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El gobierno debe resistirse a que la reducción del déficit fiscal en 2011 lo tiente a gastar más. El curso correcto es aprovechar la drástica caída a 0,8% del PBI, la mitad del déficit anticipado en la meta oficial, para caminar hacia la meta deseable de alcanzar un superávit fiscal neto. Esta perspectiva, hasta ahora ignorada por la gobernante alianza de izquierda, se fortaleció con el anuncio del ministro de Economía, Fernando Lorenzo, de que el menor déficit le supondrá al gobierno un ingreso imprevisto de US$ 140 millones. Pero la noticia intensificará presiones en varios frentes sobre cómo gastarlos. Habrá reclamos de mayor asistencia a los sectores de menos recursos, de mejoras salariales en áreas del Estado y de aportes para calmar a los sindicatos públicos más levantiscos.
Sería un profundo error ceder a esas presiones en vez de fortalecer la estructura financiera del país. Desde que la bonanza exportadora y la mejora de controles por los organismos recaudatorios empezaron a incrementar los ingresos fiscales desde hace ocho años y a reducir gradualmente el déficit, estudios de reputados economistas y organismos especializados coincidieron en que era factible alcanzar un superávit neto de hasta 2% del PBI. Pero tanto el primer gobierno del Frente Amplio como el actual se embarcaron en una expansión del gasto, justificada en algunos casos pero inexcusable en otros por falta de resultados, como ocurre con la encallada educación pública.
Ha llegado el momento de revertir esa práctica tradicional de sucesivos gobiernos. Las partidas para la mejorada asistencia social, para ajustes salariales en el sector público y para las inversiones en estructura productiva ya están previstas en el presupuesto, lo que resta validez a cualquier ofensiva para incrementar el gasto. En cambio, perseverar en controlarlo a la baja hacia el objetivo de un superávit neto tiene muchas más ventajas que caer en un exceso de dispendio oficial. Es la mejor forma de blindar al país contra el previsto crecimiento enlentecido de la economía, por impacto de la caída de mercados de exportación que ya se percibe por la debacle financiera en la Unión Europea y la lenta recuperación a tropezones de Estados Unidos. Un país con superávit mejora notoriamente su imagen, lo cual tiene especial peso en momentos en que luchamos con las calificadoras de riesgo por recuperar el grado inversor de nuestra deuda soberana. Y el control prudente del gasto público es una forma técnicamente idónea de combatir una inflación que se ha disparado del tope de la meta oficial, ya que reduce el dinero en circulación y tiende a nivelar la demanda con la oferta.
Lorenzo explicó que la caída del déficit el año pasado obedeció en parte a la circunstancia coyuntural de que se gastó menos en generar energía, pero también al aumento permanente de la recaudación por mejores controles de la evasión y la informalidad por la DGI y el BPS. Pero por encima de todo está la evidencia de que el adecuado manejo de todas las variables económicas permite caminar hacia la conversión del déficit en un beneficioso superávit. Solo se requiere que el gobierno lo reconozca y adecue sus prioridades al interés nacional.

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