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El agua potable —esa con la que hoy se lavó los dientes o tal vez cocinó— es una de las dos estrategias de salud que más vidas salva. La segunda son las vacunas. No es un slogan de pediatra ni un auspicio de un laboratorio extranjero. La Organización Mundial de la Salud estima que, sin siquiera contar la incidencia de la novel Covid-19, la inmunización previene más de 2,5 millones de muertes por año.

A comienzos del siglo XX, por ejemplo, casi el 2% de las muertes en Uruguay eran causadas por la viruela, una enfermedad ya erradicada. El 0,5% fallecía de sarampión, un mal del que América se había librado en 2016. El 0,8% moría de tétanos neonatal, un padecimiento del que la región no tiene registros desde 2017. Y el 9% de la defunciones las explicaba la tuberculosis, y otro tanto la rubeola, la polio…

Pero, poco a poco, la humanidad —los uruguayos también— se fue acostumbrado a que las muertes por enfermedades infecciosas son la excepción y no la regla. El año pasado, por ejemplo, solo el 2% de todas las defunciones fueron motivadas por infecciones.

Es acostumbramiento, como ocurre con el agua potable, bajó la alerta y la percepción del riego. Así lo comprobó un estudio de grupos focales que realizó el Ministerio de Salud Pública ante la creciente vacilación de las vacunas. ¿Por qué muchos no se quieren vacunar? Porque ya se olvidaron —o nunca conocieron— que las infecciones eran hasta hace no tanto la principal causa de mortalidad.

Ya lo dijo Sieghart Dittmann, uno de los epidemiólogos más reconocidos: “El peor enemigo de una buena vacuna es su propio éxito”.

Por eso en tiempos de dudas, de superabundancia de información —de la verificada y de la otra—, de movimientos naturistas que piensan que el agua del río es más sana que aquella que sale de la canilla tras un proceso de potabilización, o de falta de consciencia en la inmunización como política colectiva, vale la pena un repaso de algunos de los mitos más extendidos.

Muchos más en esta semana de la vacunación en que se confirmó que América Latina y el Caribe dejó de ocupar el primer lugar en la cobertura mundial de vacunas (ahora está en la penúltima posición), y que la Organización Panamericana de la Salud alertó por el “nivel de riesgo más alto” en décadas de brotes de sarampión, polio y otras infecciones.

Mito 1: Cuando me vacuno, me enfermo

Es probable que, tras el pinchazo con algunas vacunas, haya un poco de dolor en el brazo (a la altura del músculo deltoides). Incluso es esperable que muchos padezcan un poco de fiebre que cesa a los pocos días. O cansancio. O resfrío. Y esa respuesta del organismo, dicen los científicos, es positiva: ¡sus defensas están activas!

Las vacunas, en cualquiera de sus tecnologías, son incapaces de transmitir la enfermedad para la que previenen, pero sí activan la respuesta inmunitaria. El cuerpo entiende que un “invasor” ingresa a las células —o intenta hacerlo—, no se da cuenta de que es un engaño, y el ejército de defensas sale al ataque. Ese entrenamiento —como ocurre en el campo militar— permite que cuando un invasor sea verdadero, los soldados que nos defienden estén atentos y preparados.

Dicho esto, buena parte de las vacunas que inventó la ciencia no detienen la transmisión de una infección, sino que reducen las chances de un padecimiento grave o, lo que es peor, la muerte.

El ejemplo más fácil de entenderlo, aprovechando que se está en plena campaña de vacunación antigripal, es la inmunización contra el virus de la influenza (este nombre exótico se debe a que en la antigüedad pensaban que la gripe era influencia de las estrellas). Las dosis no evitan que uno se engripe, pero sí reducen las chances de los estados más severos de la enfermedad. Más de 1.000 personas mueren al año en Uruguay por gripe. Y los más adultos, las embarazadas o los niños están entre los grupos de riesgo.

Mito 2: Las vacunas contienen ingredientes peligrosos y tóxicos.

¿Alguna vez leyó el prospecto de una vacuna? Es probable que le asuste: mercurio, aluminio, formaldehido. Pero, ¿acaso se ha puesto a pensar que esos materiales, por lo general metales, ya están en el cuerpo humano, en varios alimentos y en el ambiente que nos rodea?

