Cuesta ver en alguien que se expresa con la cadencia propia de sus 87 años a una persona que alguna vez fue expulsada de su país por ser considerada “altamente peligrosa”. Viuda de un militar y en plena dictadura chilena, su delito fue conseguir dinero de organizaciones internacionales y dárselo a familias de escasos recursos que tenían a su principal fuente de ingresos presa. Apresada, torturada, incomunicada y exiliada, Ángela Jeria de Bachelet se convenció de que debía denunciar la realidad y siguió peleando. Se acuerda por igual del hijo de un amigo de su marido que la apresó y del oficial que le dio un trato digno cuando más lo necesitaba. Hoy mira a su Chile como la madre de Michelle, la presidenta.
Vino a Uruguay para recibir el Premio Mons. Leonidas Proaño de la Asociación Latinoamericana para los DDHH. ¿Qué le significa?
Es un premio muy importante, se otorga en memoria de un gran defensor de los DDHH, especialmente de los de los indígenas de Latinoamérica. Él fue una persona muy respetable y es un honor para mí recibirlo. Pero además de estar muy emocionada me siento en el deber de decir que yo lo recibo en nombre de los cientos de chilenos y chilenas que durante la dictadura trabajaron en defensa de los DDHH, y también de los que murieron en esa lucha. También me siento en el deber de señalar que toda esta lucha no se habría podido hacer sin muchas organizaciones de DDHH que se formaron en Chile y con las que trabajamos. Nadie por sí solo es capaz de hacer una labor que merezca un premio de esta envergadura.
Fue inmediatamente después del golpe porque no estábamos acostumbrados en Chile a gobiernos dictatoriales y fue muy violento. Empezaron a morir y a desaparecer muchos de nuestros amigos, familiares. Por lo tanto, siento que uno no tuvo otra alternativa, se encontró en esa situación de tener que optar, no era cuestión de evaluar. Y cada vez se fue acentuando a medida que íbamos conociendo más atrocidades que se cometían.
En los primeros años trataba de hacer las cosas para que no se supiera. Intentaba apoyar a los compañeros de mi marido que estaban en la cárcel y dar cuenta de lo que estaba pasando, lograr saber de sus torturas para informar a los organismos de DDHH cuál era la verdad de la situación, porque eso no se sabía. Con la ayuda de embajadas amigas se sacaba la información.
Después que muere mi marido se intensificaron esas funciones. Curiosamente mi hija era miembro de las Juventudes Socialistas pero ninguna de las dos hablábamos de lo que hacíamos. Yo suponía que ella estaba en algo y ella también lo suponía. Nunca hablamos nada porque la comunicación era muy importante. Nadie sabía en qué momento lo podían detener y si era capaz de mantener el silencio. Y eso siguió hasta que en enero de 1975, dos años después del golpe de Estado, me detienen.
¿Cuál fue el argumento para detenerla?
Nunca lo supe hasta el día de hoy. Cuando pedí volver a Chile –estaba en EEUU y se produjo una amnistía en general– la respuesta fue a través de la embajada de Chile en EEUU. Dijeron que se me había arrestado porque yo era “altamente peligrosa”. Recién ahora tengo el decreto de expulsión por ser “altamente peligrosa para la seguridad interior del Estado”. No sé (se ríe).
¿Cuánto tiempo estuvo detenida?
Me detuvieron en mi casa y Michelle desgraciadamente estaba ahí. Tenía 42 años, me había jubilado y era abuela, pero había entrado en la Universidad e iba a dar el último examen de la carrera de Arqueología para licenciarme. Ese día volvía de la Universidad con dos nietos. Cuando entro a casa tocan el timbre y me encuentro justamente con el hijo de un general de aviación que cuando él tenía unos meses su madre fue con él a mi casa a verme cuando Michelle estaba recién nacida y a llevarme una tacita de plata con una cuchara. Y él me dice “Uy, señora Ángela”, y me dijo que quería entrar. Venía con otra persona y me dijo que lo acompañara a “dar un paseo”. Michelle se da cuenta de que nos van a detener y llama a un amigo y le dice que no se va a poder a juntar con él. Usaba palabras cambiadas, “ella” en lugar de “él”, o “¿te acuerdas de mi amiga que llegó de Dinamarca? Tenemos que estudiar...”. Dinamarca era la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional).
Me llevaron a Villa Grimaldi y pasó todo ese horror. Era un centro de detención, creo que dentro de todo fuimos mejor tratados que otros. Pero fue muy terrible. En los interrogatorios me daba cuenta de que no sabían qué preguntarme.
¿Cuánto tiempo estuvo ahí?
