Hay una escena crucial en Anna Karenina en la que la protagonista, una atractiva e inteligente mujer de la alta sociedad rusa, asiste a un teatro en San Petersburgo deseosa de retomar su vida social, arruinada tras haber abandonado a su marido (Karenin) por su amante (Vronsky). El conde Vronsky, un joven y apuesto oficial, le advierte que no se exponga, ya que la hipócrita sociedad zarista (que tolera sin problemas las múltiples infidelidades del hermano de Anna, Oblonsky) no disimulará su desprecio. Ella va de todos modos y es humillada frente a la mirada horrorizada de su amante, quien pide a su familia que se acerque a saludarla. “Lo que ella hizo fue peor que violar la ley, violó las reglas”, es la respuesta que recibe.
Bambalinas de un amor condenado
La nueva versión cinematográfica de Anna Karenina, de Joe Wright, es una apuesta excesivamente estilizada pero también fascinante del clásico de León Tolstói