“No viví frustraciones porque no tuve tiempo”
Terry Johnson invirtió US$150 milones en el frigorífico BPU de Uruguay; ahora se dedica a ayudar con el boxeo
“¿Cómo están? Buenos días, bienvenidos”, pronuncia con voz grave y en un inglés bastante cerrado el empresario Terry Johnson al recibir a Café & Negocios en su frigorífico de Durazno. Nacido en los suburbios de Londres hace 64 años, Johnson comenzó a repartir carne en esa ciudad cuando era adolescente. Hoy, es uno de los hombres más ricos de Gran Bretaña, aunque no lo aparente. Es de perfil bajo, serio pero con sentido del humor, su trato es siempre de igual a igual, y se esfuerza en hablar lento para que se le entienda.
Es dueño del frigorífico Breeder and Packers Uruguay (BPU), ubicado en Durazno, donde lleva invertidos US$ 150 millones. La construcción comenzó hace tres años y estará pronto en octubre, pero la planta ya funciona. Hacía 50 años que no se edificaba un frigorífico desde cero en Uruguay.
Johnson aparenta menos edad. Es que siempre cuidó su alimentación y su condición de boxeador le ha permitido entrenar el físico y la mente. Alejado de la práctica profesional desde hace más de 20 años, practica ese deporte tres horas diarias y confiesa que sin él no hubiera tenido fuerza para impulsar negocios, respetarse a sí mismo y menos a los demás.
La pasión de Johnson por el ring es tal que esponsorizó a Chris Namús en los comienzos de su carrera, apoya al programa nacional Knock Out a las Drogas e incluyó en el frigorífico un enorme gimnasio con dos rings y aparatos de última tecnología para que los trabajadores tengan la oportunidad de ejercitarse. “La sala, además, está pensada para que jóvenes amateur del boxeo entrenen para postularse en las Olimpíadas del año próximo”, señala Johnson.
El anfitrión no acompaña a la periodista y a la fotógrafa a recorrer el frigorífico. Lo hace en cambio su mano derecha, el presidente de BPU, Roberto Palma. Afable y también sencillo, Palma cuenta que la planta tiene 40 mil metros cuadrados y actualmente procesa 500 cabezas de ganado por día, pero tiene capacidad para 2.000. El 70% de la carne, de raza Hereford y Angus, se exporta a Europa, EEUU y Canadá. En el momento, la empresa emplea a 350 personas, pero la idea es alcanzar las 800 en dos años.
Palma también muestra la guardería construida dentro del establecimiento, la cantina, los corrales, y un amplio campo donde se está construyendo una cancha de fútbol con gradas y vestuario incluidos. “Lo que más le importa a Terry es que la gente esté cómoda en el trabajo y que se levante con ganas de venir”, dice.
Finalizado el recorrido, Johnson se acerca y comenta, simpáticamente, que ahora sí tiene todo el tiempo del mundo.
Más que una historia
“Traigo varias mantas mejor, ¿no?”, bromea Johnson al ingresar a una sala de arquitectura minimalista, con amplios ventanales de vidrio, donde realmente hace frío.
Se sienta en la cabecera de una mesa de mármol. Está dispuesto a admitir que le avergüenza la suciedad de las calles de Montevideo, que su corazón lo tiene puesto en Uruguay –donde quiere dejar su huella–, y de confesar que su vida no tendría casi sentido sin el boxeo, pero antes prefiere hablar sobre los inicios de una historia con génesis en el esfuerzo: la suya.
Sus padres se dedicaban al rubro de la imprenta pero a Johnson nunca le interesó. Le gustaban los entretelones del mercado frigorífico y por eso, a los 15 años pidió trabajo en una empresa cárnica. Tras su insistencia, lo contrataron y durante dos años fue repartidor.
Paralelamente practicaba boxeo y cada vez que competía le pedía a sus profesores que si ganaba no le obsequiaran una medalla, sino electrodomésticos. “Quería venderlos para juntar dinero”, recuerda el inglés.
Cuando ahorró lo suficiente se largó por propia cuenta a comercializar carne. “Ya tenía contactos y muchos preferían comprarme a mí porque se entretenían con los cuentos del boxeo, que era el deporte más popular en ese entonces”, explica.
Y le fue mejor de lo que esperaba. A los 27 años construyó su primer frigorífico en Inglaterra, llamado Saint Marryn, que tiempo después se convirtió en el más importante de la industria. Tuvo 11 plantas en ese país y una en Portugal.
Hace ocho años vendió todo. Pensó que retirándose iba a disfrutar, pero se aburrió demasiado. Viendo que el negocio de la carne se complicaba en Europa, recaló en Argentina, donde compró el frigorífico en el que trabajaba Palma. Quería, además, armar un proyecto de cero en ese país, pero los problemas políticos y el cierre de las exportaciones en 2006, hicieron que aceptara una oferta por el frigorífico. Fue entonces que miró hacia Uruguay.
“Aquí hay estatus sanitario favorable y se prohíbe el uso de proteínas y hormonas en los animales. Además es un país libre de aftosa, con seguridad política y jurídica. Elegí Durazno porque sus campos son los mejores para conseguir ganado”, señala Johnson. A la hora de invertir también influyó la “unión” política del país. “No hay diferencias partidarias ni departamentales y eso no existe en otras regiones”, señala.
El objetivo de Johnson es desarrollar una cadena cárnica en función de la calidad y no del volumen, y asegura que Uruguay es el único lugar de Latinoamérica que lo permite porque es pequeño y con recursos 100% naturales.
El inglés no opina sobre la industria frigorífica nacional. “Sólo me ocupo de mi empresa”, sentencia.
Para Johnson, el clima de negocios en Uruguay es ideal. Lo negativo es que falta unión en el sector y más confianza en el productor. “Quiero transmitir los mismos valores a todos los trabajadores para formar un buen equipo. Y para eso es preferible enseñar de cero y no traer personal de otras empresas”, comenta.
A Johnson le molesta no poder vivir más de seis meses en Uruguay, porque todavía no se le ha otorgado la visa de residencia. Tampoco le parece justo que luego de la reforma tributaria le cobren impuestos por sus inversiones en el extranjero. Si eso no cambia, no está dispuesto a poner más billetes en el país. “Hace semanas, altas autoridades del gobierno nos dijeron que iban a solucionar ambas situaciones”, revela Palma.
Johnson es feliz. Confiesa que no vivió frustraciones porque no tuvo tiempo.
En el futuro se imagina junto a su mujer y su hijo de tres años, pero aún no sabe donde. “El tiempo lo dirá”, concluye.