Amor terminal
"Bajo la misma estrella" propone el tradicional romance adolescente, pero lo hace bajo la arriesgada premisa de dos jóvenes que tienen cáncer terminal
“Vamos ver Bajo la misma estrella?”. “¿De qué va?”. “Ah, es la historia de dos jóvenes que se enamoran, pero la cuestión es que ambos tienen cáncer terminal”. “¿Y se curan en algún momento y viven felices para siempre?” “Eh... no, la verdad es que no”. “Pah, ¿y no es un dramón?”. “Y... un poco sí”.
Diálogos como este se pueden imaginar por docenas antes de la entrada al cine a ver este filme. La película misma se toma esto para la broma, ya que abre con una secuencia que se mofa de las comedias románticas donde todo sale bien a fin de cuentas y explica –en el mismo tono franco y sencillo que contará su historia– que en la vida real las cosas no son así. Uno pensaría que a priori el posible espectador que vaya a ver este filme es un masoquista de cuidado, ya que sufrirá de lo lindo, y que la película está condenada al fracaso económico. Pero, sin embargo, Bajo la misma estrella dominó la taquilla en Estados Unidos en su fin de semana de estreno, superando blockbusters de la talla de Al límite del mañana, X-Men: días del futuro pasado o Maléfica.
Puede mucho tener que ver que se trata de una adaptación de un exitoso libro del mismo nombre. La novela de John Green reinó incluso desde antes de su publicación en el mercado de las young adult (YA), ya que la preventa alcanzó récords para su editorial Barnes & Noble. Ocupó además durante siete semanas el puesto número uno de best sellers en novelas juveniles en la lista del New York Times, amén de lograr similares puestos en listas análogas. Como se puede apreciar, posible público para la adaptación cinematográfica no le faltaba.
Posiblemente, las razones de su éxito tengan una explicación en el propio público lector. Los lectores de las YA han crecido, y hay un porcentaje de estos que ya buscan más allá de los típicos futuros distópicos o de fantasía que ofrece este subgénero de literatura. Es evidente la intención del autor Green de apuntar y llegar a esa franja de público. Y la adaptación tiene sus méritos. El mayor de ellos, con margen, cuerpo y distancia, es Shailene Woodley. La joven actriz ha vivido unos últimos meses de tapa de revista. Su primera aparición en la prensa fue incluso negativa –se la borraba de El hombre araña 2: La amenaza de Electro ya que componía a una Mary Jane “fea”–, pero muy poco después protagonizó otro exitazo dentro de las adaptaciones YA: Divergente. Y los mismos méritos que tenía en Divergente, su naturalidad, su gracia, el ser una chica normal por encima de todas las cosas, se ven potenciados en Bajo una misma estrella. Woodley es 100% la película. Su calidez, su humor, lo convincente que está en su rol, hacen que uno olvide que está viendo a una actriz y se concentre en la historia del personaje. No es poca cosa.
Buena compañía encuentra en su pareja, interpretada por Ansen Elgort.
Elgort, quien ya había compartido cartel con Woodley en Divergente pero interpretando el mínimo rol de su hermano, pone más alta la cuota de humor y oficia de fusible que está allí para hacer saltar la historia. Lo hace muy bien y juntos componen una historia de amor más que convincente.
Por el lado negativo, la película tiene una estructura y presentación por momentos televisiva. Casi que hay instantes en que uno cree estar viendo una telenovela para adolescentes, solo que esta vez tienen cáncer. Hay aristas no del todo pulidas, que por momentos rechinan si uno se pone exigente.
La novela rBajo la misma estrella se puede encontrar en librerías por $ 390
Y que es un dramón, para qué vamos a negarlo. Las lágrimas ya sonaban en la función para prensa, así que es de imaginar lo que habrá sido en su estreno con adolescentes que habían leído la novela y ya sabían exactamente con qué se iban a encontrar. Es que hay que admitir que uno tiene que tener un corazón de piedra para no conmoverse mínimamente, al menos con alguna que otra escena. Pero se trata de un drama digno, al que uno puede ir conscientemente, sabiendo lo que va a encontrarse. Y emocionarse, por qué no. l