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Marte no es el mismo desde que el escritor estadounidense Ray Bradbury describió esa civilización tenue y frágil que fue conquistada y exterminada por los humanos. El planeta rojo está recubierto por un manto de nostalgia y poesía para aquellos que leyeron Crónicas marcianas.

Bradbury fue un hacedor de historias fantásticas que han perdurado en el tiempo, tal como las citadas Crónicas y también la sombría Fahrenheit 451. Si bien se lo asocia con la ciencia ficción, su obra tiene poco o nada que ver con la anticipación científica. Sus relatos están cargados de poesía y de una cierta melancolía y no tienen ninguna intención de anticipar un futuro creíble, sino que sus mundos y situaciones obran como metáforas.

Es así que fue celebrado por lectores ajenos al mundo de la ciencia ficción, como Jorge Luis Borges, cuyo prólogo a la edición en español de Crónicas marcianas es un clásico en sí mismo: “¿Qué ha hecho este hombre de Illinois –me pregunto, al cerrar las páginas de su libro– para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?”. En el otro extremo, Bradbury fue menospreciado por muchos de los más fieles seguidores del subgénero, como el escritor Damon Knight, quien entiende que “su imaginación es mediocre y cada vez que tiene que inventar algo –un planeta, un marciano, una máquina– la imagen es plana e inverosímil”.

Queda claro que Bradbury nunca tuvo nada que ver con escritores como Julio Verne o Isaac Asimov, sino que se lo debe asociar a los mejores escritores de ficción, a secas, a los inventores de fábulas como Homero, Dante, Shakespeare o Faulkner.

Ray Bradbury murió este miércoles 6 de junio de 2012 en la ciudad de Los Ángeles, California. Salvo que un autor de ese calibre no muere, eso está claro. Sus obras han sido vertidas a todos los formatos y traducidas a decenas de idiomas y sus relatos seguirán asombrando a las generaciones, alimentando el alma solitaria de los lectores por los siglos venideros.
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