Las vacunas usan dosis a muy baja escala de estos materiales, por lo que son incapaces de envenenar o intoxicar. De hecho, antes de aprobarse y salir al mercado, las dosis tienen un proceso científico de ensayos, estudios con animales, con humanos y protocolos que las vuelven bastante más seguras que la mayoría de las comidas que se ingieren diariamente.

Por ejemplo: entre las más de 272.000 dosis que fueron administradas contra el covid-19 en niños uruguayos de 5 a 11 años, no se registró siquiera un solo caso de efecto adverso grave.

Mito 3:  Si te das muchas vacunas se supera la capacidad del sistema inmunológico para hacerle frente a la enfermedad

El ser humano no está solo en este mundo. Cada día —por no decir cada minuto— estamos en contacto con una cantidad inmensa de patógenos. El cuerpo, por tanto, no tiene una capacidad limitada para reaccionar contra esos “invasores”. Conclusión: la capacidad inmunológica no queda bloqueada si se administran las vacunas que son parte del esquema nacional.

El esquema de vacunación de los países, incluyendo el uruguayo, ya incluyen los momentos idóneos para vacunarse, los espacios entre las dosis si hubiese que administrarse más de una, e incluso la recomendación de darse en simultáneo en algunas edades. Por ejemplo: a los dos meses se reciben la pentavalente, la polio, y la neumococo 13V.

Existen momentos idóneos para vacunarse, pero no significa que si se está fuera de fecha sea preferible no vacunarse. Para decirlo más sencillo: la vacuna del HPV, contra el virus que puede causar el cáncer de cuello de útero, se recomienda en la adolescencia antes de los 15 años. Y tiene que ver con el inicio de las relaciones sexual y la exposición. Pero en Uruguay esta vacuna se cubre desde los 11 a los 26 años inclusive. Es decir: si usted es un veinteañero está todavía a tiempo.

Mito 4: Es mejor padecer la enfermedad natural.

Hace menos de 15 años, en España, hubo un técnico que recomendó campamentos para que los niños se contagien la varicela. Su técnica, poco ortodoxa, suponía que era preferible la inmunidad natural. Pero, ¿qué pasa con aquellos niños que no logran transitar la enfermedad de manera leve? ¿Y con los que mueren?

La primera vacuna que recibe el bebé es la BCG, que previene la gravedad de la tuberculosis. ¿Qué pasaría si no se diera esa vacuna y se organizaran “fiestas” para infectarse con esta bacteria que suele afectar la zona pulmonar? Varios niños uruguayos morirían por esta enfermedad.

Pero hay algo más. La inmunización, como política sanitaria, es una acción colectiva más allá de lo individual. Hay vacunas, como la antitetánica, que evitan una enfermedad grave para el organismo de uno. Pero otras, como el sarampión, requieren de coberturas altas a escala de toda la población (encima del 95%) para que surta efecto. Con esa acción se busca proteger a los que tienen más riesgo. Se evita sobrecargar el sistema de salud. Se ahorra en dinero y vidas perdidas.

Mito 5: Vacunar al recién nacido es peligroso

Al revés: es necesario. Mucho más cuando la madre no le transmitió los anticuerpos. El bebé está aún desarrollando sus primeras defensas y necesidad de pequeños estímulos, repetitivos, para que su cuerpo aprenda a reaccionar y hacerle frente a las pestes que lo rodean (o rodearán). La exposición directa a la enfermedad es de máximo riesgo en un lactante.

De hecho, 16 de las 23 dosis que son obligatorias en el certificado de esquema de vacuna de Uruguay se administran antes de los 21 meses de edad. Y es relevante que se den lo más en fecha posible, sin necesidad de ir al pediatra a pedirle hora, y teniendo en claro que es preferible vacunarse contra una enfermedad que casi no circula (como la polio) a que haya una epidemia emergente.

La Sociedad Uruguaya de Pediatría es contundente: “Debe vacunarse aun en caso de enfermedad aguda leve o moderada con fiebre. Diarrea moderada. Tratamiento con antibióticos.  Desnutrición.  Antecedentes  de  convulsión sin enfermedad neurológica progresiva. Infección de las vías respiratorias superiores (coriza, catarro). Deben evitarse las oportunidades perdidas controlando el carné de vacunas en cualquier contacto del paciente con el sistema de salud.

Y si tiene dudas consulte a su médico. Porque, por ahora, para la desinformación no hay vacuna.

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