The Sótano > OPINIÓN

Claudio Romanoff 1964-2018

El periodismo uruguayo ha perdido a una figura de primer rango humano y profesional

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07 de diciembre de 2018 a las 05:03

Apenas bajando de las montañas del sur central de China, donde pasé diez días sin tener comunicación con el resto del mundo, me entero del fallecimiento de Claudio Romanoff. Por eso escribo recién ahora sobre su deceso ocurrido días atrás. Cuando muere alguien que uno conoció, trató y apreció, la memoria sale a las apuradas al rescate de momentos que han quedado salvados del olvido, y que a su manera dibujan el retrato hablado de quien dejó de estar físicamente en este mundo. Primero hay una pregunta, que es casi siempre la misma. ¿Cuándo fue que lo conocí?

Sí, recuerdo. Fue hace 20 años. Fue el primer periodista con apellido de príncipe (propietario de una destilería de vodka) que conocí en mi vida y se lo dije. Tuvimos la primera conversación de pocos minutos en un lugar de la redacción de El Observador lleno de humo de cigarrillos, pues a esa zona de tolerancia iban compañeros a fumar, creyendo que allí podrían mantener bajo control a la infernal humareda, la cual en verdad nunca hacía caso, por lo que terminaba metiéndose en los pulmones de quienes estábamos sentados a cierta distancia de donde los fumadores se reunían y acompañaban su humo con palabras. Los periodistas viven de estas; cuando no las escriben, las tienen que decir. Así pues, en medio de una humareda parecida a la que produjo el acto de piromanía de Nerón, conversé por primera vez con Romanoff, por temas relativos a la edición del diario del día próximo, que a esa hora eran los únicos temas importantes y que hoy, no importan nada.

Con el paso del tiempo, que no siempre garantiza que las cosas vayan a cambiar para mejor, pasamos de las conversaciones rutinarias referidas a asuntos estrictamente laborales, a otras que tenían que ver más con quienes éramos, cada uno y por separado cuando no estábamos enfrente de la pantalla de una computadora, escribiendo frases que la gente leería al día siguiente. Eran, y ahora que recuerdo puedo recordarlo incluso con mayor nitidez, conversaciones que tenían que ver con la vida en general, y cuyo contenido difícilmente podría ser de interés general. Son precisamente esas conversaciones sobre temas que jamás serán portada en los diarios, las que hacen interesante a la vida, digna de ser vivida con una mayor cuota de trascendencia.

Pasó el tiempo, lleno de días, semanas y meses, y cuando quisimos acordar ya estábamos en 2000, último año con tres ceros que viviremos quienes somos parte de esta época. Eran los tiempos en que los uruguayos cuando no tenían nada que hablar hablaban de Jorge Batlle, y fue ahí cuando con Romanoff empezamos a tener conversaciones frecuentes, como si la vida –sin consultarnos- así lo hubiera decidido. Igual que los goleros en un partido de fútbol, incomunicados por estar separados por la extensión de la cancha, con Romanoff raras veces hablábamos durante la jornada laboral, porque su escritorio estaba en una punta y el mío en la otra, a considerable distancia. Sin embargo, durante el tiempo que fui editor del suplemento Cosas de la Vida que publicaba este diario, yo llegaba temprano a la redacción y me iba tardísimo.

En la posdata de cada jornada, cerca de la medianoche, solía conversar con Alfredo Iraola (1928-2002), que fue redactor responsable, y al cual asesinaron cobardemente a la salida del diario para robarle el auto, con Alejandro Nogueira (1952-2015), por entonces, editor de la sección Economía, otro señor con mayúsculas del periodismo y de la vida, fallecido prematuramente, y con Romanoff. Aunque no era demasiado difícil darnos cuenta de que en muchos temas podíamos discrepar, el diálogo con Romanoff era siempre positivo en todos los frentes, dejando algo bueno en el haber diario, conseguido sin entrar en discusiones, para qué, si a fin de cuentas todo pasa y nada dura eternamente (y menos los temas del día). Ahora que hago el repaso, Iraola, Nogueira y Romanoff, los tres periodistas de alcurnia, han muerto, por lo que esa parte de la vida se ha ido sin vuelta atrás, mejor dicho, pasó a vivir a expensas del recuerdo.

