Opinión > COLUMNA/EDUARDO ESPINA

Aretha Franklin, la voz que vino del cielo

Aretha Franklin fue la cantante más inconfundible de una época

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08 de septiembre de 2018 a las 05:00

En una entrevista, en abril de 1968, año de edición del disco Aretha Now (conteniendo nada menos que su majestuosa versión de I Say a Little Prayer), Aretha Franklin reflexionaba sobre su lugar en el mundo. Con intrigante candidez decía: “Me gustaría saber quién soy, porque todavía no lo sé”. La cantante nacida en Memphis, Tennessee, pero que vivió desde los cinco años en Detroit, murió teniendo claro quién era y el valor de la obra musical que legaba. En abril de ese tan aurático año de 1968, cargado de ideas, promesas y sucesos que transformaron la realidad por venir y la forma de ver el pasado, fueron asesinados Martin Luther King Jr. y Robert Kennedy, y Estados Unidos vivía uno de los grandes descontentos sociales de su historia, por lo que el propio país parecía estar parafraseando a la cantante: “Me gustaría saber quién soy”.  Aretha Franklin, o solo Aretha, tal como el mundo la conoció, fue no solo un barómetro de la historia de los últimos 60 años de su país, sino que, además, lo más importante, su voz representó como ninguna otra la atemporalidad de las cosas esenciales que permanecen, aunque los sucesos de la realidad y de la política cambien y se olviden. Aretha logró que el alma improvisara, y al conseguirlo, la hizo cantar.


Decir que la obra musical de Aretha Franklin (marzo 25, 1942-agosto 16, 2018) resulta extraordinaria, es quedarse corto. No solo son las pruebas a las que su voz remite, sino también los impresionantes números asociados a su carrera: 112 de sus canciones entraron en la lista de Billboard, siendo la cantante con mayor número de entradas en la historia de dicho ranking. Su historia en la música comenzó en la década de 1950, pero no precisamente en los escenarios de una sala de conciertos, sino en la iglesia New Bethel Baptist Church, donde su padre, el reverendo C. L. Franklin, era pastor. Quienes la escucharon cantar el himno góspel Jesus, Be a Fence Around Me, cuando la cantante tenía 14 años, creyeron que un ángel había bajado del cielo para traer un mensaje de salvación. De ahí en más vino todo lo demás, que hizo de Aretha lo que fue, única de principio a fin, monarca capaz de aunar lo sagrado con lo secular en iguales cantidades. 


Ninguna otra cantante supo interpretar todos los géneros musicales tan bien: góspel, soul, pop, rock, clásico, country, lo que sea. Por lo tanto, decir que fue “La reina del soul” es quedarse corto; es presentar una realidad menos que a medias. Quien tenga dudas, que la escuche cantar el aria Nessum Dorma, acto final de la ópera Turandot, de Giacomo Puccini. Siempre que oigo de principio a fin alguno de sus discos cumbre –I Never Loved a Man the Way I Love You, Aretha Arrives, Lady Soul Aretha Now– me viene a la cabeza una analogía: Aretha fue como un cuadro de fútbol en el cual el golero es el mejor del mundo, el back derecho lo mismo, y así con todos los restantes jugadores. Cada uno el mejor en su posición. Ella fue la mejor en soul, en pop, en góspel, en rock, etc. Cualquier canción, por simple o convencional que fuera, salía de su voz convertida en himno sublime, inmortalizada con un toque de estilo y distinción que la convertía en otra muy diferente a cómo la interpretaba el resto.


Aretha Franklin tuvo además otro don que la diferenció y realzó su condición de exclusiva: supo transitar de una década a otra –con sus respectivos cambios de estilos y nuevas modas– sin hipotecar nunca su reinado, sin dejar de ser el centro (y cetro) de un tiempo de la historia que pareció largo, pero que se fue demasiado rápido. A poco de haber comenzado su carrera llegó a la cumbre, y ahí se mantuvo hasta que la muerte, solo ella, interrumpió los milagros de una voz con todas las características para ser irreal. A mediados de la década de 1980 la vi en concierto, cuando su popularidad estaba por las nubes debido al suceso de la canción I Knew You Were Waiting (For Me), que cantó a dúo con George Michael y que fue número uno en ocho países, último éxito comercial de la cantante. 


