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Los diagramas de Venn sirven para ilustrar distintas realidades en círculos y permiten entender, si se mira a la intersección entre ambos, lo que esas dos realidades tienen en común. Si se traslada a este tipo de esquemas la situación actual entre Israel y Hamas por Gaza, la realidad es desesperanzadora: apenas un punto –y uno poco central– es aceptado por los dos. Las exigencias de cada uno, en cambio, no podrían estar más alejadas.

Es la segunda vez que rige una tregua de 72 horas acordada por las dos partes en el conflicto que estalló el 8 de julio. Ayer fue el primer día de esta nueva etapa y se respetaba, con silencio de cohetes a un lado y al otro de la Franja. Los civiles volvieron a disfrutar en cierta medida su vida cotidiana, después de más de un mes de bombardeos y ataques que hicieron a los israelíes habitués de los búnkers de sus casas y a los gazatíes refugiados en casas de amigos o instituciones protegidas.

El silencio en torno a Gaza contrasta con el ruido que hay en El Cairo, donde se sostienen las conversaciones en pro de la paz. La semana pasada ocurrió algo similar y durante tres días las partes dialogaron en búsqueda de un acuerdo duradero, pero ninguna cedió en sus exigencias y el día que la tregua culminó, el viernes, Hamas retomó sus ataques hacia Israel, que respondió con los suyos. Son varios los elementos para pensar que esta vez ocurrirá algo similar.

Los reclamos de Hamas, asumidos por todos los palestinos debido a un acuerdo entre ellos, tienen su base en lo pactado por las partes a fines de 2012, cuando después de una operación militar israelí en Gaza sentaron las bases para un alto el fuego. Hamas denuncia que Israel no lo cumplió y reivindica los mismos parámetros: el final del bloqueo al ingreso de personas y bienes que rige con más fuerza desde 2007 y la liberación de 56 presos. Este punto es especialmente delicado, pues Israel había soltado a los detenidos pero en junio de este año los volvió a atrapar.

Además, Hamas reclama que se cumplan otras condiciones que ayudarían a su anegada situación económica, deprimida a causa del bloqueo y de la guerra. Con un puerto y un aeropuerto internacional tendría más posibilidades de importar y exportar algo y la ampliación de la zona habilitada para la pesca podría suponer un repunte de una de las principales actividades de la Franja. Según los Acuerdos de Oslo de 1993, Gaza tiene una zona de hasta 20 millas náuticas, pero por cuestiones de seguridad Israel solo permite llegar hasta las tres millas. Ahora los palestinos piden permiso para pescar hasta las seis.

Pero si se abren las vías para el ingreso de mercadería se cae en el riesgo de que vuelvan a ingresar armas y material para construirlas, y por eso Israel se niega de modo rotundo al cese del bloqueo. En todo caso, aspira a que otros países –o en última instancia la Autoridad Nacional Palestina, expulsada por Hamas de Gaza en 2007– se haga cargo del control de ingreso de bienes. En caso de que Israel acceda a la liberación de las fronteras, querrá buscar a algún país u organización que sea de su confianza y asuma eesa tarea.

Israel es un gobierno con gran preocupación por su seguridad y Hamas es un grupo extremista con poca disposición al diálogo. Los cabecillas del grupo han insistido en que no dejarán las armas –principal reclamo de Israel– y su líder Khaled Meshaal el domingo de noche se volvió a declarar inflexible en cuanto a su reclamo del desbloqueo.

Un buen trabajo de mediación egipcio podría por estas horas lograr que se fijen determinados acuerdos e incluso sentar las bases para el final del bloqueo a gaza y la desmilitarización de Hamas, los dos puntos principales. Pero aún así, los mediadores luego deberán buscar la manera de monitorear el devenir de los acontecimientos y la puesta en práctica de las medidas resueltas. De lo contrario, podría volver a ocurrir lo de 2012 y que al cabo de unos años los combates se resuman.

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