De los tres años (1998-2001) en que al menos cinco veces a la semana veía a Romanoff en la redacción, guardo gratos recuerdos de conversaciones tenidas cerca de la medianoche, incluso en noches cuando debíamos enfrentar a la salida del trabajo los filos afilados del invierno montevideano, que esperaba al otro lado del ventanal de la redacción. Una noche helada llovía a cántaros, por lo que daban ganas de quedarse dentro, aunque tanto él como yo ya habíamos pasado ahí demasiadas horas seguidas. Fue esa la vez cuando nos pusimos a conversar sobre cuáles eran los mejores licores para el espíritu, poniéndonos enseguida de acuerdo que no había nada mejor que un buen escocés. Bueno para mí no implicaba añejamiento, para Romanoff, en cambio, era un detalle obligatorio para dejar en paz y feliz al paladar. A él, vine a enterarme, le gustaba una marca con años en barricas encima, para mí, el Dewar’s era polifuncional: satisfacía al alma en los desencantos y en las dichas. El buen sentido del humor y la bonhomía de Romanoff para impedir que cualquier posible discrepancia resultara evidente, fueron dos cualidades que sin excepciones favorecieron la cercanía intelectual y afectiva, el respeto emocional que su presencia me generaba.

Después de mucho tiempo sin saber de él, pues para entonces Romanoff había pasado a ser director de un noticiero televisivo y yo andaba por otra parte, un día me escribió para decirme que siempre leía The Sótano y que le agradaba que en la columna le prestara atención a cosas que otros no le prestan. Decía: “Aprovecho para saludarte en oportunidad de la estupenda columna que escribiste acerca de 24, la mejor serie de todos los tiempos. […] Te mando un abrazo y felicitaciones por las siempre agudas miradas sobre la realidad mundial”. A decir verdad, me puso muy contento su comentario, no solo porque siempre lo respeté en grande como periodista de vuelo alto, sino porque, como buen lector que era, había entendido de qué va esta columna situada en el subsuelo, aquí, debajo de todo, y que cinco veces por semana rescata asuntos que a la imaginación le interesan. Además, el detalle delataba otra de sus cualidades. En un mundo donde proliferan mediocres movidos por la envidia, que prefieren que al otro le vaya mal en lugar de hacer algo para que a ellos les vaya mejor, Romanoff fue una impecable excepción a la regla. Fue parte de esa elite moral donde impera la cordialidad, el profesionalismo  a cara descubierta, y la elegancia ética sin poses, la que sabe celebrar el hecho no tan menor de que al otro le vayan bien las cosas. Ya eso lo colocaban varios escalones por encima de la media. Pero no fue lo único.  

Romanoff tuvo el inmenso talento asociado a los buenos modales intelectuales de saber discutir sobre ideas sin necesitar politizarlas, analizándolas a partir una dimensión crítica, y no desde la minimizadora perspectiva ideológica, que siempre termina llevando las aguas para un lado u otro del molino. Nunca supe a qué partido o coalición pertenecía (tampoco nunca se lo pregunté), porque al conversar con él la credibilidad de las ideas en discusión nunca corría riesgo.\

A través de mi hermano Alejandro, quien por años fue editor de la sección Espectáculos y del excelente suplemento Culturas que publicó este diario, me enteré del estado de salud de Romanoff. Las noticias no eran alentadoras. A la distancia iba sabiendo cómo la lucha por postergar el fin era cruel y desigual, injusta a más no poder, porque Romanoff recién andaba por los cincuenta y pico de edad, y la muerte ya le pisaba los talones.  Alejandro me contó del buen ánimo que tenía la última vez que lo visitó en el residencial Humana, lo cual destacaba el material espiritual del que estaba hecho el paciente, pues el feroz desafío era cuesta arriba y con viento en contra, y sin embargo, lo enfrentó con ejemplar dignidad.

Alejandro me contó también una historia que me atrevo a compartir ahora, porque pinta a las claras al hombre muerto. Una semana antes de fallecer, Romanoff lo llamó por teléfono para hablar de música y preguntarle si la canción I Shot the Sheriffhabía sido escrita por Bob Marley. Romanoff murió a los 54 años de edad, justo en la fecha de su cumpleaños. Ese día Alejandro lo fue a visitar, llevándole de regalo una petaca de su whisky favorito;  Johnnie Walker etiqueta negra. Una copita no iba a empeorar tanto las ya adversas circunstancias. Cuando Alejandro llegó al residencial, le informaron que Romanoff había fallecido minutos antes. “Si no hubiera parado a comprar la botellita, quizá lo podría haber visto una última vez”, comentó. El destino nunca da explicaciones sobre su impredecible comportamiento.

Su cuenta de Twitter informaba: “Claudio Romanoff. Periodista. Interés en política, finanzas, música, cine y libros de todo tipo”. Romanoff podía pensar con libertad en varias direcciones y sobre diferentes temas, librado de mezquindades. Con su muerte tan por anticipado, el periodismo uruguayo, el Uruguay, ha perdido a una figura de primer rango. También es irreparable la pérdida para quienes lo apreciamos por lo que fue, un tipo entrañable, de esos pocos con los cuales uno puede quedarse conversando hasta tarde, olvidándose de que en la vida hay días de invierno que no sirven para nada.

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