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"¿Quién diablos es Rock Hudson?", pregunta un obrero de la construcción a sus compañeros al leer en el diario acerca de la primera muerte de una estrella de Hollywood ocasionada por el Sida. El lugar es un bar de Dallas, Texas, el año es 1985 y en la mesa está sentado un electricista adicto a las prostitutas, la droga, el alcohol y los rodeos. Su nombre es Ron Woodroof y su actitud ante la muerte del actor no es muy diferente de la de sus colegas. El Sida para ellos no es más una enfermedad que atañe a los “pervertidos” de los homosexuales, a los que despectivamente llaman “faggots”.

Poco después es el mismo Woodroof el que ha contraído el virus del VIH y a quien le pronostican un mes de vida. Su primera reacción es pensar que en el hospital confundieron su sangre con la de un gay, sin percatarse del riesgo en el que incurría al tener relaciones sexuales sin protección. No pasa mucho tiempo hasta que sus propios compañeros lo rechazan como si transportara consigo el Apocalipsis.

Este es el comienzo de Dallas Buyers Club: El club de los desahuciados (agregado no muy feliz al título original del filme), la última película de Jean-Marc Vallée, luego de La joven Victoria, la única de sus cintas que hasta ahora se había estrenado en Uruguay. El largometraje llega precedido por un merecido caudal de elogios a su protagonista Matthew McConaughey, quien más allá de haber perdido 20 kilos para el papel, hace un trabajo profundo y ensimismado, que se suma al camino ascendente del intérprete desde que dejó ser un galán musculoso de comedias románticas.

El director franco-canadiense vuelve a interesarse por la homofobia, así como lo hizo en su filme más renombrado, C.R.A.Z.Y. (2005), que narra la adolescencia de un joven homosexual creciendo en un ambiente hostil. En esta ocasión, Vallée recurre a un guión que venía boyando en Hollywood sin éxito luego de que el guionista Craig Borten le hiciera una serie de entrevistas a Woodroof un mes antes de morir en 1992.

Siete años atrás, en 1985, Woodroof es diagnosticado con VIH. Renuente a darse por vencido, el tejano, que en aquel entonces tenía 35 años, comienza a tomar AZT, una droga experimental para combatir la enfermedad, pero pronto descubre que el medicamento le hace más mal que bien. Es entonces que comienza a averiguar sobre el tema y se topa con una combinación de drogas y de suplementos que mejoran su salud. Pese a estar en al borde de la muerte, Woodroof empieza a vender esos medicamentos, en oposición al órgano regulador sanitario de EEUU.

Biopic diferente

En un tiempo en el que están de moda los biopics, la mayoría de los cuales solo se apoyan en buenas actuaciones, Dallas Buyers Club sorprende por el tono y la sutileza. Esto es más notorio en la primera parte de la película, con un estilo que se acerca al documental y una cámara que juega al detenimiento, logrando imágenes de gran belleza (el payaso triste en el rodeo, la escena de las mariposas), además del buen uso de recursos (como la utilización de un sonido agudo indicando los momentos de descompensación física del protagonista).

Sin duda un punto fuerte de la cinta es la química que se produce entre Woodroof y Rayon, la transexual la sensible e inteligente interpretada por Jared Leto. El cantante de 30 Seconds to Mars, quien suele elegir papeles arriesgados en sus incursiones en el cine (Réquiem por un sueño, Mr. Nobody) no solo es el personaje que le ayuda a Woodroof a cambiar, sino que es quien fomenta en el espectador un ángulo de comprensión y tolerancia. Leto logra tan bien reflejar a esa mujer encerrada en un cuerpo masculino que la escena en la que Rayon tiene que ponerse un traje de hombre resulta todo un shock.

Tanto McConaughey como Leto vienen arrasando en las entregas de premios en las categorías de mejor actor y mejor actor de reparto (ambos ganaron en los Globos de Oro y en los Critics’ Choice Movie Awards) y son candidatos fuertes para ganar en sus nominaciones al Oscar, que se agregan a las otras tres que tiene la cinta, incluyendo la de mejor película.

Completa el elenco Jennifer Garner como una médica que se pone del lado de Woodroof, en una de esas actuaciones contenidas que siguen sin dejar claro si lo suyo es falta de talento o de papeles que le permitan lucirse.

Otro de los grandes aciertos de la cinta es que lejos de tener el tono hiper dramático de las películas sobre enfermedades terminales, el filme no se vuelve un sermón. Tampoco pierde el humor, ni se tienta con las aristas más esperables que la hubiera transformado en una mezcla de Secreto en la montaña y Filadelfia.

Por otra parte, la detallada construcción de matices en el personaje de McCounaghey logra también eludir otro de los vicios de Hollywood, que la televisión viene combatiendo con gran tino: la mágica transformación del anti héroe en héroe.

No obstante, en la segunda parte de la cinta, en el que la película se mete de lleno en la etapa de activista médico y comerciante de Woodroof, la sutileza parece ir diluyéndose a fin de concentrar demasiada información y deja, por ende, varios cabos sueltos. Esta vez el filme sí incurre en un talón de Aquiles de Hollywood, muy tendiente a reducir un fenómeno al accionar de un solo individuo.

“A veces siento que estoy peleando por una vida que no tengo tiempo de vivir”, dice Woodroof en un momento de la cinta. Y la impresión, hacia el final, es que la película no tiene tiempo de contárnosla.
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