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Hay ciudades que de forma inevitable se asocian con determinado cineasta. Por ejemplo, Nueva York y Woody Allen. Y la elección es caprichosa, porque vaya si Martin Scorsese, Spike Lee y Sidney Lumet han filmado en la Gran Manzana, cada uno con su estilo, su fuerza dramática, su talento y sus poderosas imágenes, y como un caballo en una noria volvemos al puente de Queensboro y a los pequeños personajes sentados en un banquito contemplando la enoooorme estructura delante de ellos y maravillándose ante la ciudad en la noche.

Quizás sea un cliché, pero en todo habría que averiguar qué secreta fuerza sostiene ese cliché. También los dos minutos iniciales de Manhattan valen como summa de todo el amor de Allen por la ciudad que lo vio nacer.

Salvando las distancias (geográficas y culturales), se podría decir lo mismo de ciudades como Roma, donde la presencia de Federico Fellini es casi omnipresente.

Pero, ¿y De Sica, Rossellini, Monicelli, Dino Risi, Comencini, Pasolini, Scola y tantos otros? Filmaron Roma con toda la pasión y la categoría de sus capacidades.

Pero Fellini, que ni siquiera era romano, colocó a Anita Ekberg (que tampoco era romana: permítaseme el chiste) en la Fontana di Trevi, con todos sus dotes al viento, y creó una imagen imborrable en La dolce vita. Quizás, sea injusta la forma en que funciona la memoria emotiva, pero es como sucede.

Muchos cineastas japoneses filmaron Tokio (incluso también algunos occidentales, no hace mucho) pero la capital del imperio del sol naciente quedó para siempre enfocada en los ángulos del cine de Yasujiro Ozu.

Hombre que filmaba dramas y pequeñas comedias sutilezas y tristes dentro de la típica casa japonesa, con puertas corredizas, corredores y biombos que se abren y se cierran, cuando la cámara de Ozu sale fuera del hogar su ojo arquitectónico muestra la ciudad de una forma única.

Estos ejemplos anteriores vienen al caso, porque en Londres hay un hombre que se ha ocupado desde hace décadas de filmar la ciudad y algunos de sus personajes más usuales, que no son los lores que salen a cazar o a jugar a tenis, sino la clase obrera que los fines de semana va a tomarse unas cervezas mirando el marrón y sucio Támesis. Hablo de Mike Leigh.

En películas como Pasión al desnudo, Simplemente amigas, la genial Secretos y mentiras, Todo o nada, Un año más, y varias otras joyas donde aparece un Londres barriobajero, desencantado, frustrado por el sistema, que lucha por conseguir una felicidad muy reducida, por fuera de las supuestas bondades de un país que se considera como parte del primer mundo.

Quizás el cine de Leigh no sea la quintaesencia del Londres más obvio (casi nunca aparecen ni el Big Ben, ni el Palacio de Buckingham, ni Trafalgar Square, ni la Torre de Londres), pero posee la personalidad suficiente como para grabar sus imágenes en nuestra retina.

Ahora el hombre acaba de tomar una curva en su filmografía realista y cruda y ha puesto el foco en un londinense de otra época: Joseph Mallord William Turner, el gran pintor del siglo XIX inglés, quien supo captar en diversos cuadros escenas de los avances industriales de su país como naturaleza en su máxima expresión: tormentas, paisajes, vientos y tempestades.

Es como si Leigh fuera un río que de pronto tiene un meandro, como sucedió en 1999 con Topsy Turvy, una película victoriana dentro de su sólida obra realista. Aquí de nuevo vuelve a una chicana histórica (que por los comentarios de quienes la vieron, es excelente). El cine ciudadano se extravió un instante.

El arte se volvió aquí una manera de escapatoria doblemente creativa. Aunque viniendo de Leigh, es esperable más que un comentario social en la historia del pintor.

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