Estuve ahí ocho días en un cajón. No me dieron comida ni salía al baño, nada. Por unas rendijas podía mirar. Fue muy desagradable el trato en general: interrogatorios de 11 horas, tocaciones, golpes… Pero a los ocho días nos llevaron a Michelle y a mí, recién ahí la volví a ver y fue un alivio; e ella la tenían en una habitación con otras jóvenes y se oían los gritos… era algo de lo que a uno le cuesta mucho hablar. Pero cuando salí de ahí me convencí de que era necesario seguir luchando, que eso no podía suceder y que yo tenía toda la razón de estar en contra de esa situación. No sabía lo que iba a pasar, pero para mí eso no era importante.
De ahí nos llevaron a Cuatro Álamos, que era un centro de incomunicación que todavía no sé dónde queda. Nos separaron inmediatamente, supe después que a Michelle la habían liberado a los diez días, yo estuve un mes. Fueron unas condiciones de reclusión mejores pero en una celda que hubiera sido para dos personas y a veces éramos ocho, o dos; yo siempre dormía en el suelo. Desde entonces, me ha costado mucho comer porotos y lentejas porque era lo único que nos daban todos los días, en un jarro que sacaban de un tiesto. Tenía unas cosas rojas que debía haber sido ají picante. Eso era lo que comíamos, y un pan.
Me trasladaron a otra pieza y ahí estaba la hermana del presidente Allende, a la que liberaron al día siguiente. La impresión mía es que me trasladaron allá para que diera cuenta de que yo estaba, porque parece que ya la comunidad internacional estaba reclamando y Michelle se había movido con un pariente militar que ya estaba en retiro y que tenía compañeros en el ejército. Él habló con ellos, les pidió que me liberaran y consiguió que me “expulsaran” del país, también porque EEUU estaba presionando. Pero como no había decreto de detención, lo hicieron, y también el de expulsión.
Vendada, aparecí en Investigaciones. Ahí hay un hecho importante, porque me gusta destacar más este tipo de cosas:
Me llevaron a los subterráneos de ese edificio, donde estaban detenidas las redadas de la noche: prostitutas, alcohólicos, algunos criminales o ladrones. Era un espacio grande dividido por rejas. De repente pasa uno de los gendarmes, me mira a mí y al resto y dice “¿usted qué hace aquí?” “No sé, me trajeron”. “Venga, usted no puede estar aquí”. Me llevó con él y supe que era un gendarme de Investigación. Me preguntó, le dije quién era y respondió que vería lo que podía hacer. “¿Almorzó?” “No, no he comido nada desde ayer”, “Vuelvo”, y me dejó en su oficina, que tenía un escritorio y una especie de división que era una sábana que había puesto para dividir la pieza. Volvió con un pedazo de pollo con unas papas, fue la comida más rica que había comido en mucho tiempo. Y me dijo: “Averigüé y a usted la expulsan mañana del país. La mandan a Australia con su hijo. Pero yo no la puedo dejar abajo”. Corrió la cortina y había un colchón en el suelo. “Yo tengo un colchón para dormir, le ofrezco que duerma para la cabecera y yo duermo para los pies”. Acepté y me desperté a la mañana siguiente con las puntas de sus botas en mi nariz. Nunca he sabido quién fue y cuando hace dos años me encontré con el ex subsecretario de Investigaciones le dije que quería conocer a esa persona y darle las gracias, que nunca van a ser suficientes, porque él me devolvió la vida.
Le quiero agradecer a él y a otro que me llevó una vez al baño en Villa Grimaldi. Me dijo “Perdóneme, señora Ángela. Usted que tan bien sabe de las Fuerzas Armadas, también sabe que tenemos que obedecer”. Entonces vi que el ser humano existía. En esos lugares tan horrorosos la gente tenía capacidad de ayuda. Todavía me emociono.
Todavía no los he encontrado.
¿Cómo es ser madre de una presidenta? Dice que no tiene más trabajo que ese
Siempre ha sido así, la apoyé en el período de campaña y trabajé con ella. En cuanto al gobierno no tengo nada que ver, pero si necesita mi apoyo, yo estoy ahí y ella sabe, no necesita pedírmelo.
Las madres se preocupan por sus hijos. ¿Cómo lo vive usted, que tiene una hija con más responsabilidades?
La veo muy capaz. Sobre todo, confío porque ella es una persona muy honesta que no promete nada que no puede cumplir, que ella va a tratar siempre de cumplir y creo que la ciudadanía también lo entiende.
¿Cree que influyó como madre para que llegara a presidenta?
No creo que de modo tan directo como para ser presidenta. Pero mi marido y yo la formamos apoyándola y dándole todo lo que se puede como guía para que ella sea una persona que se preocupara por el país. Siempre mi principal preocupación fue el respeto por el ser humano, por la Justicia, porque nací en una familia de agnósticos donde nos enseñaron a creer en el ser humano y respetarlo, creer en la Justicia como una necesidad fundamental, a no mentir. Y eso es lo que le transmití a mis hijos con la idea de que fueran personas de bien hacia el resto y ellos puedan ser felices. Pienso que con mi marido lo conseguimos en los dos.
Ella en realidad es un fiel reflejo de él.