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La enorme popularidad de Amélie Nothomb hace que cada libro que publica sea inmediatamente traducido a 30 idiomas, aunque sea más de lo mismo. Su éxito inicial se basó en dos títulos interesantes, Higiene del asesino y Estupor y temblores, pero es notorio que la autora no habría llegado tan lejos sin su aclamada extravagancia personal, sin ese personaje transgresor que construye día a día.

La lista de particularidades que acumula su biografía es tan larga y sus manías tantas que cuesta entender cómo una persona puede vivir siendo Nothomb. En reportajes y libros ha contado que fue una niña alcohólica, más tarde anoréxica y después bulímica.

En el terreno literario publica rigurosamente sus libros los 1º de setiembre, escribe siempre a las cuatro de la mañana, a mano, cuatro libros por año, de los cuales elige solo uno que da a la imprenta. También ilustra la tapa de sus novelas con fotos de ella misma, en un ejercicio muy curioso de reafirmación personal. Por si fuera poco viste siempre de negro y usa una imponente galera, como para no pasar inadvertida.

Pero también es cierto, y se observa leyendo este divertido y dinámico Barba Azul, que Amélie Nothomb no es peor que otros escritores más discretos y tradicionales en formas y en maneras. La autora tiene un algo distinto, difícil de describir pero que está ahí, que genera la necesidad de seguir leyendo a pesar de la desconfianza inicial que puede provocar.

La historia de Barba Azul recopilada de la tradición oral por Charles Perrault es bien conocida: atraída por las riquezas del barbudo personaje, una joven decide casarse con él a pesar de saber que sus anteriores esposas desaparecieron. El hombre pone como condición que ella no entre nunca a una habitación personal que tiene, cosa que la muchacha hace y descubre los cadáveres de las anteriores concubinas. Justo antes de ser degollada es salvada por sus hermanos.

Mujeres

Cuesta entender cómo esta macabra historia fue considerada y promovida desde 1697 como cuento infantil. A Nothomb, en cambio, lo que le molestó fue que “todos los personajes femeninos del cuento eran estúpidos” y por eso decidió crear a su lúcida protagonista Saturnine, que logra enfrentar con éxito a su moderno Barba Azul, reconvertido en aristócrata español, hombre singular que disfruta cocinando exquisiteces y leyendo las actas españolas de la Santa Inquisición como diversión.

Como en el original, Saturnine conoce la leyenda que rodea al hombre, pero decide combatirlo verbalmente y ponerlo así contra las cuerdas, consciente también de que mientras ella sobreviva otras no morirán. Y es allí, en los diálogos, donde Nothomb es más eficaz. El contrapunto, a veces filosófico a veces frívolo, es el gran atractivo de la novela, que avanza sin parar y que acumula algunas escenas muy bien logradas.

Hay en la base un aspecto importante y es la noción del respeto al yo del otro “porque todos tenemos derecho a un cuarto oscuro”, a una intimidad que marca los límites aun entre los enamorados. Si se agrega a esto la historia de los padres que explotan por comer setas venenosas y beber nitrato para rosas por accidente, la gratificación crece.

Pero no sucede lo mismo con las ideas de Barba Azul sobre el ser español, Job, o la alta costura, extenuantes párrafos aderezados con mucho champán, elixir presente cada dos páginas que fascina a la protagonista.

El libro se deja sobre la mesa con una leve sonrisa, pero inmediatamente se piensa en algo mejor para hacer mañana.

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