En setiembre de 2008 el banco americano Lehman Brothers se declaró en bancarrota. Fue el inicio de un alud que arrasó con muchas cosas en su caída. Sin embargo lo más importante es que el alud aun no para completamente. Van cinco años y contando.
En setiembre de 2008 el banco americano Lehman Brothers se declaró en bancarrota. Fue el inicio de un alud que arrasó con muchas cosas en su caída. Sin embargo lo más importante es que el alud aun no para completamente. Van cinco años y contando.
Para los que nos educamos en el credo de que los americanos no dejaban caer los bancos por las desastrosas consecuencias en el resto de la economía, la primera novedad fue que esto sucediera. ¿Por qué dejaron caer a Lehman y no a otros tantos que en el pasado habían entrado en problemas similares? Lo interesante es que esta medida inicial de “liberalismo extremo” fue seguida por un movimiento pendular “estatismo extremo”: cuando el alud cobró fuerza hubo que inyectar masivas dosis de dinero en el salvataje del sistema financiero de los Estados Unidos. Por unos meses la banca de último recurso (el Banco Central) se transformó en la banca de primer recurso. El presidente Obama llegó a opinar sobre los bonus que se les daba a los CEO de los bancos. Lógico en una banca “estatizada” donde el presidente les pagaba el sueldo a todos ellos, a través de la FED.
En el momento que se dio tamaña anomalía en las finanzas internacionales, se dieron distintos debates en Uruguay. Recuerdo una de ellos donde un destacado docente universitario (expresidente del BCU) analizaba la crisis y proponía un indicador monetario simple para su monitoreo. La explicación era clara: el sistema financiero es algo que vive de la confianza y hasta tanto esta no sea restablecida tendrá un funcionamiento anómalo. Técnicamente, los bancos se prestan entre ellos multiplicando efectivamente los medios de pago. En la medida que desconfían de la solvencia del otro, dejan de prestarse paralizando el crédito al mercado y enlenteciendo la actividad. Si antes alcanzaba con inyectar un peso para recomponer la liquidez en el mercado ahora había que inyectar dos o tres por parte del Banco Central (la Reserva Federal). El sistema se congela y pasa a funcionar como las bodegas del Titanic con compartimientos estancos que no se comunican (prestan) entre ellos en caso de catástrofe. Se bajan las compuertas.
La gran pregunta de octubre de 2008 era la duración de la crisis. Era claro que en el momento que EEUU se recuperara, esa colosal inyección de dinero (una inundación de dólares en el mundo) debería ser neutralizada. ¿Cómo? El mecanismo habitual es la emisión de bonos con tasas atractivas, para absorber el excedente de liquidez.
Los participantes en el aquel seminario universitario de setiembre de 2008 tratábamos de develar como economistas “qué tan largo es el largo plazo”. Para mis adentros pensaba que en un período cercano a los dos años todo volvería a su cauce. La FED cambiaría su política, subirían las tasas de interés, se retiraría el excedente de liquidez, el sistema financiero volvería a funcionar normalmente, el dólar se fortalecería. Era por otra parte lo que pensaba el meanstream económico (lo normal). Van cinco años y contando.
He visto pocas reflexiones de los especialistas sobre esto. No es lo mismo dos que seis años. Algo nos debe querer decir esta triplicación de plazos sobre el rol de EEUU en el mundo, sus problemas, sus desafíos. También sobre China, el gran acreedor en dólares de los americanos y candidato a desafiar (o contrabalancear) su posición de liderazgo mundial.