ver más

Es curioso comprobar cómo dramas personales que son compartidos por mucha gente van ganando presencia en expresiones populares como puede ser el cine. El cáncer es un buen ejemplo de ello. En la medida en que es algo que directa o tangencialmente ha afectado a la mayoría de las personas, se está convirtiendo en un disparador frecuente de películas y series producidas hoy en día.

La semana pasada y hasta el próximo día 5 de setiembre, Cinemateca proyecta Declaración de guerra, una película que ha cosechado éxitos en distintos festivales internacionales y representará a Francia en los Oscar de este año.

Declaración de guerra ha causado furor en su país natal, y no es para menos. Valérie Donzelli y Jérémie Elkaïm adaptaron su propia historia de vida a esta película. Ella la dirigió, y ambos la escribieron y protagonizaron.

La historia comienza con una pareja de treintañeros cool curtida en mil fiestas y festivales de música 'indie' que se conocen en un boliche, y por uno de esos maravillosos azares que también sucede en la vida real, se terminan besando. Se enamoran y como consecuencia de eso pasean por el parque, leen juntos y juegan a perseguirse en diferentes escenarios, hasta que tiempo después terminan teniendo un hijo juntos. Ella –Julieta–, es hija de una clásica familia burguesa y quiere ser artista, él –Romeo– es hijo de una madre que vive en pareja con otra mujer, y sueña con tener su propia tienda de discos.

Romeo y Julieta encarnan una atractiva y casi ideal dupla que representa un tipo de pareja moderna que empieza a ser normal en las grandes ciudades del mundo, y protagonizan durante la primera parte del film el retrato de un amor cursi y tópico que da la piedra de toque a una relación que deberá luchar contra viento y marea.

Con el nacimiento de Adam arranca la experiencia de una paternidad que marcará a la pareja para siempre. Desde el principio, el bebé no deja de llorar, y eso genera una preocupación que irá creciendo a medida que van apareciendo anomalías. Tras insistir varias veces al pediatra, al bebé se le diagnostica un tumor en el cerebro, lo que desata una lucha sin cuartel contra la enfermedad, el miedo y la tristeza que ésta provoca.

Es esta batalla la que da el título a la película. Ante la devastadora noticia, Romeo y Julieta lanzan una “declaración de guerra” al sufrimiento que se les viene encima.
Como si estuvieran haciendo una adaptación emocional de El arte de la guerra de Sun Tzu, la pareja planea una estrategia de ataque a la tristeza, se arman de alegría y silencios consensuados para hacerse fuertes en una trinchera de esperanza, de todas formas, la muerte siempre sobrevuela su campo de batalla.

Levanten armas
Padre y madre se preparan ante el largo camino que les espera, y se protegen con honestidad y transparencia de una situación que provocará la lástima ajena, o con inteligencia y autocontrol ante un sistema sanitario que parece indiferente ante el dolor de quienes están en él. Sin embargo, tras las risas y las bromas subyace un miedo que hierve en el encuentro de sus miradas cómplices.

En lugar de hundirse en la crueldad de los porcentajes de supervivencia con los que tienen que lidiar los enfermos de cáncer y sus allegados, la pareja hace deporte, comparte reuniones con los amigos y van a fiestas. En una de ellas incluso juegan a besarse con otras personas, para demostrarse y demostrar al público que aunque estén en “la lucha” siguen teniendo una fuerte pulsión de vida. Que aún en el dolor cada cosa debe tener su lugar, y que exagerar o hacerse la víctima no soluciona nada.

La enfermedad de Adam podría haber desencadenado un drama lacrimógeno de los que, al terminar, arroja a la audiencia al bar para tomarse un whisky, pero su directora, Valérie Donzelli, logra contar una historia equilibrada y sin golpes bajos. Declaración de guerra es la crónica de una pareja que se hace fuerte y aunque escrita desde las entrañas, no muestra –aunque tampoco niega– las miserias que azotaron la relación.

A un disparador que a priori resulta terrible, la película responde con un tono que se aleja de cualquier discurso trascendental o denso. Se llena de sutiles y constantes pellizcos de humor que van desde la ternura al humor negro y que encajan muy bien en personajes cotidianos pero interesantes, entre los que aparece, hacia la parte del final, el verdadero hijo de la pareja.

El cáncer es un indeseable acompañante cotidiano para muchos de los jóvenes de hoy en día y necesita ser retratado desde su parte más humana y amable, tema y enfoque que ya fueron abordados el año pasado por Jonathan Levine en 50/50. Declaración de guerra además de ser un alegato a la alegría y la fuerza que requieren estas situaciones, es una buena película de autor que retrata sin pudor ni sobresaltos un amor puesto a prueba.

Seguí leyendo