorde con las circunstancias, han logrado tener apreciaciones mucho menores que las que tuvo Uruguay.
¿Es una discrepancia de carácter técnico? ¿Hay realmente dos visiones dentro de la academia sobre el manejo de la política fiscal?
Sinceramente, creo que no. En mi opinión, el equipo económico no hubiera querido tener este deterioro fiscal que se produjo a partir del desborde del gasto público. Hubiera querido ver una política salarial más prudente, hasta que se acaben los nubarrones en el panorama internacional. Yo no creo que haya una discrepancia técnica, creo que simplemente el equipo económico perdió la batalla del gasto público y la de la negociación salarial. Y como perdió la batalla y es parte de un gobierno, en el que sabe que va a ganar algunas y perder otras, en las batallas que pierde termina justificando lo injustificable. Es parte de un gobierno y yo lo entiendo; si yo estuviera en el gobierno probablemente haría lo mismo. Pero como no estoy, tengo el derecho y el deber de señalar que hay desbalances que no deberían estar ocurriendo en momentos en que el país está perdiendo competitividad a pasos acelerados.
Sin embargo, esos desbalances no parecen impactar en las decisiones de inversión. De hecho, los industriales esperan aumentar 28% sus compras de maquinaria y equipos en 2013. ¿Cómo se compatibilizan las decisiones del sector privado con la advertencia que usted señala?
La crisis del sector privado hizo que el capital y los recursos financieros sobren. Hay un montón de capital barato y a disposición de las economías emergentes, que fluyen a raudales excepto en los períodos en que se produce una sensación de turbulencia global. Por eso a mí no me sorprende la llegada fuerte de inversión. Es más, es eso lo que produce la apreciación del tipo de cambio. Lo que tenemos que lograr aquí es balancear las cosas, no por temor a que de golpe las inversiones dejen de llegar. Porque nosotros no estamos haciendo barbaridades. Los desbalances macroeconómicos no asustan a los inversores, pero perjudican al país. Las locuras sí los asustan, como en Argentina y Venezuela –Uruguay no está ni por asomo en esa liga–. Pero vamos a terminar deteriorando la competitividad en mucha mayor medida de lo que sería necesario, perjudicando a sectores exportadores, que son la base del dinamismo y de las posibilidades de crecimiento de toda economía.
Ese desbalance en el plano fiscal, ¿no trajo aparejada una mejora en las condiciones de la población y las capacidades competitivas, como aduce el gobierno?
Tenemos una bonanza formidable, como no hemos tenido desde la Segunda Guerra Mundial, pero no hemos hecho nada para poder tener capacidad de vuelo propio si esta bonanza, hoy circunstancial, desaparece. El gasto social aumentó y estoy de acuerdo con eso. Gastamos mucho en salud, educación y seguridad, ¿pero con qué resultados? La calidad promedio de la educación en el país empeoró y en mayor medida en los contextos socioeconómicos más desfavorables. Por ende, Uruguay es el país que menos progreso ha mostrado en América Latina en la productividad de la mano de obra en los últimos ocho años. En aquello en que se debió haber gastado, como la infraestructura, el aumento fue solo de 12% en términos reales. ¿Va a dejar de llegar inversión para hacer un pozo gigante en el medio del campo y extraer mineral de abajo de la tierra? ¿Va a dejar de llegar inversión para perforar el subsuelo y que salga un líquido negro? Por supuesto que no. El capital es muy barato y de golpe encontramos recursos naturales que no sabíamos que teníamos. Pero la inversión que yo quisiera que llegue es aquella que apuesta a la inteligencia de todos los uruguayos, a venir acá y emplear trabajadores formados, educados, para producir bienes y servicios complejos, que es lo que caracteriza la producción de los países desarrollados, que incorporan tecnología, diseño, marketing y creatividad. Estamos gastando muy mal los recursos y no estamos creando las condiciones para, en el futuro, tener capacidad de vuelo propio.