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El blanqueo de capitales anunciado por el equipo económico del gobierno argentino dejó al desnudo las graves falencias del modelo económico de Cristina Kirchner. Por detrás del tono autocelebratorio y de los intentos de mostrar solidez, lo que economistas, financistas, empresarios y ahorristas interpretaron que fue una necesidad desesperada de hacerse con dólares.

Sólo así se puede explicar la contradicción de funcionarios que persiguen “a cara de perro” a los turistas que quieren comprar US$ 500 para irse de vacaciones a Brasil, pero que luego ofrecen franquicias nunca vistas para que todos los evasores retornen los dólares al país, sin pagar impuestos adeudados, sin pagar tasa de blanqueo alguna y sin que sigan vigentes eventuales responsabilidades penales.

O que se plantee la necesidad de pedir los “dólares del colchón” para financiar la obras de infraestructura en un país donde, al decir del viceministro Axel Kicillof, hay “una situación holgada en términos de disponibilidad de divisas” y donde “todos los indicadores de sostenibilidad dan bien”.

La conferencia de prensa de los funcionarios dejó en claro el problema de desconfianza de un país que tiene, fuera de sus sistema financiero, ahorros equivalentes a un tercio de su PBI. De esa masa, estimada en US$ 160 mil millones, tres cuartas partes se encuentran fuera del país, ya sea en colocaciones bancarias o en propiedades inmuebles.

Desde ya que el objetivo del gobierno es bien modesto: se contenta con que regrese una parte ínfima de ese dinero fugado, y que se pueda igualar el resultado de la moratoria realizada hace apenas cuatro años.

En aquella ocasión se logró repatriar US$ 4.000 millones, y el titular de la AFIP, Ricardo Echegaray, cree que se puede superar esa marca. A favor de este nuevo plan está el hecho de que no hay costo, frente al 8% que se cobraba la vez anterior. Claro que, en cambio, ahora hay desventajas, como el hecho de que existe un cepo cambiario y un mercado desdoblado.

Ahí reside el centro de la polémica en estos días: ¿será suficiente atractivo la oferta de un bono con una tasa de 4% y una promesa de “ahora sí, última” amnistía, para los miles de argentinos que se llevaron sus ahorros por el temor a una confiscación?

Los economistas han opinado en abrumadora mayoría que eso no ocurrirá, porque lo que está lastimado, en última instancia, es la confianza en el gobierno.

“¿Vos le prestarías dólares a este gobierno aunque sean no declarados?”, se preguntó Martín Redrado, que ocupó el sillón de presidente del Banco Central hasta hace tres años en su cuenta de twitter. Y a continuación se respondió: “Para prestarle al gobierno en dólares, se necesita confianza. La política económica no la genera por más que pretenda blanquear capitales”.

Otro ex titular del Central, Aldo Pignanelli, calificó al blanqueo como “insuficiente, innecesario y fuera de tiempo” y no dudó en augurarle un resultado pobre: “En la Argentina hay gente que tiene pesos blancos y compra dólares blue, y esto es porque no cree en la moneda local”.

Para Orlando Ferreres, un economista influyente en el mercado financiero, no hay que esperar una adhesión masiva a estos nuevos bonos, que solamente atraerán a aquellos grandes contribuyentes que se encuentren en situación irregular, pero no a los pequeños ahorristas que protagonizaron la gran fuga de capitales.

“No cabe esperar que sea algo significativo, puesto que los inversores se muestran renuentes a suscribir bonos bajo legislación argentina”, observa Ferreres, para quien no habrá atractivo en un título que paga 4% de tasa en dólares, cuando lo que está en juego es un tema de confianza.

Blanqueo por necesidad

Pero más allá de la medida en sí, hay un trasfondo político, un mensaje explícito que envió el equipo económico al mercado: se agotarán todas las medidas pero no habrá devaluación.
A pesar de los numerosos síntomas de retraso cambiario, el gobierno se resiste a una medida de este tipo, por motivos más políticos que económicos: es ley en la Argentina que no se puede devaluar en medio de una campaña electoral. Por eso, el día anterior al anuncio del blanqueo, Cristina Kirchner había dicho en un discurso que “los que quieren ganar plata con una devaluación van a tener que esperar a otro gobierno”.

Es una de las contradicciones que señalan los críticos: si no hay problemas cambiarios, ¿por qué se deterioran las cuentas externas y el Banco Central sigue perdiendo reservas aceleradamente?

El diagnóstico de los economistas contraría al del gobierno, y señala que el sentido último de este blanqueo es, justamente, atender a una situación financiero mucho menos oxigenada de lo que se quiere reconocer.

Un informe de la consultora Ledesma señala que el balance del Banco Central todavía no refleja un eventual desembolso que deberá enfrentar en el correr del año para auxiliar al tesoro, ya que hay US$ 8.300 millones en vencimientos de la deuda pública.

“Divisas que, si no aparecen de otro lado, deberán ser aportadas por el Central y que, en consecuencia, dejaran a la autoridad monetaria en una situación excesivamente precaria desde el punto de vista patrimonial”, señala el informe.

Y concluye que es en ese contexto que debe entenderse la oferta del gobierno: en un momento de caída de reservas –ya debajo de los 40 mil millones– y con reducción del superávit comercial, con acuciantes necesidades en el campo energético y sin acceso al mercado de capitales.

El marcado escepticismo de los analistas no termina allí, sino que también apunta a cómo se ha reconocido tácitamente el fracaso en uno de las principales “batallas culturales” del kirchnerismo: la pesificación completa de la economía.

Con estas medidas, que incluyen la emisión de un bono cancelatorio –en dólares– para operaciones inmobiliarias, queda en claro que el gobierno perdió la pulseada contra un mercado que estuvo dispuesto a un congelamiento en la compraventa de propiedades antes que arriesgarse a hacer contratos en pesos argentinos.
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