Hugo Fattoruso es uno de los monstruos sagrados de la música uruguaya. Formó parte de la mejor historia del rock, del jazz y del candombe nacional. Fue, desde la década de 1960, un pionero y revolucionario, siempre a la vanguardia.
Hugo Fattoruso es uno de los monstruos sagrados de la música uruguaya. Formó parte de la mejor historia del rock, del jazz y del candombe nacional. Fue, desde la década de 1960, un pionero y revolucionario, siempre a la vanguardia.
“Es bien característico de las cosas que me gusta presentar, con una cantidad de invitados. Dos de ellos son muy particulares. Pero en mis espectáculos, a mí me gusta presentar diferentes formaciones, gente que va entrando, va tocando, va saliendo, porque me gusta ir cambiando la sonoridad del recital. Entonces yo toco solo, temas instrumentales, temas cantados y van entrando diferentes amigos a tocar diferentes versiones”, adelanta Fattoruso. Entre otros, lo van a acompañar Albana Barrocas, Rey Tambor, y un coro femenino formado por Norma Galfetti, Gabriela Gómez, Ana Laura Romano y Ángela Alves.
“Hay estrenos y hay temas que no son estrenos, pero que nunca fueron grabados, además de que las versiones son totalmente particulares. Por ejemplo, en el caso de Jaime, ejecuta temas que hace tiempo que no realiza en público, como Carta a poste restante (lo hacemos en dúo) y Jaime entra en el final como contrabajista, en el tema que cierra el recital Amarilla flor, que hacemos con Fito. Invité a Nico Arnicho, también. Esperemos que pueda tocar un par de temas conmigo”.
Fattoruso recibe en una casa de La Comercial, con techo alto y claraboya, cuya luz blanca ilumina el piano y una partitura de un tema con música suya y letra de Fito Páez, que estudia para el recital. El músico no puede evitar comunicar su preocupación por el hecho de que Fito Páez llega el propio día del concierto. Teme que por alguna razón se complique el vuelo; preferiría que Páez viniera un día antes. Pide un cigarrillo para calmar la ansiedad y aclara que es uno de los últimos que se va a fumar, porque ya tiene que empezar una especie de concentración previa al recital.
Le pregunto si es obsesivo y me dice inmediatamente que sí, aunque aclara enseguida que tiene mucha paciencia con los músicos y que no es de decir ‘vamos de vuelta’ treinta veces. “Pero en el estudio sí, soy obsesivo”.
Hablamos de Uruguay, cuya bandera está en la puerta de calle de la casa. Fattoruso dice, categórico, “yo soy de acá”, como una fatalidad. Pronto comienza a enumerar una serie de defectos capitales de la identidad nacional, en especial la condición de “mugrientos” de los orientales del Uruguay.
Sin embargo admite que sintió todo el orgullo que es dable sentir cuando tocó el acordeón en la versión del himno nacional que se hizo previo al partido Uruguay-Costa Rica, en el Centenario, cuando Uruguay se clasificó para el Mundial de Sudáfrica. “Tenía un julepe bárbaro. Miedo de errarle en ese momento. Las notas están una al lado de la otra”, explica, y adquiere un aspecto infantil, probablemente inducido por el temor de fallar a la patria.
Fattoruso parece no contentarse con ser un músico, sino que también es un militante de la música –de la buena música– como si fuera una causa: “Fa, ojalá lo fuera. Yo me considero un artesano. No sé si soy militante ni si es buena música”, desestima.
Hay tantos músicos con los que tocó que no acierta a nombrar alguno con el que le hubiera gustado compartir escenario y esa posibilidad no se dio. Hay que insistir para que diga un nombre: “Ray Charles. Me hubiera encantado”.
Sobre la escena musical uruguaya actual, Fattoruso dice que “siempre hay muy buenos músicos” pero extraña aquella actitud transgresora que había unas décadas atrás. “No veo músicos que estén tan preocupados por innovar”.
En cuanto a sí mismo, se sigue identificando con un tipo “atrevido” en sus propuestas, en su forma de encarar la música: “Soy muy caradura pero también soy zorro. Me sé adaptar”.
Es conocida su falta de paciencia, su desdén por los contratos y todo el aspecto legal de la música y los derechos del músico, lo cual le ha dado unos cuantos dolores de cabeza, desde Los Shakers hasta hace muy poco. Una melodía que él asegura que es suya, la de Samba de Janeiro, se divulgó como una de las que serán usadas en la promocion del Mundial de 2014, en Brasil.
“Soy un desastre. Confío en la persona. Cuando me entusiasmo con algo, digo: ¿dónde hay que firmar? O me olvido de firmar cuando debería hacerlo. Me sigue pasando. Confío”, explica, con el tono de quien lo seguirá haciendo de esa manera, como si fuera un rasgo inevitable de su carácter.
Suerte con ayuda
El nombre de Hugo Fattoruso es ineludible como protagonista de buena parte de lo mejor que se ha creado en Uruguay y supo estar atento a lo que sonaba en otras partes. Fattoruso se siente un privilegiado por eso, por la familia de la que proviene, por el tiempo que le tocó vivir y por los músicos que conoció y conoce. Pero advierte: “Tuve mucha suerte pero siempre puse todo. Metí como loco”.
También debió trabajar en oficios ajenos a su vocación y hacer música que no le decía nada desde el punto de vista del arte. “En Estados Unidos tuve que hacer mucha cosa, pero siempre hice lo mío muy bien hecho, aunque no fuera lo mío”.
Ahora, pisando los 70 años, habla con enorme entusiasmo de las cosas que está haciendo, del concierto que hará con Fito y con Jaime y con tantos otros amigos (si no aparecen las cenizas de un volcán que aún preocupan a Fattoruso, o una huelga de controladores aéreos o una simple tormenta que le impida al músico argentino llegar a Montevideo).
Seguramente esas calamidades posibles no se presentarán y el concierto va a estar a la altura de las expectativas de tantos fans de la buena música. Y la productora del espectáculo, la periodista Alejandra Volpi, ya tiene en mente una locura similar: que Fattoruso invite a Chico Buarque y Rubén Rada a hacer otro concierto y dvd.
Por ahora lo que hay es bastante. El show “Fatto in casa, Hugo Fattoruso invita a Fito Páez y Jaime Roos”, va en el Auditorio Adela Reta del Sodre, el 18 de junio a la hora 21.