Por eso, si bien el presidente Vázquez no se había manifestado en ningún momento sobre el TISA, todo el sistema político (incluido el Frente Amplio) interpretó que el mandatario defendía la presencia de Uruguay en esas negociaciones en procura de un acuerdo de libre comercio para los servicios.
Tanto fue así, que en la izquierda muchos tomaron como un desafío al presidente y sus aliados la declaración del sábado del Plenario del Frente Amplio. La pelota pasó al Poder Ejecutivo y Vázquez debía definir.
Pero antes hay que poner en contexto lo que sucedió. Fue el propio Vázquez quien le pidió al Frente Amplio su opinión. Y el presidente –salvo que haya cometido un error garrafal- seguramente imaginó que el resultado iba a ser este. Tal vez podía haber dudas sobre la contundencia de la resolución del FA o sobre cuantos de los representantes la votarían a favor y cuantos en contra.
Luego de llevar la situación hacia ese extremo, el presidente no tenía mucho margen de maniobra. O acataba la decisión del Frente Amplio que él pidió o terminaba de incendiar la pradera, en un contexto de mucha tensión en la izquierda.
Vázquez decidió darle la razón al FA y retirar a Uruguay de las negociaciones. En el medio sacrificó a sus dos principales ministros.
El canciller Rodolfo Nin Novoa se la había jugado fuerte. En su caso por mantenerse en las negociaciones hasta el final y luego definir si firmarlo o no. El argumento era razonable. El país no perdía nada en escuchar y en influir. Si el resultado no gustaba, siempre estaba a tiempo de no firmarlo.
El tono de Nin Novoa en este foro organizado por Somos Uruguay demuestra su posición.