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La historia está llena de ejemplos de cómo alguien tomó un calificativo insultante para resignificarlo y transformarlo en virtud, al punto de exhibirlo con orgullo. Es fácil verlo en el fútbol rioplatense, donde, por ejemplo, los hinchas de Rosario Central se apropiaron del despectivo “canallas” para hacerlo su cédula de identidad. Por no hablar de situaciones análogas como “manyas”, “bosteros” o “gallinas”.

Pero es más llamativo aun cómo esta situación puede también darse en el plano de la política.

Las notas biográficas que se han publicado en los últimos días sobre Margaret Thatcher han recordado cómo el apelativo “dama de hierro” fue, originalmente, una expresión casi insultante de la prensa soviética. Pero, lejos de sentirse ofendida, la premier británica lo adoptó como un título honorífico: sentía que en ese apodo estaban sintetizadas sus mejores virtudes. Todo indica que, tras la “gaffe del micrófono” protagonizada por el presidente José Mujica, se acaba de agregar un nuevo insulto/orgullo a la lista.

Es que Cristina Fernández de Kirchner seguramente se sintió enojada por la apelación a su fallecido esposo. O, tal vez, por lo de “vieja”, aunque la verdad es que ella misma suele hablar de su edad (cumplió 60 años en febrero) en cada acto público, y hasta da la sensación de que se enorgullece de lucir bien para sus años.

Pero si algo es seguro es que no la enojó y hasta quizá la halagó íntimamente fue la acusación de “terca”. No sería de extrañar que los asesores de imagen le aconsejaran apropiarse de ese calificativo en sus próximas campañas proselitistas. Algo de eso ya se comenzó a ver en las primeras reacciones de la prensa oficialista. Como es el caso de Horacio Verbitsky, periodista, antiguo militante de la izquierda peronista en los años de 1970 y, actualmente, uno de los más connotados intelectuales kirchneristas. Desde su columna dominical del diario Página 12, Verbitsky se ha erigido en una especie de gurú ideológico para el kirchnerismo.

Y en una nota titulada “Una vieja terca”, recurre a la estrategia de tomar la expresión ofensiva para reconvertirla en virtud. Tras calificar a Mujica como “el ídolo pobre de los ricos argentinos”, el “intelectual K” explica que la ausencia de respuesta por parte de Cristina está motivada en no darle mayor trascendencia a una “chuscada” menor. Pero agrega que hay, además, otra razón, y es que la calificación de “terca” no le disgusta a la mandataria argentina.

“La terquedad es una de las virtudes que le han permitido sortear situaciones adversas ante las que dirigentes con menos temple hubieran sucumbido. A su manera, el presidente uruguayo le dedicó un piropo machista”, argumenta Verbitsky. Y expresa lo que, para la dirigencia kirchnerista, es la clave del apoyo popular de la presidenta: precisamente, la terquedad para aferrarse a su “modelo” sin ceder a las presiones para caer en la ortodoxia. Y, de esa manera, rechazar las sugerencias para aplicar metas de inflación, aumentar tasas de interés, reducir el gasto público y las retenciones a las exportaciones, devaluar la moneda, retomar el endeudamiento público y abrir las importaciones. En definitiva, se afirma en la usina del pensamiento K, todas “medidas similares a las que se estaban aplicando en Europa, con resultados que la Argentina ya conoció”.

Intervencionismo porfiado
Curiosamente, los críticos de la presidenta también le reconocen la terquedad como principal característica, y a esa condición le atribuyen la continuidad de políticas económicas que están llevando a un evidente deterioro del país.

Así, el economista Guillermo Kohan, tras recordar que según la Real Academia se define como terca a “aquella persona pertinaz, obstinada, irreductible, más difícil de convencer que lo ordinario en su clase”, argumenta que eso es lo que explica “por qué insiste el gobierno en caminos que dan tan malos resultados”.

“La presidenta no quiere arriar banderas. Supone que la inflación y la ridícula batalla que viene librando y perdiendo contra el dólar no son una verdadera tragedia”, afirma el analista, sintetizando el consenso entre sus colegas.

Y es que, ante la catarata de indicadores negativos, muchos ya han renunciado a buscar racionalidad económica en la toma de decisiones del gobierno. De lo contrario, sería inexplicable la obstinación en el atraso cambiario, que está poniendo en jaque a la exportación.

Según un informe de la Fundación Mediterránea, desde la asunción de Cristina Fernández de Kirchner, los productos de exportación regional de origen agrícola han perdido 20% de rentabilidad en promedio, y algunos están con serias dificultades para seguir colocando su mercadería en el exterior.

En ese contexto, la ampliación de la brecha entre el tipo de cambio oficial y el dólar paralelo, lejos de significar un temor menor (como argumentan los funcionarios K), ha sido el factor determinante para la caída en la tasa de inversión. El caso paradigmático es la suspensión de un megaproyecto minero de US$ 6.000 millones que llevaba adelante la brasileña Vale do Rio Doce, que no aceptaba tener que liquidar dólares a 5 pesos argentinos y luego no poder recomprarlos a la cotización oficial.

Pero tal vez lo menos explicable de todo sea el sostenimiento del “cepo” cambiario, que fue ideado para proteger las reservas del Banco Central. Sin embargo, los billetes verdes se siguen filtrando por el turismo, por el achique de los depósitos bancarios y por el brusco descenso en las inversiones externas.

Solo en lo que va del año, las reservas cayeron US$ 2.800 millones, lo que implica un nivel actual de US$ 40.446 millones. Si se lo lleva a escala del PIB, Argentina tiene menos de la mitad de las reservas que tiene Uruguay.

Más de lo mismo
Semejante escenario llevó a que algunos imaginaran un plan de drástico cambio de rumbo. Pero otros adivinaron que la terquedad se impondría una vez más. Como el economista Enrique Szewach, quien tituló un informe “No se hagan los rulos, viene más de lo mismo”. Y pronosticó acertadamente una profundización de las medidas intervencionistas, con mayores controles de precios y más medidas represivas en el mercado cambiario.

El reciente congelamiento en los precios de los combustibles por 180 días coronó una larga serie de medidas “ochentistas” que levantaron críticas airadas. “Vayamos a dormir la siesta por seis meses, que cuando despertemos la Argentina estará mejor”, ironizó Juan José Aranguren, el presidente de Shell, quien augura un mal final para la política energética oficial.

La sensación que predomina es que, en los próximos meses, no se verán medidas correctivas, sino solo una profundización del intervencionismo. “La economía está en un brete que requiere tomar decisiones de largo plazo, que difícilmente sean consistentes con los objetivos de la política en un año electoral”, afirma el economista Miguel Bein.

Pero no todos creen que lo que anime al gobierno sea apenas un cálculo electoral. Eso, en definitiva, presupone que después de octubre podría adoptarse un cambio de rumbo. Y lo que el kirchnerismo ha dejado en claro es que, ante los malos augurios de “estanflación”, responderá de la manera que siempre lo ha hecho. Lejos de la ortodoxia, casi como una demostración de firmeza en los principios, de irreductibilidad de ideas más alla de las circunstancias. O sea, como quien se enorgullece de su condición de terca.

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