Lo más sorprendente, algo que ni siquiera la memoria tanto tiempo después ha podido entender, es que esa noche cantó una canción tras otra sin demostrar agotamiento, sin que la penúltima canción se escuchara peor que la segunda, pues entre una y otra había pasado hora y media de música, con el consiguiente desgaste en la gama vocal de la intérprete. Además, oírla era viajar por la historia de la música reciente. No conozco ninguna otra cantante capaz de eso: de interpretar con la misma intensidad, emoción y perfección, una balada melódica soul, que una canción rock que exige una inflación de agudos, y así, lo mismo con otros estilos. Qué facilidad para cantar, para conmover de manera natural. La voz mezzo-soprano de Aretha fue una usina de asombros, aunque había siempre algo que prevalecía: el oyente creía a las primeras de cambio que estaba escuchando a una emisaria celestial, que había venido a traer noticias de un mundo mejor, porque en alguna parte debe haberlo. 


La universalidad de Aretha Franklin destacada no solo en la música, sino asimismo en su actividad incesante en defensa de valores no negociables de la justicia social, marcó a fuego, y en forma definitiva, su paso por esta vida. De ahí que presidentes demócratas, Jimmy Carter, Bill Clinton y Barack Obama, la convocaron como embajadora cultural del país en la inauguración de sus presidencias, aunque fue un republicano, George W. Bush, quien le otorgó en 2003 la Medalla de la Libertad, la distinción más grande que puede recibir un ciudadano estadounidense por parte de su país. La cantante podía conmover entreteniendo, pero al mismo tiempo llegar a todo el mundo, sin distinciones étnicas, etarias ni políticas. Sin embargo, más allá del sentido de espiritualidad y fraternidad que imponía con su música y presencia escénica, nunca hizo concesiones al facilismo ni a la banalidad asociada con la farándula y con los personajes que se ponen de moda por circunstanciales caprichos. Cuando no hace mucho un periodista del Wall Street Journal le preguntó su opinión sobre algunas cantantes, populares en tiempos actuales, Franklin no anduvo con vueltas ni ejerció la hipocresía tan común en estos casos. ¿Qué opina de Taylor Swift?  “Grandes vestidos. Hermosos vestidos”. ¿Y sobre Nicki Minaj? “Nicki Minaj…pasaré de largo en esta”. De Adele, en cambio, dijo que era buena cantante. Casi al final de su vida hizo una versión notable de Rolling in the Deep, como si le estuviera entregando a la cantante inglesa el testigo. 


Durante seis décadas Aretha Franklin ejerció el poderío omnipotente de una voz que podía subir y bajar de tonos con la prontitud de un avión Sea Harrier. La unión de un inconfundible registro vocal con una técnica extraordinaria (que comenzó a trabajar cuando tenía recién 6 años de edad), convirtieron a la cantante en una marca registrada de la modernidad. De ahí nadie la moverá. Es una de las pocas estrellas de la música en haber pasado por la vida sin convertirse en comodín de la nostalgia. En cada género musical fue la mejor. Cualquier canción que cantó la convirtió en propia, en una que nadie podía cantar mejor que ella. La emoción que conseguía generar, incluso en canciones que podría haber dejado fuera de su repertorio, provenía más de la manera con que el corazón se expresaba, que de una técnica vocal aprendida a la perfección. 


Dicen que hubo mejores cantantes que Aretha Franklin. Yo no conozco a ninguna. Reina desde un firmamento propio, Aretha fue la música, cuando más la necesitábamos. 

Diez escenciales

  • I Say a Little Prayer
  • Respect 
  • (You Make Me Feel like) A Natural Woman
  • Chain of Fools
  • Think
  • Don’t Play That Song You Lied
  • Until You Come Back To Me
  • Freeway of Love
  • I Knew You Were Waiting (For Me)
  • Rolling In The Deep
     

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